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La paz

Israel, Irán y los terroristas de Hamas.

La izquierda más radical, la que gobierna con Sánchez y el propio Sánchez, se han quedado descompuestos y huérfanos de argumentos para su yihad particular

Jorge del Corral y Díez del Corral 20 Oct 2025 - 05:53 CET
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El alto el fuego impuesto por Trump en Gaza enfrenta su primera gran prueba y los terroristas de Hamas son los culpables

El 7 de octubre el Congreso de los Diputados recobró la dignidad por unas horas y aplazó al día siguiente la aprobación (no el debate) del decreto ley del Gobierno que ordena el embargo de armas a Israel porque –dice- “es un clamor de la sociedad”.

Y se pospuso porque el Gobierno no tenía aún el voto de Podemos y después de que la embajada israelí en España asegurara que la elección de esta fecha se debía a la “obsesión antisraelí del Gobierno español” y calificara de “perverso, inhumano y aberrante” que la votación coincidiese con el segundo aniversario del ataque de los terroristas de Hamás, que asesinaron a 1.250 israelíes (y de otras nacionalidades, entre ellas dos españoles) con una crueldad y ensañamiento inimaginable, y secuestraron a 250, a las que sometieron a un calvario de torturas, vejaciones, hambruna y violaciones, y a algunas, incluso, a cavar su propia tumba.

Esta conmemoración debería haber sido una llamada de atención contra la amnesia colectiva que pretendía el Gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, sus socios podemitas y sumaritas, y los integrantes de esa flotilla de la vergüenza que surcó el Mediterráneo de Barcelona a Gaza, con gastos paganos por Irán y escoltada por un buque de guerra español y dos italianos, y que, tras su interceptación e identificación por Israel en aguas internacionales próximas al puerto de Ashdod, los 49 españoles que viajaban haciendo selfis y grabando videos para las redes sociales y los medios de comunicación colaboradores regresaron a España después del hapening en dos aviones pagados también por el contribuyente.

Hamás se fundó como organización terrorista en 1987 con el propósito explícito, en su carta fundacional, de destruir Israel. Para alcanzar este objetivo su primera misión fue contra sus rivales palestinos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), principalmente Al Fatah. En 2007, después de imponerse en unas elecciones parciales, tomó el poder por la fuerza en Gaza y purgó sistemáticamente a los miembros de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), acribillando en plena calle o arrojando desde los tejados a sus funcionarios. Consolidado su control, Hamás, siempre siguiendo órdenes de Irán, desmanteló el servicio policial de la ANP y lo reemplazó por sus milicianos, que establecieron en el enclave gazatí un régimen de terror, aplastó toda disidencia y sometió a la población a un férreo control ideológico. Lo demás se ha sabido más tarde: creó una ciudad subterránea de túneles y cavernas, en donde establecieron sus cuarteles, sus santabárbaras y sus cuartos de armas –generalmente debajo de hospitales y colegios para usarlos como escudos y disuadir a Israel de atacarles- para avanzar en la orden suprema y razón de ser: la destrucción del Estado de Israel. Y para ello, Irán, el régimen de los ayatolás del islam chií, destina entre 100 y 150 millones de dólares anuales en armas, drones, cohetes, adiestramiento y asesoramiento estratégico, como ha escrito en La Razón, con conocimiento de causa y experiencia en la zona, el diplomático español Gustavo de Arístegui y San Román.

Las consecuencias de ese ataque terrorista de Hamas han sido dos años de guerra en Gaza que han causado más de 68.000 muertos, entre ellos 18.000 niños, 12.000 mujeres y 36.000 huérfanos, y 180.000 heridos y mutilados, con una destrucción material que roza el 92% de las viviendas y el 93% de las carreteras. Ambas tragedias son la cara de una misma moneda: una espiral de odio alimentada por quienes nunca han querido la paz.

Es lógico que la comunidad internacional haya apoyado con entusiasmo el plan de paz para Gaza auspiciado por el ególatra y autócrata Donald Trump, consistente en liberar a todos los rehenes en poder de Hamas, vivos o muertos, a cambio de 2.000 presos palestinos, que Israel repliegue sus topas a la línea acordada, que se reanude la ayuda humanitaria, se desarme Hamas y se garantice la paz por ambas partes. Pero no la habrá mientras Hamas siga alimentada por Irán y llamando a la “yihad global”. Para ello, como estamos viendo ya por desgracia, no basta el plan de paz de Estados Unidos apoyado por los países árabes que mantienen relaciones diplomáticas plenas con Israel: Marruecos, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Egipto y Jordania. Es necesario que Irán renuncie a destruir Israel, deje de financiar organizaciones terroristas pro chií y acepte, junto a Israel y otros países de Oriente próximo que se oponen, la creación de un Estado Palestino. Hasta que llegue, la fuerza de interposición internacional que propugna Trump para Gaza deberán integrarla esas naciones árabes que mantienen relaciones diplomáticas con Israel porque, señala Arístegui, “ofrecen legitimidad, afinidad cultural y solidez estratégica”.

Como ha escrito en una Tercera de ABC el presidente de las comunidades judías de España, David Obadia, “No queremos guerra. No queremos que sigan muriendo civiles inocentes, ni israelíes ni palestinos. Rechazamos la violencia que arrastra a pueblos enteros al sufrimiento y creemos, firmemente, que la paz, la convivencia y el respeto mutuo son el único camino posible”.

La izquierda más radical, la que gobierna con Sánchez y el propio Sánchez, se han quedado descompuestos y huérfanos de argumentos para su yihad particular: hay alto el fuego, aunque frágil, en Gaza y, para colmo, el Premio Nobel de la Paz ha sido para María Corina Miranda y no para el dictador y socio en los negocios, Nicolás Maduro Moros.

JORGE DEL CORRAL Y DIEZ DEL CORRAL

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