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La soledad del corredor de fondo

Los sísifos de la partitocracia

Federico, Girauta y Cayetana, los enemigos de la libertad política

Pedro Gallego 22 Jun 2025 - 06:43 CET
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El páramo español de periodistas, expolíticos, economistas, politólogos y tertulianos tiene clara una cuestión, que Pedro Sánchez está arrinconado por la corrupción. Esta caterva— probablemente el grupo peor formado y más intelectualmente indigente que haya ocupado espacio público en esta malograda Nación—, se divide en dos facciones. La primera quiere echar a Sánchez a patadas, convencida de que así «se recupera la democracia».  La segunda cree necesario resignarse a la corrupción de la izquierda como un mal menor o necesario, ya que su retirada dejaría el camino libre a la ultraderecha y al fascismo.

En España, llevamos cerca de medio siglo en un sistema, el Régimen del 78 (lo de Régimen con permiso de DALMACIO NEGRO), donde tirios y troyanos no han hecho sino presumir de él. Esta Constitución, que sirve igual para un roto que un descosido, permite tanto legalizar a BILDU o justificar una Ley de Amnistía, como sustentar el discurso opuesto de VOX. Un Carta otorgada, redactada en secreto por una camarilla de siete incompetentes, que muy ufanos presumen, hasta hoy, de ser los “Padres de la criatura” (como RAMÓN TAMAMES). La Constitución del 78, es la causa de todos los males que padecemos. Nuestra situación actual no es fruto de ninguna degeneración o violación de este sistema, es su resultado natural.

BALTASAR GRACIÁN, en El discreto, dice: «Hay algunos, y los más, que para una cosa sola los habéis de buscar, porque no valen para dos; hay otros que siempre se les ha de tocar un punto y hablar de una materia, no saben salir de allí; hombres de un verbo, Sísifos de la conversación, que apedrean con un tema».

Como escribe CAMUS: «Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza».

Nosotros hemos llamado Sísifos de la Partitocracia a todos aquellos que, atrapados en un esfuerzo repetitivo, inútil y agotador, vuelven siempre al mismo argumento, golpeando con él de manera recalcitrante a todos. Consideran que la cosa consiste en votar a partidos que defiendan la unidad de España y la Constitución, hasta que, algún día, un partido llegue al poder y cumpla todo lo prometido sin corromperse. Los arquetipos de estos Sísifos de la Partitocracia son, sin duda, Federico Jiménez Losantos y Juan Carlos Girauta. Pero como hoy se lleva lo de ser inclusivos, también citaremos a una mujer: Cayetana Álvarez de Toledo, que no es arquetipo, sino prototipo del Sísifo de la partitocracia.

Federico, un aragonés de Teruel con cara de pastorcillo, se dedica cada mañana a hacer mofa y escarnio público de la clase política —no con la agudeza de QUEVEDO, sino con expresiones de bar y peluquería—. Para tal fin, lleva a su programa de radio a personajes mucho más tontos que él, y también a Alaska, quienes le sirven de palmeros o sacos de boxeo, sin atreverse a replicar.

En su juventud, Federico fue comunista (eso siempre deja secuelas). Luego apoyó al PP, a UPyD de Rosa Díez, a Ciudadanos de Albert Rivera, a VOX, y de nuevo al PP. Un periplo fundamentado en respaldar a todos aquellos partidos que, según él, defienden la Constitución y la unidad de España. Lo que no sabe a estas alturas es, que este oxímoron diabólico—la Constitución del 78 y la unidad nacional— son, precisamente por eso, incompatibles.

Federico es muy amigo de Cayetana Álvarez de Toledo, una aristócrata puesta a dedo como diputada, tan petulante como ignorante, que ni siquiera distingue entre una monarquía constitucional y una parlamentaria. Aun así, la adula en cada entrevista como si estuviera hablando con Hannah Arendt o Simone Weil.

Le explicaremos, de una vez por todas, a Cayetana en qué consisten estas dos modalidades de la monarquía, para que deje de confundirlas. En el sistema de monarquía parlamentaria, se observa el principio según el cual el Rey reina, pero no gobierna, siendo los ministros quienes ejercen el poder ejecutivo y responden políticamente ante el Parlamento. En contraste, JULIUS STAHL, jurista y pensador alemán del siglo XIX, formuló un modelo de Monarquía constitucional propio del contexto prusiano. En dicho modelo, el Rey conserva la jefatura del poder ejecutivo, representa al Estado, y posee la iniciativa legislativa. Las cámaras legislativas, participan en el proceso, pero no pueden legislar de manera autónoma, ya que su función se limita a aceptar o rechazar propuestas reales. Aunque STAHL defendía el marco de una Constitución, ésta no implicaba una separación de poderes en el sentido liberal, sino una organización jerárquica y funcional del poder político. En consecuencia, los ministros eran responsables únicamente ante el monarca, no ante el Parlamento, y por ello no debían formar parte del órgano legislativo ni estar sujetos a su control político. A este tipo de Este tipo de orden constitucional, Guido de Ruggiero lo llamó “Constitucionalismo autoritario”.

Y por rematar la faena recordamos a Benjamin Constant, quien defendió una Monarquía constitucional limitada, donde el Rey tendría un papel moderador, pero no gobernaría activamente. Según él, los ministros debían encargarse de la administración del Estado y de la conducción política, debiendo responder ante el poder legislativo. ¿Qué tiene de monarquía constitucional lo que existe en España?

Esto también les ocurre a Federico y Cayetana, porque tampoco saben quién es Gerhard Leibholz ni qué es un Parteienstaat, y por eso creen que, cuando ella habla en el Congreso, es Bolingbroke en la Cámara de los Comunes, que Pedro Sánchez es Robert Walpole y que Felipe VI es Jorge I.

Juan Carlos Girauta es un hombre que, a pesar de ser inteligente, está completamente confundido en política, aunque le tengo simpatía porque es una buena persona. Realizó un periplo ideológico que, con algo de mala suerte, podría terminar en tornaviaje. Militó en la Joven Guardia Roja de España (JGRE), una organización juvenil dependiente del Partido del Trabajo de España (PTE), de orientación comunista. Luego pasó por el Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC), el PP, Ciudadanos, y actualmente es eurodiputado con VOX. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que, políticamente, Girauta es de género fluido.

Los Sísifos de la partitocracia contemporánea tampoco han estudiado a Carl Schmitt, quien ya en 1923 advertía sobre la transformación del Estado liberal: «El Estado ya no se diferencia de la sociedad. El Estado se ha convertido en la organización de la sociedad, y los partidos son su forma política».

Con la sustitución de la sociedad de los individuos por una Massendemokratie —una democracia de masas indiferenciada y atomizada—, el Estado ha absorbido a las masas y se ha convertido en un Estado «total». Ya no se limita a garantizar un orden jurídico, sino que invade la esfera social mediante partidos políticos que han dejado de ser intermediarios para convertirse en órganos estructurales del propio aparato estatal.

Este fenómeno, que Schmitt denominó «Parteienstaat», implica que los partidos ya no compiten por el poder, sino que lo administran colectivamente, erosionando la soberanía popular y anulando la representación real. La voz italiana equivalente a «Estado de partidos»: partitocracia, la trajo a España Gonzalo Fernández de la Mora.

Gerhard Leibholz, juez del Tribunal Constitucional Federal alemán, y uno de los impulsores de la ilegalización del Partido Nazi en 1952, y a pesar de tener una posición ideológica distinta, coincidió con Schmitt al advertir, que el Estado de partidos, al fusionar Estado y sociedad en una estructura dominada por élites partidistas, es esencialmente incompatible con la representación parlamentaria. En palabras de Leibholz: «En el Estado de partidos, el Parlamento deja de ser un órgano representativo de la nación para convertirse en una proyección del poder de los partidos sobre el aparato estatal».

Así, el escenario político actual, particularmente en el contexto español, revela una deriva donde los partidos estatales —financiados públicamente y blindados por sistemas electorales proporcionales con listas cerradas— han sustituido el principio representativo por una lógica oligárquica. El problema no son los partidos, sino su fusión con el Estado. Lo que se busca actualmente en España por los Sísifos de la partitocracia, no es el cambio de las reglas de juego político, sino el reemplazo de una oligarquía estatal por otra. En este sistema de partidos estatales, el diputado no representa al elector: es un empleado que está a las órdenes del jefe de su partido.

Los Sisifos de la partitocracia buscan una alternancia en el Poder del estado, no una alternativa política. Federico sueña con pacto PP-VOX para que hagan una derogación masiva, desde el Estado, de todas las Leyes actuales. Mientras tanto, Girauta en Europa y Cayetana en España, juegan a los parlamentarios pidiendo nuestro voto. Y todo esto ocurre en el marco de una Constitución que resulta igualmente válida para los fines de BILDU que para los suyos. Pedro Sánchez es presidente gracias a las reglas del juego establecidas por esta Constitución, y todos los partidos de orientación sediciosa o contrarios a la unidad de España se sientan en el Congreso por esa misma razón.

Como insistió siempre la mente más preclara del pensamiento político europeo, Antonio García-Trevijano, la camisa de fuerza que impide la libertad política es el sistema proporcional de listas de partido. La politóloga Susan Rose-Ackerman, una de las mayores expertas en estudios sobre corrupción política, identifica a los sistemas de listas como una de las principales causas estructurales de dicha corrupción.

Debemos cambiar las reglas del juego para poder elegir directamente a nuestros representantes y destruir la partitocracia, no sustituir una oligarquía por otra. La manera de conseguirlo comienza por sustituir el actual sistema proporcional de listas por un modelo de distritos uninominales, en el que los ciudadanos elijamos de forma directa a nuestros diputados. Solo así podremos controlar el poder que delegamos en nuestros representantes.

Como corolario, les dejo un extracto del Diario de Sesiones del Pleno de los días 16, 17 y 18 de noviembre de 1976. En esas sesiones de las Cortes de la Transición, cuando se debatía el proyecto de Ley para la Reforma Política promovido por el Gobierno de Suárez, tuvo lugar una discusión clave sobre el sistema electoral.

En ese contexto, Cruz Martínez Esteruelas, de Alianza Popular, defendió el sistema uninominal frente al sistema proporcional, denunciando todos los inconvenientes de este último. Espero que apreciéis la total correspondencia entre aquel diagnóstico y lo que seguimos padeciendo hoy:

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