Fray Panceta, cocinero del convento de San Amaro, andaba paseando su voluminosa humanidad entre las ollas y sartenes propias de su oficio, cuando de pronto le viene el antojo de engullir un par de huevos fritos.
Estaba pues el orondo fraile ensalivando, cuando de repente se percata que no quedaba aceite en la despensa con el que perpetrar su pequeño festín.
Así pues, fray Panceta se dirige sigilosamente hasta la desierta capilla del claustro y una vez allí, tras unos segundos de lucha entre corazón y estómago, toma “prestado” aceite de la lámpara sacramental.
Ya de vuelta a la cocina procede a dar rienda suelta a su gula, friendo y devorando los huevos en un santiamén. Pero al cabo de media hora, bien por los remordimientos o bien por una justiciera pesadez dolorosa en la región hepatovesicular, el fraile se presenta ante su prior para confesarle el pecado cometido. Moqueando y con sus colorados mofletes bañados en lágrimas, hace único responsable de lo sucedido, al demonio que lo había tentado.
Estaba el prior asintiendo pacientemente con la cabeza, mientras escuchaba los romances bizantinos del fraile, cuando de repente hace acto de presencia el demonio, el cual, y ante el asombro de los dos aterrorizados clérigos, manifiesta que él es muy malo, malísimo, pero que tiene labores más importantes que dedicarse a tentar a un vulgar fraile glotón.
Y es que es siempre más fácil responsabilizar a los demás de nuestras propias culpas que tener la decencia y honestidad de reconocer nuestras faltas y acarrear con las consecuencias.
El fraile cargará sus culpas en la cuenta del demonio; el mal hijo responsabilizará de sus tropelías a sus padres, por haberlo traído al Mundo sin consultarle; y el político torpe con poder, justificará sus fracasos e inoperancia, escudándose en ´la triste herencia recibida´, aunque sea la de alguien que falleció hace 50 años… ¿Franco? ¡Un, dos, tres, responda otra vez!
Pero lo peor de todo es que estos tipejos irresponsables, al final se creen sus propias mentiras. Personajes cobardes, tibios y ramplones, henchidos de soberbia poco justificada, que pasan por este mundo ´sacando pechito´, sin teta ni gloria, salpicando de caspa y vulgaridad todo lo que rozan.
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