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La persecución contra el Padre Custodio Ballester (Sacerdote Católico): un proceso político, con trasfondo civilizatorio

Carolus Aurelius Cálidus Unionis 15 Sep 2025 - 10:47 CET
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La pesadilla del Padre Custodio Ballester, sacerdote valiente y sin pelos en la lengua, comenzó en 2017. Ese año, en una entrevista, afirmó lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir:

«El islam «radical» (violento) quiere destruir la civilización cristiana y arrasar con todo Occidente».

Aquella advertencia —que refleja una realidad histórica y contemporánea evidente— le costó una denuncia ante la Fiscalía interpuesta por la asociación “Musulmanes contra la Islamofobia”, un colectivo híbrido entre estalinistas y simpatizantes del yihadismo que, entre otras lindezas, ha celebrado públicamente la victoria de los talibán en Afganistán y jamás ha mostrado pesar alguno por los atentados islamistas en Europa, Nigeria, el Sahel u otras regiones martirizadas.

Desde entonces, el Padre Custodio vive bajo la sombra de una persecución judicial desproporcionada, que ha desembocado en la petición de tres años de cárcel por un supuesto “delito de odio”.

La doble vara de la justicia

El contraste es clamoroso. En España, los flagrantes ataques contra la Iglesia católica —profanaciones de formas consagradas, interrupciones del culto, escarnio público de procesiones y símbolos cristianos, mofas en televisión— quedan impunes, y sus responsables resultan absueltos.

Sin embargo, al Padre Custodio se le exige prisión por unas declaraciones que, lejos de ser ofensivas, son advertencias legítimas sobre el peligro del fanatismo religioso. Es más, cualquier persona decente, incluso musulmanes, consideran que lo expresado por él no es ninguna barbaridad, ninguna ofensa, y menos aún una incitación al odio o a la violencia, sino un aviso necesario sobre las consecuencias del extremismo islámico.

Mientras tanto, se criminaliza a un sacerdote por “ofender a un colectivo vulnerable”, en un proceso grotesco en el que incluso la fiscal que reclama tres años de cárcel ni siquiera acudió al interrogatorio de los acusados.

Una persecución ideológica

El delito de odio se ha convertido en un arma política para acallar disidencias. Nunca se aplicará contra quienes se burlan de los católicos en prime time, ni contra quienes vitorean a terroristas, pero sí contra un sacerdote que defiende la verdad histórica y la identidad cristiana de España y de Europa.

No es la primera vez. Yo mismo, hace años, fui denunciado por “islamofobia” al escribir un ensayo histórico sobre la expulsión de los moriscos, la batalla de Lepanto, la conquista de Granada y el mito de la supuesta convivencia pacífica de “las tres religiones del libro” bajo dominio musulmán en España. Señalar que en el islam existe cierta nostalgia por Al-Ándalus que algunos pretenden recuperar fue suficiente para que intentaran silenciarme.

El caso del Padre Custodio confirma que cualquier voz que contradiga el relato oficial sobre el islam será objeto de persecución.

Islamización y claudicación europea

Esta persecución no es un hecho aislado. Se inscribe en un proceso más amplio de islamización de Europa, facilitado por las élites políticas y mediáticas que imponen la corrección política como mordaza.

En países como Francia, Alemania, Suecia o Bélgica, el avance demográfico y cultural del islam es una realidad: guetos urbanos, barrios enteros regidos de facto por la sharía, imposición de velos, censura de caricaturas o de críticas al islam, violencia contra mujeres y cristianos. Y, sin embargo, las instituciones prefieren castigar al que denuncia antes que afrontar el problema.

El Padre Custodio no ha dicho nada distinto de lo que la experiencia demuestra: el fanatismo islámico es una amenaza directa contra la civilización cristiana y occidental. Su advertencia debería ser escuchada, no criminalizada.

Una cuestión de supervivencia cultural

Este proceso judicial es un aviso a navegantes: si permitimos que se condene a un sacerdote por advertir de los riesgos del extremismo islámico, mañana cualquiera que defienda la fe cristiana, la verdad histórica o los valores de nuestra civilización podrá ser llevado ante los tribunales.

No estamos solo ante un ataque a la libertad de expresión o a la libertad religiosa: estamos ante un intento de desarmar moralmente a la sociedad occidental, de impedir que se defienda frente a quienes buscan someterla.

Conclusión: una batalla que nos afecta a todos

El caso del Padre Custodio Ballester es mucho más que un proceso judicial: es un síntoma del ocaso de una Europa que reniega de sí misma, que persigue a sus sacerdotes mientras calla ante la intolerancia islámica.

Por eso se ha lanzado una campaña dirigida a Miguel Ángel Aguilar, fiscal de Delitos de Odio, para que retire una acusación que nunca debió formularse.

Defender al Padre Custodio es defender la libertad, la verdad y la identidad de nuestra civilización. Si lo dejamos solo, habremos cedido un terreno decisivo en esta batalla cultural.

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