En medio de la permanente tormenta política y mediática que rodea al conflicto en Oriente Medio, las palabras de Ángel Mas –presidente de Acción y Comunicación sobre Oriente Medio (ACOM)– han introducido una gran dosis de claridad frente a un debate obscuro y contaminado por consignas y acusaciones juridicamente desmedidas. Mas, defiende la posición de Israel con un argumento que, por elemental, resulta incómodo para quienes prefieren el mántrico eslogan al análisis objetivo : Israel ejerce su legítimo derecho a la autodefensa frente a las organizaciones terroristas de Hamás y Jizbolá que han convertido a la población palestina en un escudo humano mientras ellos lanzan ataques indiscriminados contra la sociedad israelí. Esa realidad, sostiene, suele ser omitida de forma deliberada en los debates internacionales para fabricar una narrativa que coloca solo a Israel en el banquillo de los acusados por genocida.
Las imputaciones de «genocidio» forman parte de esa estrategia política y propagandística de los islamistas y de las zquierdas radicales de Occidente . El término GENOCIDIO –uno de los más graves que reconoce el derecho internacional– no puede usarse a la ligera. La Convención de 1948 lo define como «la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso». Y no existe evidencia alguna de que el estado de Israel persiga la aniquilación del pueblo palestino. Lo que hay es una guerra contra un enemigo que dispara cohetes desde hospitales y escuelas, que instrumentaliza la miseria de su propia población y que ha hecho de la muerte un arma de comunicación y propaganda islamista. Calificar eso de genocidio no solo es un despropósito jurídico, sino también una banalización de un crimen histórico cuya gravedad exige el sumo respeto histórico.
Mas ha subrayado además la hipocresía con la que se aborda este asunto desde Occidente. Países y partidos que se consideran y presentan –como guardianes de los derechos humanos– se apresuran a condenar cualquier operación belica israelí, mientras callan, relativizan o mienten sobre las masacres que –en el mismo mundo árabe– cometen sus regímenes contra sus propios pueblos y hermanos, como en Siria, Yemen o Sudán. Esa doble moral, que se viste de falsa solidaridad, en realidad, sigue alimentando el conflicto al blanquear a Hamás y presentar su violencia como resistencia legítima y necesaria. Lo que se normaliza con esto, advierte, es un «antisemitismo» encubierto que se abre paso en múltiples manifestaciones y en discursos políticos que demonizan al Estado judío en su conjunto –no a su primer ministro Benjamín Netanyahu y al Gobierno que preside– arrastrando el debate hacia el terreno del odio y de la venganza y, dificultando mucho cualquier salida realista al conflicto.
Israel es la unica democracia de todo el Oriente Medio con unas instituciones sólidas, con unos tribunales independientes y un marco legal semejante al de cualquier país europeo. Sin embargo, se le siguen aplicando estándares imposibles, como si estuviera siempre obligado a ganar una guerra sin causar destrucción ni bajas civiles, mientras que sus enemigos operan desde la ilegalidad más absoluta. Este doble rasero, insiste Mas, convierte a Israel en un perpetuo acusado en el tribunal de la opinión pública internacional, donde nunca se juzga con la misma vara a quienes lo atacan.
La defensa de Ángel Mas no es solo una toma de partido por Israel, sino también una seria advertencia sobre los peligros de trivializar conceptos jurídicos y morales de enorme peso histórico. Llamar «GENOCIDIO» a cualquier acción militar israelí contra el estado palestino gobernado por las guerrillas islamistas de Hamás, no solo es falso, sino que es, a demás jurídicamente irresponsable y de muy difícil justificación moral. Vaciar de contenido ese término jurídico significa, en la práctica, despojar de gravedad los crímenes que sí lo fueron — El «Gran Holocausto Judío» de la Alemania de Hitler– y supone, además, un golpe contra la posibilidad de analizar con rigor un conflicto jurídico y penal muy complejo, que merece muchas menos consignas políticas y más seriedad y rigor jurídico.
El problema de fondo, es que parte de la opinión pública occidental ha asumido como dogma una narrativa fabricada en los despachos de la islamista propaganda palestina y replicada sin filtro por medios, universidades y partidos. Un relato que convierte a la víctima en verdugo y al agresor en víctima, que elimina de un plumazo el terrorismo de Hamás y reduce la historia a una caricatura de buenos y malos. Ángel Mas denuncia, con razón, que esta visión simplista, al hacerse hegemónica, condiciona las políticas de esos gobiernos europeos que solo buscan el aplauso fácil de la calle en vez de actuar con responsabilidad.
Israel paga así el precio de ser la única democracia en una región dominada por dictaduras islámicas, teocracias y milicias armadas. Las instituciones israelis, sus elecciones libres, sus tribunales y su prensa independiente se convierten en su mayor vulnerabilidad al tener que rendir cuentas a su propia ciudadanía y a la comunidad internaciona. Al pueblo de Israel se le exige siempre lo imposible, mientras que nadie demanda a Hamás ni a Jizbolá ni a la Autoridad Palestina estándares mínimos de transparencia, de respeto a los derechos humanos o compromiso con la paz. Esta asimetría es, precisamente, la que explica por qué el conflicto nunca se resuelve: porque una parte no tiene nada que perder y la otra debe justificar cada paso que da.
Ángel Mas acierta también al señalar que detrás de muchas acusaciones late un profundo antisemitismo reciclado. El viejo odio antijudío –que arrasó a Europa en el siglo XX– ha mutado radicalmente en un nuevo antisemitismo que se disfraza de solidaridad con Palestina. Manifestaciones en las que se gritan consignas de exterminio, boicots académicos y culturales contra instituciones israelíes y discursos políticos que hablan de Israel como un Estado ilegítimo y genocida, son la prueba de que, bajo el barniz de un seudo progresismo, se esconde un ancestral y milenario prejuicio que no desaparece…, solo cambia de forma.
De ahí que la defensa de Israel no deba entenderse como un alineamiento ciego, sino como una defensa de la verdad y de los principios. Llamar a las cosas por su nombre no es tomar partido, es exigir rigor. Y eso es lo que hace Ángel Mas: recordar que las guerras tienen reglas, que las democracias tienen límites y que el derecho internacional no puede convertirse en un arma arrojadiza contra quien, precisamente, lo respeta más que sus enemigos.
La acusación de genocidio contra Israel es –en última instancia– un insulto a la inteligencia y a la memoria histórica. Es convertir en consigna lo que debe ser una categoría jurídica intocable. Es usar la tragedia del siglo XX para justificar la agenda política del presente. Y es, sobre todo, una forma de negar a Israel el derecho básico de cualquier Estado a defenderse y defender la vida de sus ciudadanos frente a quienes buscan su total y completa aniquilación.
Ese es el núcleo del mensaje de Ángel Mas: no se trata solo de Israel, se trata de la seriedad del derecho internacional, de la coherencia moral de Occidente y del inminente peligro de que el «antisemitismo» vuelva a campar disfrazado de causa justa y acabe en un «neo Holocausto» . El día en que se acepte sin discusión que una democracia que combate a un grupo terrorista incurre en genocidio, ese día no solo habrá perdido Israel: habrán perdido también los valores que Europa dice defender. Y lo más grave es que, cuando reaccionemos, ya será demasiado tarde.
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