El Gobierno arde en su propia mentira climática y Pedro Sánchez vuelve a demostrar que no gobierna: solo huye. España arde, los pueblos se quedan reducidos a cenizas, los agricultores pierden lo poco que les queda y el presidente –de un país en llamas– permanece en su resort de La Mareta como si nada ocurriera. Las llamas, el humo y las cenizas no alcanzan los lujosos muros de su veraniega mansión. El hombre que tanto presume de empatía social no interrumpe sus vacaciones –aunque España se quema– ni un solo minuto para ponerse al frente de la grave catástrofe. Y cuando por fin abre la boca, lo hace para anunciar lo que mejor se le da: solo humo político –disfrazado de un supuesto “pacto de Estado” contra el cambio climático– convertido en el nuevo fetiche ideológico del Gobierno.
El problema es que ese pacto es otra farsa más al más puro artificio propagandistico. ¿Incluye, tal vez, esas medidas concretas y sensatas, permitir la limpieza y el desbroce de los montes y bosques –actividades prohibidas de facto por una legislación absurda– que convierte nuestros bosques en auténticos polvorines? ¿Contempla devolver a los pastores la posibilidad de llevar a su ganado al monte– en esa ancestral y ritual trashumancia– que ha evitado durante muchos años la acumulación de matorral seco? ¡No, claro que no!. El pacto de Sánchez se centra en sus habituales mantras ideológicos: más burocracia, más demagógia y más ridículos y cicateros controles al ciudadano común.
La paradoja es sangrante, en España –hoy, se les pide el DNI– para poder tener gallinas en un corral, mientras se prohíbe a los pastores hacer lo que mejor saben, que es mantener limpio el monte de forma natural. Se persigue al campesino, al ganadero, al agricultor, al pequeño propietario rural y mientras se bendicen proyectos urbanísticos en plena costa o se cierran los ojos ante los nuevos pelotazos de las eléctricas. La política climática del Gobierno es puro postureo urbano y está diseñada desde despachos donde jamás se ha pisado una finca rural ni se ha visto cómo las llamas arrasan pueblos enteros rodeados de olivares y pinadas.
Lo que Sánchez ha dado en llamar –con mucha demagógia y nulla visión cientifica– la nueva “transición ecológica”, en realidad, se trata de una «paranoia pseudoclimática» que solo genera prohibiciones absurdas y costes insoportables para los ciudadanos. Se demonizan los diésel de los trabajadores que viven –en los pueblos de la romántica «España vaciada»– sin transportes públicos, sin consultorios médicos, sin escuelas, sin entidades bancarias y se aconseja a comunidades enteras a instalar placas solares y calderas de gasoil , mientras se arruina a los agricultores con las delirantes e impositivas normas de una fría, lejana y burocrática Bruselas y , que el Gobierno asume como propias y sin rechistar. Mientras todo esto ocurre, España depende –agrícola, industrial y económicamente– cada vez más de Marruecos para comprar energía producida con carbón y gas. ¡Todo un ejemplo de cinismo e hipocresía y, de una magna estulticia política!
El fuego de este verano ha dejado claro que la primera causa de los incendios no es el CO₂ ni el “calentamiento global” abstracto, sino la desidia política y la prohibición de cuidar los montes. Durante décadas, se ha impedido por Ley el aprovechamiento sostenible del monte, se ha expulsado al pastor, al resinero, al agricultor que recogía la leña seca y producían verdaderos y eficaces cortafuegos naturales. Hoy –cuando el monte se convierte en un barril de pólvora con la mecha encendida– nos cuentan que es culpa del cacareado “cambio climático” y protagonista de la «Agenda 2030». Lo cómodo es culpar al planeta y a su calentamiento global y no a las erróneas o nulas decisiones políticas.
Sánchez no ha interrumpido sus vacaciones porque vive en su propia burbuja veraniega. Para él –un incendio no es una tragedia nacional– sino una simple oportunidad propagandística que le brinda la ocasión de convocar un pacto que nunca se cumplirá, un gesto vacío con el que tapar su ausencia y acallar su indiferencia. Los muertos, los desplazados, los agricultores arruinados y los bomberos que se juegan la vida son solo los figurantes de su particular escenografía para su pretendido relato climático.
El grado de cinismo alcanza ya cotas insoportables cuando se contrasta la severidad con la que el Gobierno legisla sobre lo irrelevante —el corral de un vecino, el coche viejo de un trabajador, el uso de bolsas de plástico, el reciclaje en los contenedores— con la permisividad ante lo esencial: el abandono del campo, la falta de planes de limpieza forestal, la ausencia de cortafuegos, la precariedad de los medios aéreos, etc.
Y lo más indignante de todo es la desvergüenza de no haber solicitado desde el inicio la ayuda europea al Consejo de Ministros de la UE, privando a las comunidades afectadas de medios aéreos y brigadas comunitarias que hubieran contenido las llamas en los primeros días.
La improvisación y el sectarismo pesan más que la vida de la gente. ¡ Este el ADN politico de Sánchez y de los conmilitones que lo sustentan!
Todo lo que rodea al discurso climático del sanchismo es pura propaganda ideológica, control y negocio para cuatro pseudo ecológicas empresas privilegiadas. Mientras ellos demonizan al ciudadano común, subvencionan a las multinacionales “verdes”, inflan las facturas eléctricas y condenan al español «medio y de apie» a pagar elevados impuestos ecológicos que no sirven para nada. El Gobierno ha convertido cada catástrofe en una razonable excusa para reforzar un relato que solo reparte culpabilidades difusas pero nunca responsabilidades concretas.
Un presidente serio habría interrumpido sus vacaciones, habría acudido a las zonas afectadas, habría escuchado a los vecinos, a los alcaldes, a los agricultores que lo pierden todo en cuestión de horas ; habría exigido responsabilidades, reforzado medios, coordinado las ayudas de emergencia y activado –sin demora alguna– la solidaridad europea. Pero Sánchez no gobierna, Sánchez, simplemente posa. Su reacción ante el fuego es siempre la misma que ante cualquier crisis: esconderse, esperar a que todo pase, para poder culpar a factores climáticos abstractos y, salir después, con un discurso inane y demagógico .
España no necesita pactos de Estado teatrales, necesita que se gobierne con sentido común ; necesita que se devuelva al campo la voz que se le ha robado, que se permita a los ganaderos, los agricultores y pastores hacer lo que durante siglos hicieron: cuidar el territorio con su tradicional y reglada transhumancia; necesita menos paranoia ideológica y más responsabilidad real y, sobre todo, necesita un presidente que, al menos en medio de una tragedia, tenga la decencia, la moralidad y la rectitud de conciencia de aparcar sus vacaciones dar la cara –sino como presidente– al menos como un hombre.
Porque lo más escandaloso es que, mientras el país se calcina por los cuatro puntos cardinales, tenemos acuartelados a todo un ejército con sus cuerpos de ingenieros, capaces de abrir cortafuegos, levantar diques y reforzar la lucha contra las llamas. Miles de hombres y mujeres –con los medios adecuados y la preparación requerida– que permanecen encerrados en los cuarteles, mientras el Gobierno se limita a plañir al “cambio climático».
Esta es la verdadera foto de la España sanchista: el país en llamas, el ejército acuartelado en silencio y el presidente vacando, despreocupadamente, en la lanzaroteña «Mareta».
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