Pocas veces se ha conocido en la Historia de nuestra “piel de toro”, como llamó a España el geógrafo griego Estrabón en el siglo I a.C., una época tan compleja en materia de falta de lealtades, honorabilidad y respeto por el prójimo y a la inteligencia. Me surge un paralelismo curioso con un hecho que fue relevante en la antigua república de Roma. Veamos si es así. Pondré entre paréntesis los nombres de los personajes públicos que se me asemejan a los protagonistas del hecho ocurrido.
Durante el siglo I a.C., Roma vivió uno de sus muchos momentos convulsos. En el año 63 el senador, Lucio Sergio Catilina (Pedro Sánchez), comenzó a enemistarse con los aristócratas de Roma por, entre otras cosas, aspirar a un consulado que no se le reconoció. Por este motivo, el senador decidió pasar a la acción de forma revolucionaria e ilegítima. Esto, hoy en día con los políticos de nuestro Gobierno saltándose las disposiciones judiciales, no asusta, pero debemos apostar por el orden establecido, que es lo que no aceptó Catilina.
Como el senador perdió el apoyo político tomó el camino del populismo (Pablo Iglesias) y comenzó a reclutar seguidores que estuvieran descontentos con la política del Senado (Yolanda Díaz, Ione Belarra, Irene Montero y un largo etcétera). Uno de los puntos que exigió desde su nueva versión de la política fue la condonación de deudas (esto sí que me suena a nuestra venerable Ministra de Hacienda, María Jesús Montero, y su propuesta de condonación, siempre con preferencia a Cataluña, por supuesto, mientras nos sube los impuestos por detrás. Si la hubiese conocido Catilina, ambos habrían ascendido al Olimpo de los Dioses…).
Mientras tanto, Catilina, envió a Cayo Manlio (Carles Puigdemont) a reunir un ejército para liderar la conjura en Etruria (Cataluña), consiguió reunir apoyos por la península de Italia y hasta llegó a iniciar una revuelta de esclavos en Capua (la CUP y todos los cachorros independentistas y anarquistas que campan por Barcelona y alrededores). Mientras tanto, Catilina preparaba el golpe final para la toma de Roma (Puigdemont soñaría con la toma de Madrid, para saquear el Banco de España claro, pero le falta arrojo, capacidad intelectiva y valentía. No todo se adquiere con un corte de pelo…).
Con tales propósitos, Catilina, decidió iniciar la revolución en varios puntos de Italia de forma simultánea, en ella incluía matanzas, incendios y singularidades de ese tipo. De esta manera pretendía llegar a Roma donde proclamarse cónsul dictatorial. El díscolo senador sabía que, si no aniquilaba a Cicerón su cruzada no tendría un final favorable a sus intereses.
Parece ser que políticos de alto nivel en el Senado como Craso y César (Alberto Núñez Feijoo y Santiago Abascal) estaban al corriente, pero no creían que la conjura de Catilina pudiese llegar a tanto (¿Cuántas veces se ha subestimado la capacidad de atropello y de desestabilizar de nuestro Catilina particular, el señor Pedro Sánchez?). Sin embargo, a Cicerón le llegó la noticia del peligro de su integridad de mano de uno de sus informadores y por esto pudo escapar de una muerte segura.
La reacción de Cicerón no se hizo esperar, denunció de forma categórica a Catilina delante del Senado, empleando como corolario la famosa frase que nos ha llegado hasta nuestros días: ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Catilina? (¿Cuándo le preguntaremos los españoles lo mismo al señor Sánchez?). Catilina prometió destrucción y abandonó el Senado y Roma. La reacción provocó que el Senado autorizase a Cicerón el uso del senatus consultum ultimum. Catilina dijo que se iba al exilio cuando en realidad se fue al campamento de Manlio (Carles Puigdemont). Desde aquí siguió recabando apoyos militares para conseguir su entrada triunfal en Roma.
Catilina no sabía que la influencia de Cicerón le ayudaba a tener una red de confidentes con la que poder conocer sus intenciones y, de esta manera poder anticiparse a las estratagemas que Catilina y Manlio (Sánchez y Puigdemont) estaban urdiendo junto a un grupo de alógrobes que fueron una tribu de bárbaros de la Galia (hoy en día serían los apoyos internacionales que Puigdemont busca en los partidos nacionalistas europeos tales como Bildu, La Liga en Italia, el antiguo IRA irlandés y otros grupúsculos apátridas europeos, más algún zumbado canadiense). Cicerón intervino una serie de cartas con las que Catilina / Sánchez buscaba apoyos para que triunfase la conspiración. Cicerón leyó las cartas en el Senado, lo cual fue decisivo. Catón (que obviamente y, gracias a los Dioses, no era como nuestro Fiscal General del Estado, el señor Álvaro García Ortiz) pidió la pena de muerte para los conjurados.
Los cinco principales fueron ejecutados sin juicio y de esta forma se acabó con la conjuración de Catilina. El susodicho se dedicó a luchar contra los ejércitos de Roma hasta que en una batalla cayó muerto. Su cabeza fue llevada a Roma como prueba de que el problemático senador había muerto.
Como conclusión, sólo puedo dar una advertencia a nuestro Presidente. Como se habrá dado cuenta las conspiraciones y felonías se pagan caro, no porque lo diga yo, sino porque es la Ley natural. También se habrá dado cuenta de que al personaje de Cicerón no le he puesto un homólogo en nuestro panorama político actual, sencillamente porque no lo hay, pero no tenga duda de que llegará. Probablemente este personaje no tenga ni que ser humano, bastará con que Temis y Lustitia se apiaden de nosotros y, como diosas de la Justicia, le hagan dar explicación de sus decisiones y actos; si corresponde claro.
JOSÉ CARLOS SACRISTÁN
COLABORADOR DE ENRAIZADOS.
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