Érase un niño que no quería crecer, un niño grande, narcisista,
que en el país de Nunca Jamás soñó su conquista;
tirano caprichoso, rey sin corona,
que al grito de “¡es injusto!” su llanto lastimeramente entona.
Érase un corrupto que no podía pisar la calle,
sin que la voz popular lo llamara hijo de su madre;
nariz inconmensurable, embuste tras embuste,
creciendo al compás de promesas y disfrutes.
Érase un visir, cual Iznogoud,
soñando ser Califa en lugar del Califa aclamado por la multitud;
con turbante puesto (Kufiya palestina), en farsa evidente,
que reconoció a un país que nunca existió.
Y mientras alardeaba, su delirio era total:
deseaba bombas nucleares para Israel, sin pudor ni moral.
Érase un traidor que se bajó al moro,
a vender vergüenzas por incierto tesoro;
con Mohamed pactó, secreto en desvelo,
entregando a España a quien lo tiene cogido por los huevos.
Érase el yerno de Sabiniano,
empresario de turbios negocios y villano;
proxeneta de sombras, dueño de burdeles,
tejiendo favores en tugurios crueles.
Érase el capo de una famiglia de puteros,
ladrones, golfos, proxenetas y embusteros;
siguiendo el ejemplo del papá de su esposa,
la herencia mafiosa, turbia y vergonzosa.
Érase un profanador de tumbas,
que a Franco desenterró, con rabia y sin dudas;
pretendiendo vencerlo casi un siglo después,
mostrando su envidia y rencor por doquier.
Érase un experto en pucherazos,
capaz de pactar con el mismísimo diablo, sin pausa ni descanso;
Dorian Gray revivido, espejo mágico a diario,
preguntando como Blancanieves: “¿Quién es el más guapo del armario?”
Érase un golfo, con el»tumbao» que tienen los guapos al caminar,
de ceja altiva, sonrisa de impostor singular;
érase un felón de ansia imperial,
que hubiera querido ser Felipe, el VI real;
pero nació Pinocho, con traje impostado,
y un país cansado, de engaños cercado.
Érase Procusto con regla torcida,
cortando a España según su medida;
érase un mediocre en el país de incultos analfabetos,
el tuerto en el país de los ciegos;
un maestro en inculcar miedo, experto derrochador,
amigo de sus amigos, que algún día acabará en prisión.
¡Y crecía, crecía, su nariz sin freno,
cada embuste hinchándola más, sin medida!
Como en el cuento de Collodi, creciendo sin término,
como un monumento a la mentira, al delirio supremo!
Érase un niño que no quería crecer,
y que soñaba con una barita para hacer desaparecer
a España, que ni la madre que la parió la reconociera…
Alfonso Guerra dixit, y el delirio se veía entero.
Érase un prestidigitador, a la vez ventrílocuo,
capaz de engañar al más pintado;
aunque cada día que pasa, se le ve más el plumero,
y la farsa se quiebra, mostrando su agujero.
Érase el rey desnudo, en el Retablo de las Maravillas,
un gángster en el patio de Monipodio,
que convirtió el gobierno de España en la corte de los milagros.
Érase un presidente enamorado…
que se tomó un descanso al verse acosado,
con sus fieles sentados en el banco de los acusados.
Y quizás hará falta, como en el cuento de Andersen,
que un niño grite alto y claro:
“¡El rey está desnudo!”,
para que los españoles vean su inanidad,
su impostura,
que es un gigante con pies de barro,
un déspota que tiene los días contados…
Érase un esperpento que algún día le llegará un escarmiento,
pues, como dice el refrán:
“a cada cerdo le acaba llegando su San Martín.”
Érase mito hueco, farsante en persona,
ceja altiva, sonrisa ladrona;
érase Sánchez… de impostura corona,
un mal chiste, una cruel burla, un insulto a la inteligencia.
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