Convertir en delito un sentimiento,
impropio de un país civilizado,
deja como salvaje retratado
a ese totalitario atrevimiento.
No puede delinquir el pensamiento,
Principio, desde siempre, respetado.
¡Y creíamos cosa del pasado
un ataque al Derecho tan violento!
Nadie puede juzgar la intimidad;
el odio pertenece a quién lo siente;
por ser de su exclusiva propiedad,
Ley que violar ese derecho intente,
es otra más contra la libertad.
Y lo peor: ¿cuál será la siguiente?
Cajón de sastre es esta salvajada.
¡La tiranía, así legalizada!
Luis XIII… y medio
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