Nos lo han repetido hasta la saciedad: el feto no siente. Es como arrancarse una muela, o menos aún, como quitarse un lunar. Un “amasijo de células” sin conciencia, sin nervios, sin sufrimiento. Una operación rutinaria. Casi un trámite. ¡Qué conveniente, qué práctico, qué limpio!
El problema es que la ciencia (esa a la que tanto apelan los defensores del aborto cuando les interesa) dice lo contrario. Y lo dice con datos, con estudios, con imágenes, con respuestas fisiológicas medibles. Lo dice incluso desde tan pronto como las 7 u 8 semanas de gestación. Es decir: cuando muchos ni siquiera saben aún que van a ser padres, el supuesto “amasijo” ya reacciona con movimientos bruscos y vigorosos ante estímulos nocivos. Y no, no es un simple espasmo eléctrico: son respuestas organizadas, propias de un ser vivo que intenta defenderse.
Los cables ya están puestos. Entre las semanas 10 y 14 aparecen los nociceptores: receptores del dolor que transmiten información a la médula espinal. Entre las 16 y 20 semanas, esas conexiones maduran hasta el tálamo, la gran centralita de los estímulos sensoriales. ¿El resultado? Que, aunque el córtex aún esté en obras, el feto ya responde como un organismo que percibe, reacciona y, sí, sufre.
Los experimentos no dejan lugar a dudas: aumentos de cortisol y adrenalina (las hormonas del estrés y el dolor), gestos faciales, movimientos de rechazo. Exactamente lo mismo que un adulto sometido a una descarga o a una incisión. Y, por cierto, durante las cirugías fetales (esas operaciones en el útero para corregir malformaciones), los médicos administran analgesia al feto. ¿Por qué? Porque los movimientos son tan intensos que no basta la analgesia de la madre. ¿Alguien en su sano juicio cree que se anestesia un “coágulo de células”?
Y aquí viene la ironía sangrante: si el feto es paciente cuando se le opera, ¿por qué deja de serlo cuando se le aborta? Si durante una cirugía intrauterina hay que respetar su integridad y evitarle dolor, ¿por qué, al día siguiente, ese mismo feto puede ser literalmente desmembrado por tracción, como en el aborto por “Dilatación y Evacuación”, ¿sin que nadie pestañee?
El mismo bisturí, la misma anatomía, la misma criatura. Solo cambia la voluntad del adulto. No es ciencia, es ideología. No es medicina, es conveniencia.
Para salvar la narrativa, algunos inventaron la hipótesis de que el útero es un spa permanente, un líquido amniótico cargado de sedantes que mantienen al feto adormecido, ajeno a cualquier estímulo. Lástima que la realidad vuelva a llevar la contraria: los fetos se mueven con fuerza, patalean, reaccionan. Tanto, que en una intervención hay que paralizarlos farmacológicamente. Si estuvieran “sedados de fábrica”, ¿para qué tanto esfuerzo?
La evidencia más seria apunta a que desde las 12 semanas ya es muy probable que el feto sienta dolor de forma consciente. Y ese dolor, además, puede dejar huella: se ha observado que los estímulos dolorosos tempranos pueden generar hipersensibilidad al dolor en etapas posteriores. Es decir, que ni siquiera hablamos de un sufrimiento puntual, sino de una marca biológica que arrastra consecuencias.
Pero claro, reconocer esto sería dinamitar todo el discurso abortista. Porque aceptar que el aborto duele (y no poco) significaría admitir que no hablamos de “decisiones libres sobre el propio cuerpo”, sino de infligir un sufrimiento atroz a un ser humano en desarrollo.
La guía médica concluye lo obvio: lo más ético sería evitar procedimientos como el desmembramiento tras las 14 semanas. Sin embargo, no hay negocio más rentable que el que vende muerte disfrazada de progreso. ¿Cesárea o inducción con analgesia? Eso cuesta más dinero, más recursos y, sobre todo, más conciencia moral. Mejor seguir vendiendo la mentira: “no sienten, no sufren, no pasa nada”.
Pero sí pasa. Pasa que más de un 7% de los abortos en EE. UU. se realizan después de las 14 semanas. Pasa que aquí en España seguimos hablando de plazos como si fueran una fórmula mágica: 14, 22, 24 semanas… ¿Acaso el dolor aparece súbitamente al sonar una campana biológica?
Lo que está realmente sedado no es el feto: es la sociedad. Sedada por la propaganda, por la comodidad, por la falsa compasión. Nos han convencido de que eliminar una vida es un “derecho”, y de que el dolor del más débil es irrelevante si molesta al más fuerte.
El aborto duele. Y no me refiero al vacío psicológico que deja en muchas mujeres (ese tema merece capítulo aparte), sino al dolor literal, fisiológico, medible y real que sufre el feto. Un dolor que intentamos ocultar con eufemismos, leyes y silencios, pero que sigue estando ahí, gritando desde el útero.
El mito del feto indoloro es uno de los fraudes más crueles de nuestro tiempo. La ciencia lo ha desmontado, pero la ideología insiste en repetirlo para anestesiar nuestras conciencias. Si la humanidad quiere presumir de progreso, tal vez debería empezar por reconocer la verdad más elemental: cuando matamos a un feto, no solo acabamos con su vida, también lo hacemos sufrir.
Y ESE SUFRIMIENTO NOS CONDENA COMO SOCIEDAD
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