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¡Leed, leed, leed… malditos!

Carolus Aurelius Cálidus Unionis 15 Sep 2025 - 12:33 CET
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Aristóteles insistía, con razón inapelable, en que la virtud no es un don caído del cielo, ni una gracia repartida arbitrariamente, sino un hábito. Un hábito que se fragua mediante el ejercicio, la repetición, el entrenamiento constante, hasta que termina incorporándose en nuestra manera de pensar y de obrar. Virtud significa, pues, disposición adquirida: se llega a ella por práctica, no por casualidad.

La razón misma, aquello que en teoría nos distingue de los animales, tampoco es un privilegio garantizado por el mero hecho de nacer humanos. Somos racionales en potencia, sí, pero la potencia no se actualiza sola: exige un esfuerzo consciente. Razonar, pensar, utilizar la lógica aristotélica requiere de entrenamiento intelectual. De lo contrario, nos reducimos a seres movidos por apetitos, caprichos, ocurrencias o deseos pasajeros, renunciando a la excelencia propia de nuestra naturaleza.

Lo mismo ocurre con el gusto. Apreciar un buen manjar no es cosa de azar, sino de educar el paladar con paciencia, con repetición, con experiencia. Por eso quien nunca se ha ejercitado en probar, comparar, degustar con criterio, difícilmente sabrá deleitarse con una mesa bien servida. Santo Tomás de Aquino recordaba que el verbo saber comparte raíz con sabor: el conocimiento y el gusto, la inteligencia y el paladar, se nutren de la misma idea de experiencia, de la misma disciplina de educar los sentidos y el entendimiento.

También la música requiere ese aprendizaje: el oído cultivado descubre matices que el oído inculto ni percibe. Con el cine ocurre algo similar: para disfrutar de una buena película hace falta una sensibilidad entrenada, capaz de distinguir la banalidad de la grandeza, lo vulgar de lo sublime.

Y llegamos a la lectura, ese ejercicio supremo de la mente y de la imaginación. Leer —pero leer de verdad, con aprovechamiento, con gusto, con hondura— es también una virtud que se conquista con hábito. Nadie goza de un buen libro si no se ha entrenado en ello desde temprano. Sin embargo, vivimos tiempos oscuros en los que se desalienta la lectura. Ya no se fomenta el amor a los libros, al contrario: se trivializa, se desprecia, incluso se exhibe con orgullo la ignorancia.

Hace unos días lo vimos con claridad. La influencer María Pombo, ínclita representante de esa aristocracia digital de la nada, afirmó en un vídeo: «No sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo». El comentario levantó polvareda. Algunos lo aplaudieron como si se tratara de una revelación liberadora: un verdadero elogio de la incultura. Otros, por fortuna, lo criticaron como lo que es: un despropósito y un rebuzno que solo puede resultar triste viniendo de alguien con tantos seguidores.

Porque enorgullecerse de renunciar a la cultura delante de millones de súbditos intelectuales no es un gesto liberador, sino un triste signo de los tiempos.

Conviene precisarlo: leer no convierte automáticamente en mejores personas. La lectura no es sinónimo de bondad. Hay malvados ilustrados, criminales cultos, perversos de biblioteca. La bondad es, en realidad, la máxima expresión de la inteligencia, el fruto de comprender que la búsqueda del bien propio no exige aplastar al prójimo. Y eso, más que de los libros, se aprende en el ejercicio cotidiano de la virtud moral.

Ahora bien, importa también qué se lee. Porque la mayoría de los lectores, sean conscientes o no, buscan en los libros lo que confirma lo que ya piensan. Quien es de una determinada corriente ideológica se inclina a leer a quienes reafirman esa visión, del mismo modo que el hincha de un equipo de fútbol prefiere los periódicos y programas que ensalzan a los suyos. Rara vez se practica la valentía de confrontar ideas propias con las ajenas. Leer, para muchos, es reforzarse en la burbuja de lo ya sabido.

Y, sin embargo, la grandeza de la lectura —su poder transformador, su virtud aristotélica— radica precisamente en lo contrario: en exponerse a lo desconocido, en desafiar lo que creemos incuestionable, en arriesgarse a la incomodidad de pensar contra uno mismo. Solo así la lectura es verdadero ejercicio de libertad, virtud lograda por hábito.

No es casual que, durante siglos, se repitiera que para acabar con el fanatismo y la ignorancia era necesario viajar. Y es cierto: quien viaja amplía horizontes, conoce a otras gentes, relativiza lo propio. Pero leer es también un viaje: un desplazamiento interior, un tránsito que agita la imaginación, cultiva la concentración, enriquece el lenguaje y ordena las ideas. Por eso el Nobel José Saramago, portugués de origen y español de adopción, lamentaba con ironía: «He oído en multitud de ocasiones a deportistas profesionales recomendar que hagamos ejercicio, pero a ninguno le he oído invitar a la gente a leer un buen libro».

Ese es, al fin y al cabo, el espíritu de la Ilustración: sapere aude, atrévete a pensar. Sé valiente, procura tener criterio propio, no te aferres con terquedad a lo que ya piensas: estate dispuesto a aprender, incluso a cambiar de opinión cuando la razón lo reclame. Leer es uno de los caminos privilegiados para hacerlo, porque nos enfrenta a ideas distintas, a visiones nuevas, a horizontes que amplían lo humano.

De ahí la advertencia, hoy más necesaria que nunca: ¡Leed, leed, leed… malditos! Pero no como quien colecciona títulos para vanagloriarse, ni como quien busca un eco complaciente de su ideología. Leed como quien entrena el alma para la virtud, como quien cultiva el paladar, el oído o la razón. Leed para ejercitar la inteligencia, para educar el gusto, para crecer en humanidad.

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