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¿En qué se han convertido los Partidos políticos?

Hay gente para todo

¿Qué  han producido? ¿A dónde nos están llevando?

Elena Sánchez 05 Mar 2025 - 05:46 CET
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Sánchez, a punto de conceder la independencia a Cataluña

Supongamos que a Franco le gustase el gazpacho; pues bien, si se me ocurriera afirmar, delante de según qué gente, que también es uno de mis platos favoritos, seguro que aparecería algún gilipuertas acusándome de ser franquista.

El asunto tiene bastante más miga de la que, a primera vista, podría parecer.

En seguida verán a dónde quiero ir a parar. Es bien sabido que el invicto aborrecía a los Partidos políticos; para él eran una de las principales causas de los momentos más desgraciados de nuestra Historia reciente.

No voy a entrar aquí en las razones que aducía el buen señor para aquella contundente aversión. A efectos del razonamiento que sigue, el asunto no tiene demasiada importancia.

Pues bien, yo, que no pude ser franquista en su momento porque no nací a tiempo para valorarlo en directo, voy a arriesgarme, a lo largo de las líneas que siguen, a ser acusada de apasionada seguidora del hace medio siglo difunto.

Porque tras aplicar el razonamiento en que baso mi postura al respecto, llegaré a la misma conclusión: a mí, tampoco me gustan los Partidos políticos.

Encuentro muy buenas razones para esa aversión en los dos últimos períodos en los que España vivió bajo regímenes basados en su protagonismo: la Segunda República y cualquiera que sea lo que actualmente padecemos.

Como quiera que he vivido las últimas décadas con los ojos bien abiertos, extraeré mis conclusiones a partir del análisis de lo sucedido a lo largo del no menos largo postfranquismo que llevamos a cuestas.

¿En qué se han convertido los Partidos políticos? ¿Qué  han producido? ¿A dónde nos están llevando?

Las respuestas a estos  tres fundamentales interrogantes, arrojarán, sin duda, toda la luz que necesito para alumbrar mi posición. Y, por supuesto, para que ustedes puedan verla con mayor claridad.

Lo que tenemos a la vista quienes observemos la actualidad desde una postura racional y, por lo tanto neutra, es para poner los pelos de punta.

Se han convertido en verdaderas mafias, agencias de colocación de sus adeptos, saqueadoras de lo público y con objetivos diametralmente opuestos a los que aseguran perseguir; en realidad, los perseguidos somos los ciudadanos; aunque sólo una pequeña parte de ellos nos demos perfecta cuenta de nuestra triste realidad.

Bastará con un ejemplo reciente, fácil de adquirir en Internet.

José Luis Rodríguez Zapatero, en un acto público y ante varios cientos de enfervorecidos seguidores, pronunció, entusiasmado, los nombres  de dos sujetos condenados en firme por el Tribunal Supremo como autores del latrocinio más cuantioso del que tenemos noticia. Hasta ahora, claro, que todo se andará: cientos de millones afanados a los parados andaluces, nada menos.

O sea, además de chorizos, enemigos declarados de la clase trabajadora. Lo tenían todo, los angelitos.

Pues bien, aquella masa jaleó largamente, y con enorme entusiasmo, aquellos dos nombres, como si de estrellas del rock se tratara.

¿Qué está sucediendo aquí?

Pues, sencillamente, que millones de personas, seducidas por la propaganda, han sido arrastradas a entender la política como una violenta competición, guerra más bien, en la que tan importante resulta atacar por todos los medios al adversario, como pasar por alto cuántas fechorías realicen “los nuestros”. Nada menos.

Para esta gente, toda trampa, todo engaño, toda traición, está, no sólo permitida, sino digna de aplauso, y, casi, obligatoria, siempre que la cometan los de su bando; por el contrario, al menor desliz del adversario, hay que abalanzarse sobre él, a ser posible, sin permitirle, siquiera, respirar.

¿Cuánta gente hay así, por mucho que pudiera parecer imposible su existencia, más allá de unas cuántas docenas de despistados?

Pues, sólo considerando al PSOE, la cifra asciende, ¡nada menos que a siete millones, forofo más, forofo menos!

No voy a entrar en el debate sobre el huevo y la gallina; pero, causa o efecto, ¿cómo no entender impepinable, que, dado el carácter de esa ¡mayoría! de españoles, no se conviertan los Partidos en instrumentos al servicio de los más golfos del lugar?

He dicho mayoría, sin molestarme en contarlos, porque, si sólo el PSOE ya tiene en el puchero a siete millones de abducidos, calculen a dónde se irá la cifra, si consideramos al resto de los Partidos poco recomendables; que son unos cuántos.

Voy a explicarlo de otro modo: dada la facilidad con que se puede llevar al huerto a millones ¡millones, repito! de personas… Y, no menos dado, el hecho de que, un Partido que cuente con tal masa de seguidores, tarde o temprano, terminará tocando Poder… ¡y manejando a su antojo miles de millones! ¿resulta, o no, inevitable, que aparezca una panda de pícaros dispuestos a hacerse con la Caja?

La tentación es demasiado grande como para que se resistan a ella tantos ladrones, estafadores en potencia, que ven los cielos abiertos ante la perspectiva de camelar a unos cuántos millones de incautos para después, a su costa, ¡y a la del resto de españoles! ponerse morados a manejar millones.

Y ahí los tienen; se ha calculado  el gasto inútil, derroche, latrocinio y compra de votos en tal cantidad de euros, que  los españoles que trabajan están haciéndolo durante cinco meses largos ¡sólo para pagar ese gasto inútil! Para pagar estafadores, vamos. Dos meses y pico para sufragar los necesarios y sólo los cuatro restantes para sobrevivir… o algo parecido.

Lo repito, resulta inevitable: una vez se aceptan los Partidos políticos como vehículo para alcanzar el Poder, tarde o temprano, repito, de manera inevitable, los más golfos se pondrán en marcha.

A partir de esté tenebroso hecho, hoy más que comprobado, es relativamente sencillo contestar a la segunda pregunta: ¿Qué han producido los Partidos políticos?

Pues bien claro lo tenemos a la vista: un monstruo gasto inútil, que, sumado a los latrocinios y, como no podía ser menos, a su pavorosa incompetencia, nos está llevando a la ruina.

Estos dirigentes son pícaros, sí; pero experiencia de gestión, capacidad para sacar adelante el país, acumulan menos de décima parte de la que deberíamos suponer en todo dirigente político digno de tal nombre; consecuencia lógica,  paro creciente, pobreza más creciente aún, deuda que terminará ahogándonos…

Basta acercarse a las biografías de los Ministros de Zapatero o de Sánchez. ¿Qué cesto se puede fabricar con semejantes mimbres? Pues, exactamente, el que lleva décadas destrozando España.

Eso, en lo económico; en lo cultural y social, la situación va en paralelo con todo lo anteriormente expuesto.

Han logrado dividir a España en bandos irreconciliables, enfrentados de modo cada vez más violento por parte de unos y más resignado por parte de los otros.

Deterioro total de la situación, perversa utilización de los resortes del Estado, ataque feroz a libertades y derechos…

Son, sencillamente, delincuentes; y, claro, más que tolerantes y comprensivos con sus colegas: díganlo, si no, los violadores, los asaltantes de viviendas ajenas, los invasores que están convirtiendo nuestras ciudades en un verdadero infierno…

La respuesta a la tercera pregunta, ¿a dónde nos están llevando? se la dejo a ustedes; me sentiría como si les estuviera llamando estúpidos al explicar con detalle algo tan evidente.

Estas son, en esencia, las razones que me llevan a concluir que, en cuanto aparecen en escena los Partidos Políticos, adiós a la prosperidad, a la paz, a la seguridad, a la libertad… adiós a España, en definitiva.

Estoy dispuesta a discutir todo esto con quien ose levantar el dedo; mucho me temo que no habrá quién se anime; esta gente, como viene demostrando a diario, la única manera de razonar que conoce, es la del insulto, la amenaza y, si no hay algún guardia cerca, la agresión.

Esto es lo que hay, amigos.

Y lo que seguirá habiendo,  y cada vez a peor, si no le ponemos remedio.

¿Quiere esto decir que, en coincidencia con Franco, debemos prohibir los Partidos Políticos?

¡Por supuesto que no!

En mi opinión, resultan imprescindibles.

Si alguno de mis amables lectores quiere que le explique esta aparente contradicción, deberá esperar al próximo miércoles, porque esta columna ya me ha salido demasiado grande.

Así pues, les espero dentro de una semana.

Pues eso.

Elena Sánchez

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