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A veces, más de las que crees que mereces, la vida se ensaña, golpeándote con tanta rabia que parece que no vas a volver ver amanecer otro mañana.
Y poniéndote frente al espejo, con el rostro bañado en lágrimas, sonríes a ese destino que te hiere con saña…; ese destino que cuando ya no le queda nada por arrebatarte, en el último momento, te da un poco de vida y luego te la arranca, mientras tu alma libre ya del peso de deudas y karma, se eleva ligera hacia un cielo de vida, más allá de donde la guadaña de la Parca alcanza.
Y es entonces cuando, a modo de adiós, te pones frente al espejo y sonríes; no por la vieja vida que pierdes, sino por la nueva que, al morir, ganas.
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