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No habrá más de diez reglas que aplicadas en la vida, hacen que esta sea mucho más soportable.
Unos, como yo mismo, las descubren antes; otros más tarde; y la mayoría, demasiado tarde, o nunca, que para el caso es lo mismo.
Son reglas sencillas, para corazones sencillos, cuya comprensión plena se alcanza mediante la experiencia personal. Esa experiencia que me lleva, desde la atalaya de los años y las canas, a sentenciar que ´si no rezas por los demás, los demás terminarán rezando por ti´.
Terrible. Y no porque sea malo que otros recen por nosotros, que es algo bueno en sí mismo. No. Terrible por haber llegado en nuestra vida, a un estado tal de problemas, desgracias y miserias, que seamos objeto de la compasión de los demás.
Mala cosa, muy mala, cuando los demás empiezan a rezar por ti. Mejor rezar nosotros por los demás.
Claro, excepciones a parte que vienen a confirmar la regla, como es el caso de sátrapas y demás ralea, que por su maldad, inmisericorde sin límite, convierten la compasión en un hito imposible de alcanzar; salvo aquella misericordia que les pueda conceder sus madres; santas o putas, pero, ante todo, madres.
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