Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

España sin presupuestos: la gran estafa institucional del Gobierno de Pedro Sánchez de la que nadie habla y de la que nadie quiere saber…

“Cuando apuntamos con el dedo hacia la luna, siempre hay quien no la ve porque se queda mirando el dedo”.

Carolus Aurelius Cálidus Unionis 22 Jul 2025 - 07:19 CET
Archivado en:

La España de 2025 vive uno de los momentos más oscuros de su historia institucional reciente: un gobierno que, por tercera vez consecutiva, no ha presentado ni sometido a aprobación unos Presupuestos Generales del Estado. Esta anomalía política, lejos de ser un tecnicismo o un detalle administrativo, es el síntoma más grave del deterioro democrático, de la quiebra de los principios constitucionales y de la conversión del poder ejecutivo en un aparato sin control, sin transparencia y sin legitimidad operativa.

Pedro Sánchez y su Consejo de Ministros, sostenidos por una amalgama de fuerzas independentistas, antisistema, insolidarias y en muchos casos hostiles al modelo constitucional, gobiernan España con cuentas caducas, decisiones arbitrarias, gasto público desbordado, presión fiscal récord y sin someterse al más mínimo control parlamentario sobre lo que hacen con el dinero de todos.

No hay precedentes en ninguna democracia avanzada de nuestro entorno de una situación así: tres años sin presupuestos aprobados ni control real del gasto, en plena expansión recaudatoria, con endeudamiento creciente, deterioro del Estado del Bienestar y una opacidad absoluta sobre la asignación de recursos públicos. Lo que está ocurriendo no es política: es una demolición institucional lenta pero implacable.

¿Por qué seguimos sin presupuestos?

Desde 2022, España vive con las mismas cuentas prorrogadas, mientras el Ejecutivo evita deliberadamente presentar nuevas cuentas públicas al Congreso, bajo la excusa de no disponer de los apoyos necesarios. En realidad, la negativa responde a un cálculo político: mientras no haya presupuestos ni votaciones clave, el Ejecutivo evita ser puesto contra las cuerdas por sus socios, y no expone su debilidad estructural ante la opinión pública ni ante el Parlamento.

Así, Pedro Sánchez ha logrado mantenerse en el poder sin necesidad de explicar adónde va el dinero, qué programas se priorizan, qué partidas suben o bajan o qué desequilibrios se agravan. El Congreso queda vacío de diputación política real, los partidos de la oposición ven neutralizada su capacidad de objeción fiscal, y las comunidades autónomas —condicionadas por convenios bilaterales y cesiones asimétricas— quedan a merced de la arbitrariedad ministerial.

Todo esto se hace dentro del marco jurídico mínimo, porque la Constitución permite prorrogar presupuestos. Pero lo que fue previsto como mecanismo excepcional se ha transformado ahora en sistema de gobierno: legal formalmente, ilegítimo profundamente, devastador en su efecto institucional.

Consecuencias: presupuesto congelado, gasto descontrolado

Lo más grave no es solo que no haya presupuesto nuevo. Lo más grave es lo que ocurre sin él:

El resultado es un modelo de desgobierno, donde el poder gasta sin explicar, recauda sin devolver, y legisla sin consensuar. Esto vacía de contenido la democracia representativa, desnaturaliza el parlamentarismo y niega a los ciudadanos su derecho a influir, a saber y a exigir.

Recaudación récord, servicios en ruina

La paradoja es escandalosa: España ha batido todos los récords históricos de recaudación fiscal, con una cifra consolidada en 2025 cercana a los 500.000 millones de euros si sumamos todas las administraciones. La presión fiscal efectiva sobre la ciudadanía ha alcanzado máximos históricos. Y sin embargo:

Mientras tanto, el Presidente del Gobierno y buena parte de sus ministros viajan a destinos exteriores en medios oficiales, multiplican los actos propagandísticos, y hacen uso desmedido de recursos logísticos (aviones oficiales, coches ministeriales, seguridad, asistentes) para fines cuya relación con el interés público es más que cuestionable. Todo ello en un contexto en el que los rumores, las denuncias periodísticas y los susurros en el Congreso hablan de corrupción, orgías, drogas, escorts, y gastos ilícitos asumidos con dinero público por asesores y altos cargos.

Defensa, seguridad e hipocresía presupuestaria

España ha incrementado su gasto en defensa como nunca antes, hasta superar los 40.000 millones de euros anuales, sin que exista un verdadero debate nacional sobre para qué, por qué y con qué fin estratégico real se lleva a cabo este rearme.

Se justifica este gasto alegando compromisos con la OTAN, operaciones en el exterior, y modernización tecnológica. Pero nadie explica por qué esa cifra no sirve para reforzar las Fuerzas Armadas en territorio nacional, para proteger nuestras fronteras ni para garantizar la integridad territorial, mientras nuestras costas y regiones fronterizas se ven desbordadas por la inmigración ilegal, el narcotráfico y el crimen organizado.

Nos dicen, además, que no se puede financiar dicho gasto sin meter la tijera en el gasto social o subir aún más los impuestos. Pero eso solo sería cierto si existiera un presupuesto debidamente debatido, auditado y razonado, cosa que no ocurre desde hace tres años.

Y aquí entra otra pregunta clave que el Gobierno evita responder:

¿Cuáles son los enemigos reales de España hoy?

No son hipotéticas potencias exteriores. Son bien conocidos:

Y sin embargo, el Gobierno prefiere cumplir con la OTAN que proteger el GRA de Ceuta y Melilla, silenciar a Interior antes que enfadar a Junts, y desguazar la soberanía energética y alimentaria mientras huye de todo límite institucional.

Corrupción estructural: mordidas, sobrecostes y desfalcos generalizados

A todo lo anterior se suma una evidencia incuestionable: no hay control real sobre los contratos públicos, la obra pública, o la compra institucional de bienes y servicios.

España ha registrado más de 220 denuncias formales por corrupción en la contratación pública en el último año. Los casos judicializados se acumulan —mascarillas, comisiones, sobrecostes, adjudicaciones a dedo, cobros de favores— sin que los responsables vean apenas consecuencias políticas o penales.

El uso de fondos europeos, ayudas mediatizadas, compras de emergencia, campañas digitales, consultorías sin resultado alguno… conforma una red de pagos cruzados entre poderes públicos y empresas amistosas, que actúan como aparatos paralelos de legitimación del poder, sin transparencia pública ni fiscalización real.

Mientras tanto, cada español tributa sin cesar, sin saber ni poder saber en qué se gasta el fruto de su esfuerzo. Moralmente, eso es un exilio interior.

Subvenciones sin control: el gasto infectado por el clientelismo

Uno de los mayores escándalos silenciosos del sistema actual es la distribución masiva, descontrolada y arbitraria de subvenciones públicas a ONG, asociaciones y entidades afines al poder. Se reparten miles de millones de euros mediante convocatorias sin rigor, sin concurrencia real, y sin auditoría posterior.

Sin presupuesto nuevo, sin memoria institucional clara y sin informes de evaluación, nadie sabe —ni puede saber— si esas entidades cumplen su misión, si los fondos van a los beneficiarios, si se usan como deberían o si se destinan a otros fines: campañas políticas, salarios partidarios, sedes ideológicas o “formación” de adoctrinamiento.

Es la nueva mordida: el clientelismo subvencionado y sofisticado de un progresismo de cartón piedra, que compra voluntades y refuerza sesgos con fuelles públicos para someter a la sociedad civil sin debate.

Es corrupción. Y es impunidad.

Conclusión: el poder ha huido del sistema

España sigue sin presupuestos, sin rumbo conocido, sin plan fiscal debatido, sin justicia social real, sin defensa nacional efectiva, sin control institucional externo y sin responsabilidades asumidas. El poder ya no responde ante nadie. Y eso, en democracia, equivale a un golpe lento, burocrático, irreversible.

El gobierno de Pedro Sánchez —y quienes lo sostienen— han instaurado una forma de poder sin ley ni límites, escudada en la aritmética parlamentaria pero al margen del espíritu constitucional. Se gobierna para la propaganda, para la fidelización política, para pagar favores y consolidar súbditos.

España no tendrá democracia real mientras el Parlamento no controle el gasto, el ciudadano no conozca el destino de su dinero y la verdad no tenga más peso que el relato.

Y todo eso empieza y acaba en una palabra ausente: presupuesto. Democracia significa saber a quién pagamos y con qué finalidad. Y hoy España no lo sabe. Por eso, hoy España no decide. Le deciden.

Más en Columnistas

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

CONTRIBUYE

Mobile Version Powered by