En el nutrido elenco de figuras menores que orbitan en torno al poder de Pedro Sánchez, hay personajes que no brillan por mérito propio, sino por su capacidad de papagayo para repetir y repetir consignas sin pestañear, agachar la cabeza con disciplina canina y cargar contra el adversario con una rabia prestada, siempre que se lo ordene. Óscar López es, sin duda, uno de los exponentes más notorios de esta categoría. Un político mediocre reciclado en cortesano obediente, cuyo mérito principal ha sido colocarse siempre al abrigo del líder, repitiendo como un loro amaestrado los dogmas del sanchismo, aunque para ello deba torcer la verdad, la dignidad y hasta la lógica.
López empezó su carrera en las Juventudes Socialistas, ese vivero de oportunistas donde se cultiva mucho más la obediencia que el pensamiento crítico. Fue escalando cargos internos al calor del aparato, no por su intelecto, ni por su oratoria, ni por su gestión —de todo eso carece—, sino por su lealtad ciega al líder del momento. Estuvo en Castilla y León, donde demostró una eficacia nula como cabeza de cartel; fracasó con estrépito en las urnas, pero eso no le impidió continuar medrando. Como buen superviviente del socialismo clientelar, siempre supo que la puerta giratoria interna del PSOE no se cierra jamás para el cortesano que sabe inclinarse a tiempo y con la angulación requerida.
Su actual papel como ministro de la Presidencia y Relaciones con las Cortes es una muestra más de cómo Sánchez premia a los más serviles, no a los más capacitados. López es un portavoz camuflado de ministro: no piensa, no propone, no coordina. Repite y repite los falsos mantras del «puto amo» Sánchez –con tono dulzón y con esa sonrisa empalagosa que esconde un odio sectario y feroz– sobre todo, cuando se refiere al Partido Popular, su permanente obsesión y, a la vez, profundamente enfermiza y recurrente.
Pero si hay una figura que le provoca una aguda urticaria política y lo descompone en sus intervenciones públicas y en su vida privada, esa es Isabel Díaz Ayuso. La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha convertido en el blanco favorito de López, a quien no le tiembla la voz para insultarla con palabras medidas y dictadas desde Moncloa. Se le nota el temblor del rencor cuando la menciona, porque ella representa justo lo que él jamás será: una política con personalidad, respaldo popular, capacidad para hablar claro y sin ser ni un eco ajeno ni una cacatúa parlante. Da la impresión que –emulando al historico pastor lusitano Viriato– le ha jurado «odio eterno», no a Roma, sino al Madrid de Isabel Díaz Ayuso representado en su persona.
López, en cambio, ha hecho de su carrera una procesión de metódicas genuflexiones. No tiene criterio propio. No se le conoce una sola idea original, ni una propuesta que no haya sido dictada desde la cocina de Iván Redondo, primero, o de Bolaños, después. Su misión no es construir, sino tapar, desviar, y, sobre todo, atacar a quienes pongan en duda la narrativa del régimen de su «puto amo». Aunque eso implique mentir, deformar o criminalizar a medio país.
Y es que López ha hecho del insulto «pseudo fino» su herramienta favorita. No grita, no se descompone, pero lanza sus dardos envueltos en un cicatero y lujoso celofán institucional. Es el típico cortesano que disfraza su servidumbre con muchos tecnicismos y cifras bien maquilladas , que se indigna por encargo y sonríe por obligación. No le duele la mentira porque también ha renunciado a la verdad como principio político. Solo le duele, y profundamente, que alguien se atreva a cuestionar a su “puto amo”, como se llamó Sánchez a sí mismo, en un intencionado descuido de su reveladora y megalómana soberbia.
Ya no sorprende que López haya sido el elegido para servir en la trinchera institucional desde donde se disparan los fuegos de cobertura al presidente. Es el hombre perfecto para eso: no molesta, no destaca, y, sobre todo, no piensa por su cuenta. No es un ministro, es un amplificador, un brazo mecánico del sanchismo que mueve la boca solo cuando se lo ordenan desde el altavoz central del Gobierno. Es la voz de su «puto amo».
Mientras tanto, España se deshace entre cesiones sectarias, desigualdades y polarizaciones extremad. Y López –siempre fiel al guión monclovita establecido– él seguirá vomitando bilis contra Ayuso– su acerba enemiga– el PP y contra cualquiera que se atreva a salirse del carril ideológico oficial establecido. No porque crea en nada —ni siquiera en ese socialismo que un día fingió defender— sino porque su única religión es el poder, y su único dios, Pedro Sánchez, su «PUTO AMO». Amén.
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