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Jesús Calvo: «La Gracia Divina y las gracias humanas»

Jesús Calvo 03 Sep 2025 - 12:10 CET
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En el  amplio calendario litúrgico de junio, celebramos y saboreamos las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús, de Pentecostés, de la Santísima Trinidad, del Corpus Christi y de San Pedro Apóstol.

La gracia divina, como toda gracia venida de Dios, es una “gratis-data”, o acción amorosa que nos prodiga gratuitamente la divinidad como perfeccionamiento de su creación a todo lo creado, en especial a los ángeles y a los hombres, culmen de su creación, infundiéndonos un alma creada nada menos que a su imagen y semejanza, lo que nos hace libres y por eso, conscientes de nuestros actos y responsables de nuestras decisiones en función de nuestra santificación de permanencia en la riqueza de nuestra alma, diferenciada de la gracia actual, pasajera y fortificante temporal contra las tentaciones o peligros circunstanciales.

La gracia divina, es pues,  múltiple y sobreabundante a través de nuestra creación; redención de la pena eterna ; sacramental por medio de sus canales de santificación transmisores por ese canal que nos viene a través de esas materias, formas y sacerdocio ministerial instituido, transmisión de los siete dones perfeccionantes en la manifestación del Espíritu Santo en aquellas formas de fuego sobre sus discípulos en Pentecostés.

La institución del  sacerdocio y de la Eucaristía en la última cena de Jueves Santo, maravilla de la sabiduría divina para perpetuar su caridad unitiva, trascendente a lo universal hasta el fin de los siglos; la fundación de su Iglesia única y necesaria para nuestra carrera santificadora y salvífica en esta peregrinación terrenal, y tras su pasión y resurrección redentora, la puerta abierta al Cielo antes cerrada por la rebelión soberbia de nuestros primeros padres, irradiando a toda la humanidad el foco de la esperanza y seguridad de esa bienaventuranza eterna, compartiendo la felicidad en la perfección de la santidad divina.

El amor divino representado en su Sagrado Corazón, en su insondable misterio trinitario, en su Corpus Christi, en su irradiación de dones pentecostales, en la mediación de su Santa Madre corredentora y a través de los santos y de un Pedro rector, sucesor y mantenedor de esa Iglesia inmarcesible, contra la que nada tienen que hacer las puertas del infierno, son la gracia multiplicada en todas las otras obras providenciales del Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, trayéndonos la inabarcable obra misteriosa por insondable en su eterno amor trascendente, única explicación de su obra creativa.

Frente a este misterio del ser amoroso, solo valen por nuestra parte, las gracias-gratitudes de sus creaturas como obligación natural y sobrenatural de reconocimiento por todos los privilegios y las categorías de las perfecciones divinas, por esos favores constantes de su Providencia que supone esa visión a favor de todas sus creaturas, especialmente de los ángeles y de los hombres (pro-videre) que nos hace sentirnos siervos, que no esclavos y dependientes de una deuda impagable.

El mundo, está pecando de una ingratitud vergonzosa, sumido en la nueva soberbia de la supuesta autosuficiencia atea, del  indiferentismo religioso que avanza a pasos agigantados, dignos de los castigos divinos, de los avisos de purificación del mundo a través de las catástrofes naturales y artificiales ya anunciadas en tantas apariciones marianas, como las de Fátima con su tercer secreto, que el papa Juan XXIII no quiso revelar diciendo que “no quería ser profeta de desgracias”, y que estamos padeciendo con satánicas guerras de genocidios, hambrunas, escándalos mayores a todos los desconocidos en épocas pasadas, degeneraciones morales sin cuento e ingratitudes vergonzantes a los sacrificios que por nosotros han hecho generaciones gloriosas inspiradas en la fe y en el sentido de dependencia agradecida a esa divinidad paternalmente amorosa.

Es de bien nacidos ser agradecidos. Al Señor le encanta la virtud de la gratitud, porque en ella ya se le da un culto de latría en el reconocimiento de su soberanía y nuestra condición  de creaturas bajo su amorosa tutela.

La ingratitud, es signo inequívoco de ateísmo práctico.

Tras cada acción cotidiana por intrascendente que parezca, que trabajo nos cuesta hacer esta hermosa oración-adoración en dos palabras: “¡Gracias, Señor!”.

Jesús Calvo,

Párroco de Villamuñio, León.

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