Más información
Los silencios de Dios, a veces son muy elocuentes; tan solo es cuestión de prestar atención a nuestro alrededor para entrever su respuesta.
El otro día me confesaba una persona, que él no creía en Dios, sino en la bondad de los seres humanos; concretamente en la de los beduinos, para ser más exactos.
Ante mi cara de extrañeza, procedió a contarme que hace ya unos años intentó cruzar, en solitario, desierto del Sahara, y que, a pesar de ir perfectamente equipado para ello, todo comenzó a fallarle, hasta el punto de terminar perdido y sin agua, en medio de una de las peores pesadillas de arena del planeta.
Aun, así y todo, pudo más su instinto de supervivencia y, durante un día, continuó a duras penas avanzando, sin ver en ningún momento el mínimo signo de vida.
Tras unas horas, comenzó a sentir los primeros síntomas de muerte por deshidratación.
Fue en ese momento cuando se acordó de aquel Dios al que, de niño, su madre le enseñó rezar, y, en su desesperación hincó sus rodillas en la arena y, juntando sus manos, elevó sus ojos al Cielo, al tiempo que, con apenas un hilo de voz, decía: – “Dios, si existes, sálvame… por favor… por favor…” –
Aún estaba musitando su último ´por favor…´, cuando notó una presencia tras él. Al girarse se quedó estupefacto, al ver, a escasos metros, a un beduino que, sonriéndole, le estaba tendiendo un rústico odre con agua.
Cuando terminó de contarme su historia me dijo, solemnemente: “- ¡Dios no existe! Si no llega a ser por un beduino, yo hubiera muerto aquel día. A lo que, a un servidor, las únicas palabras que le salieron en ese momento, fueron: – ¡Ya te vale! -.
Los milagros existen. He visto demasiados en esta vida, como para negarlo. Sin embargo, también es cierto que, en los milagros que he presenciado, nunca ha habido coros angélicos, ni sonar de trompetas celestiales. Simplemente han sucedido de tal manera que me he dado cuenta que Dios actúa en el hombre, a través de otros hombres. Unas veces he sido sujeto pasivo del milagro, y, otras, el sujeto activo necesario para que el milagro se produjese.
Pero nada mejor que una historia fabulada, que podría ser perfectamente cierta, para poder explicar este aparente trabalenguas:
El río, ya desbordado, seguía creciendo, mientras Miguel, el sacristán de la iglesia del pueblo, encaramado en la azotea de la casa parroquial, rogaba insistentemente: “¡Padre, sálvame! ¡Padre, sálvame! ¡Padre, sálvame!”, al tiempo que las pardas aguas, imparables, seguían subiendo.
En ese momento aparece una embarcación de Protección Civil, y le piden al hombre que suba. Miguel se niega, y les responde diciendo que él no piensa moverse de allí, porque Dios lo va a salvar. Los hombres de la embarcación se encogen de hombros, y prosiguen su camino.
El agua sigue ascendiendo cada vez más deprisa, mientras Miguel continúa rezando cada vez más rápido: “¡Padre, sálvame! ¡Padre, sálvame! ¡Padre, sálvame!”.
Aparece un bote neumático de la Cruz Roja, pero Miguel se vuelve a negar a abandonar el tejado. Cuando el agua ya le llega por la cintura, sobrevuela sobre su cabeza un helicóptero de la Guardia Civil, desde el que le lanzan un cable que Miguel se niega a coger.
Finalmente, las aguas lo arrastraron y el sacristán muere ahogado. Al llegar al Cielo se dirige directamente a Dios y le dice: – “Padre, ¿por qué no has escuchado mis súplicas… ¿por qué no me has salvado?”. A lo que Dios le responde: – “Sí que te he escuchado, hijo mío; ¿quién crees que te ha enviado, por tres veces, la ayuda necesaria para ser rescatado y salvar la vida?”.
Y es que no siempre somos capaces de comprender las respuestas que Dios da a nuestros ruegos y súplicas; como tampoco somos capaces de reconocer a Cristo en nuestro prójimo.
Dios no dice ´si necesitan ayuda, que la pidan´, si no que la da cuando corresponde. Nada que ver con esos endiosados sátrapas que pululan y hociquean, por este lodazal llamado mundo.
Tiranuelos de baja estopa, que engordan su vanidad, con las súplicas de los que, en medio de la desgracia, agonizan.
Pero a todo cerdo le llega su San Martín… Tal vez cuando el santo regrese de su viaje a Nepal.
Más en Columnistas
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home