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Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra: «La Cadena Ser ya dicta sentencias»

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra (Enraizados) 22 Sep 2025 - 21:02 CET
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Es fascinante observar cómo algunos periodistas creen estar por encima del Derecho, de la lógica y hasta de la aritmética.

Ya es la segunda vez que escribo sobre Noelia. Vamos allá otra vez.

El último ejemplo nos lo regala Xavier Vidal-Folch, pluma fiel de la Cadena SER, que ha decidido convertir un caso humano doloroso —el de una joven parapléjica llamada Noelia— en un púlpito desde el que repartir certificados de bondad y carnés de “ultras” a quienes osen disentir. Porque en su universo, quien no aplaude la eutanasia a dos manos, es sospechoso de ser poco menos que un cavernícola con rosario.

Su texto arranca con una enumeración de lugares comunes: “A los 24 años puedes trabajar, casarte, abortar, dirigir una multinacional… pero no puedes aplicarte la eutanasia”. Frase redonda, pensada para arrancar aplausos fáciles en las tertulias de bar. Lo malo es que detrás de la retórica no hay Derecho, ni filosofía, ni siquiera un mínimo rigor. Sólo el estribillo melodramático de “pobrecita Noelia contra los jueces insensibles”.

El periodista nos presenta el caso como si la ley fuese un chicle que se estira al gusto de la opinión publicada. Pero resulta que la eutanasia, incluso con la discutible Ley de 2021, no es un menú a la carta. Existen procedimientos, garantías, requisitos, plazos. Porque, aunque le pese, estamos hablando de algo muy serio: el final deliberado de una
vida humana. Y eso, por mucho que se intente camuflar con la etiqueta de “derecho a la buena muerte”, no es un trámite de ventanilla única.

Lo más llamativo de la pieza no es lo que dice sobre Noelia —que por supuesto merece compasión y acompañamiento—, sino lo que calla. Nada se menciona de los dilemas éticos, de la necesidad de proteger a los vulnerables, de los riesgos de presión social o familiar. Ni una palabra sobre los casos en otros países donde ancianos, discapacitados o deprimidos acaban pidiendo la eutanasia porque se sienten una carga. Eso no cabe en el relato simplista. Sería estropear la melodía.

En cambio, lo que sí cabe es el recurso clásico: buscar un villano. Y lo encuentra enseguida: el “padre ausente” que recurre la decisión y, horror de horrores, lo hace “ayudado por una asociación ultracatólica”. Ya está. Etiqueta pegada. Caso cerrado. El mal identificado. ¿Para qué discutir argumentos jurídicos si basta con señalar al sospechoso habitual?

Pero vayamos al fondo. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha dictado que el padre puede intervenir porque forma parte del “círculo jurídico vital” de la hija. A Vidal-Folch esto le parece “una fantasía”. Claro, mucho más fantasioso sería aceptar que los lazos familiares, por muy deteriorados que estén, siguen teniendo consecuencias jurídicas. Que el Derecho de sucesiones, las obligaciones de manutención y hasta el deber de costear un entierro son realidades que no desaparecen porque un columnista lo desee.

El artículo destila esa arrogancia tan típica de cierta prensa: cuando un juez dicta algo que coincide con sus dogmas, es un valiente. Cuando no, es un burócrata retrógrado que “desborda la ley”. Lo importante no es la justicia, ni la ley, ni el bien común: lo importante es que el fallo encaje con el relato de la Cadena SER. Y si no encaja, se atiza al juez y asunto arreglado.

Se nos quiere vender que la ley de eutanasia de 2021 es un prodigio de claridad. Pero lo cierto es que está plagada de lagunas, de contradicciones y de silencios que abren la puerta a interpretaciones diversas. Eso lo saben los juristas, lo saben los jueces y lo sabe cualquiera que no viva en el planeta de los titulares fáciles. Convertir esa complejidad en un “todo es culpa de los jueces malos” es una manipulación de manual. Es una manipulación colosal.

Y hay algo más grave. Al reducir un caso tan delicado a un duelo entre “víctima inocente” y “jueces crueles”, Vidal-Folch no sólo simplifica la realidad: la deforma. Porque detrás de este debate está la cuestión más incómoda de todas: ¿tenemos derecho a disponer de la vida como si fuera un objeto de consumo? El periodista ni lo roza. Ni le interesa. Demasiado profundo para su tertulia.

El drama de Noelia merece respeto, apoyo humano, cuidados paliativos de calidad, asistencia psicológica y afectiva. Lo que no merece es ser usada como munición en la batalla ideológica de quienes quieren convertir la eutanasia en un dogma progresista. Porque, ironías de la vida, en nombre de la “libertad de morir” se acaba imponiendo la obligación social de justificar que aún quieres vivir.

La mordacidad del columnista concluye con un eslogan: “Con jueces así, sobran leyes”. Pues no, señor Vidal-Folch. Porque las leyes, con todos sus defectos, son lo único que protege a los ciudadanos de que su destino no lo decidan los titulares de un diario ni las consignas de una radio. Ahí va mi eslogan

“Con periodistas así, sí que sobran eslóganes”.

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