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Y veremos horizontes cada vez más lejanos, que, con constancia y desvelo, un día rebasaremos, solo para descubrir que, tras ellos, nunca estuvo la esperada meta.
Al final, el camino a la perfección no deja de ser más que una dolorosa vía, por la que cargamos con fe, la cruz que voluntariamente hemos hecho nuestra, como norte y estrella, en nuestro largo peregrinar, a la búsqueda del camino de retorno a la inocencia.
Y la alzamos con orgullo de pertenencia, casi como si fuéramos nosotros los que estamos clavados en ella.
Concluyo con un texto de Khalil Gibrán: «Y ahora, me voy, como se han ido ya otros crucificados.
Y no penséis que nosotros los locos estamos cansados de tanta crucifixión.
Pues debemos ser crucificados por hombres cada vez más grandes, entre tierras más vastas y cielos más abiertos».
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