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Pedro Manuel Hernández: «Vandalismo a gogó, por un helado de ‘maduixa’ (fresa), en la Cataluña separatista»

Pedro Manuel Hernández López 24 Ago 2025 - 10:55 CET
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Hay que tener la cara más dura que el cemento armado para hablar de “inclusión” en Cataluña, mientras se permite —y hasta se justifica— el acoso, la delación y el señalamiento público contra cualquier ciudadano o negocio que no se pliegue al dictado lingüístico del «nacionalisme catalá». Lo ocurrido en el barrio de Gràcia, con la heladería «Dellaostia», convertida –en objetivo de pintadas, pegatinas y ataques racistas por el pecado mortal de no plegarse a la neolengua separatista–, es un síntoma inequívoco del totalitarismo lingüístico en que se ha convertido la absolutista e identitaria política catalana.

El caso es tan grotesco y esperpéntico como revelador. Un concejal de ERC — ni corto ni perezoso– denunció, hace cinco días, en redes sociales que en ese local había tenido lugar un supuesto episodio de «xenófobia y discriminación lingüística”. La maquinaria secesionista ya no necesitó pruebas, ni datos, ni contrastar nada. Bastó con lanzar la acusación al ruedo digital para que la «jauría pancatalanista» se activara: pintadas, amenazas, escraches y la marca infame de “fascistes de merda”. Todo por servir un helado de chocolate con «fresa» en lugar de “maduixa” (fresa en catalán) . Es decir, por la variante del catalán de un barrio concreto, o por usar otra lengua, o simplemente por no comulgar con la activa e intransigente «secta de inclusión lingüística».

Lo más inquietante no es la pintada en sí, sino el trasfondo. El nacionalismo catalán–con su obsesión enfermiza por la lengua– ha convertido el catalán en un arma arrojadiza y en un instrumento de total exclusión social. Se castiga a quien no lo usa, se señala al comerciante que osa rotular en castellano, se multa a quien no se adapta al pie de la letra a la normativa lingüística impuesta por la Generalitat. Y todo ello envuelto en el hipócrita y delicado envoltorio celofán de la “diversidad” y la “cohesión social”.

El mantra de la “lengua propia” se ha convertido en un dogma sagrado. Un dogma vigilado por fanáticos comisarios políticos —como el concejal de ERC que alentó la persecución y denunció a esta heladería— ejecutado por brigadas de agitadores que no dudan en recurrir al vandalismo mediático con insultos en redes y pintadas. Son los nuevos «inquisidores lingüísticos» y los fanáticos guardianes de una ultra
ortodoxia identitaria que recuerda demasiado a los regímenes más oscurantistas de la Europa de principios del siglo XX. La paradoja es que estos mismos –que llaman «fascistes de merda» a todos los demás– reproducen, punto por punto, los métodos del fascismo más rancio : control social, pública acusación, propaganda sectaria y violencia contra los actuales disidente idiomáticos.

Que una simple heladería se haya convertida en blanco de odio por una cuestión lingüística, demuestra hasta qué punto Cataluña vive secuestrada por un «nacionalismo sectario e histérico» que necesita fabricar supuestos enemigos cotidianos para mantener en tensión a sus fieles conmilitones. Hoy es una heladería de Gracia; mañana será una librería en Girona, pasado, una farmacia en Lleida o, tal vez, un nuevo restaurante en Tarragona. Todo aquel que no salude con el “Bon dia” o no entone «Els segadors» con la reverencia adecuada, será sospechoso, acusado y condenado sin previo juicio.
Así es como los comercios y negocios y los trabajadores y los ciudadano corrientes, se convierten en culpables por no satisfacer la fanática devoción lingüística establecida y exigida por la Generalitat.

El problema de fondo no es solo cultural, es político. Desde hace muchas décadas, los sucesivos gobiernos de la Generalitat han regado con millones de euros a esas asociaciones, fundaciones y observatorios cuyo único cometido es vigilar el uso del catalán y denunciar cualquier desviación de la ortodoxia lingüística. Han creado un ecosistema de “activistas” subvencionados y cuyo modus vivendi consiste en generar conflictos artificiales donde no los había. El helado de chocolate con “maduixa” es –de momento– el último episodio de una cadena lingüística interminable de exageraciones, falsas denuncias y victimismo impostado.

Mientras tanto, la realidad social va por otro lado y a la Cataluña real –donde la gente se entiende sin problemas en castellano y en catalán– no le importa si el heladero dice “fresa” o “maduixa”. Pero esa convivencia espontánea no le sirve de nada al separatismo: necesitan crispación, enfrentamiento y un enemigo común y permanente. Por eso, cualquier detalle nimio se convierte en una manifiesta “agresión a la lengua» y justifica una violenta campaña de linchamiento.

El verdadero peligro es que esta dinámica –tolerada e incluso alentada por las autoridades de la Generalitat– erosiona las libertades más elementales de cualquier democracia:la libertad de expresión, de empresa, de elección de lengua y de asociación. Se normaliza que un político señale a un negocio; se normaliza que se lo vandalice; se normaliza que la etiqueta de “feixistas da merda” se use como salvoconducto para arruinar a quien no se arrodilla. Y lo que hoy — se ha normalizado en Cataluña– sin duda, mañana podría extenderse al resto de comunidades, porque el virus de la censura y el idiomático identitarismo siempre busca nuevos huéspedes a quienes parasitar.

Este no es un episodio menor ni anecdótico. Es un grave síntoma de la profunda enfermedad que sufre España: un Estado que consiente y financia a quienes atentan contra la convivencia, que mira hacia otro lado mientras se acosa a sus ciudadanos en nombre de la “diversidad lingüística». La heladería «Dellaostia» ha sido víctima de un linchamiento político disfrazado de causa justa. Y mientras tanto, el Gobierno de Sánchez –tan sensible a cualquier pintada cuando afecta a sus aliados– calla como un bellaco.

El separatismo catalán ha convertido la lengua en un campo de batalla. Y como en toda guerra cultural, lo que está en juego no es la lengua en sí —que no corre peligro alguno— sino el control social, la obediencia, la sumisión del ciudadano al relato oficial. A quien no se pliega, le esperan pintadas, multas, señalamiento y ruina… Todo por un helado de chocolate con «maduixa» (fresa, en la lengua cervantina). Cataluña ya no es una tierra de lenguas, es una «tierra de linchamientos»…y por eso, termino diciendo:

«¡Bon día, tothom y bon cop de falç, defensors de la terra i de la llengua catalana ! ¡Bon cop de falç!».

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