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La importancia de usar las palabras con honestidad: comunicar con decencia

Carolus Aurelius Cálidus Unionis 04 Dic 2025 - 21:29 CET
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En un mundo donde la comunicación es esencial para la convivencia y la organización social, la integridad lingüística ha pasado de ser una cuestión filológica a convertirse en un problema político de primer orden. La creciente tendencia a manipular el significado de las palabras a voluntad recuerda al universo de Lewis Carroll, donde Humpty Dumpty proclamaba que una palabra “significa exactamente lo que yo elijo que signifique, ni más ni menos”. Aquello era sátira literaria. Hoy, puede ser estrategia política.

La redefinición arbitraria de conceptos esenciales

Esta deriva se observa de forma especialmente nítida en debates actuales sobre las señas de identidad que caracterizan o definen a las comunidades políticas contemporáneas. Conceptos como “mujer”, “igualdad”, “discriminación”, “afirmación”, “odio”, “abolir”, “borrar”, “muerte civil”, recurrir a la damnatio memoriae, condena al olvido, ostracismo u otras tácticas para hacer desaparecer la disidencia, han sido sometidos a una manipulación semántica que no solo distorsiona la discusión pública, sino que sirve como arma para desactivar la disidencia. Dado que recurrir al piolet, como con Trotski, está hoy mal visto, proliferan las formas sofisticadas de acoso, hostigamiento y violencia simbólica o institucional para expulsar del espacio público a quienes no se ajustan a la ortodoxia del momento.

Incluso palabras cuya raíz debería ser neutra o descriptiva han sido cargadas de perversidad moral. La palabra “fobia”, que originalmente significa miedo, se ha transformado en sinónimo de odio; así se construye una falacia ad hominem que neutraliza al interlocutor y le impide ser escuchado. Este mecanismo, hábilmente empleado, convierte el debate en un ejercicio de etiquetado moral más que de argumentación racional. La intención es clara: crear un terreno donde la percepción moral pese más que la verdad.

La manipulación histórica y totalitaria del lenguaje

La manipulación del lenguaje como técnica de poder no es novedosa. Los regímenes totalitarios del siglo XX comprendieron perfectamente la potencia del lenguaje como instrumento de dominación. Stalin insistió en que el control del discurso era condición indispensable para controlar la sociedad. En la misma línea se expresaba Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler: la propaganda consistía en alterar el sentido común a través de fórmulas lingüísticas simplificadas, repetidas y emocionalmente cargadas, que reducían la capacidad crítica del ciudadano. El lenguaje era arma, arquitectura del pensamiento y mecanismo de obediencia.

Los medios modernos y los sistemas políticos no totalitarios, pero manipulativos, han heredado estas estrategias: ambigüedad calculada, redefinición de términos, eufemismos, palabras talismán y falacias sistemáticas que guían la percepción de la realidad, bloquean la cooperación social y fomentan confrontación y polarización.

Diccionarios, memoria colectiva y ética del lenguaje

En el ámbito lingüístico, los diccionarios deberían funcionar como atlas semánticos comunes, pero se ven tensionados por presiones ideológicas y activistas. Mientras el Cambridge English Dictionary incluye definiciones que intentan conciliar usos convencionales y activistas, la Real Academia Española mantiene una vocación normativa que protege el significado extendido. Y el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, injustamente olvidado, recuerda que el lenguaje vive en la realidad social y cultural, no en laboratorios ideológicos.

José Antonio Marina señala que el diccionario es también la historia sentimental de una nación, la memoria afectiva de sus valores, tensiones, heridas y consensos morales. Alterar esta memoria equivale a intervenir en la identidad profunda de la sociedad.

Ricardo García Damborenea y la perversión intencionada de la lengua

Ricardo García Damborenea ha mostrado cómo la manipulación semántica opera mediante:

El objetivo de estas estrategias no es aclarar, sino desarmar la capacidad de debate y manipular la percepción moral del interlocutor. La falacia ad hominem es solo la más evidente: se etiqueta al discrepante para impedir que sus argumentos sean escuchados. Incluso cuando no hay intención deliberada de engañar, la proliferación de significados divergentes crea un riesgo constante de malentendidos y errores de interpretación, que pueden ser instrumentalizados por quienes buscan el poder.

La democracia como religión laica

El riesgo central de la llamada democracia liberal-representativa no reside en la participación ciudadana per se, sino en que, en la práctica, se convierte en una religión laica: un ritual social que promete libertad, justicia y excelencia, pero que con demasiada frecuencia produce ignorancia, polarización, confrontación y odio. La democracia, tal como se nos presenta, legitima el espectáculo político y la oclocracia: la toma de decisiones por una mayoría ruidosa e ignorante, sin filtros para garantizar capacidad, decencia o preparación de quienes gobiernan.

En este escenario, la manipulación del lenguaje se convierte en instrumento central de control: redefinición arbitraria de palabras, eufemismos, ambigüedad calculada y palabras talismán son utilizados para guiar la percepción moral y emocional de las masas, favorecer a populistas y demagogos, y neutralizar cualquier razonamiento crítico. Los ciudadanos no debaten, reaccionan; no razonan, sienten; no cooperan, confrontan. Todo ello se amplifica mediante medios de comunicación, redes sociales y discursos públicos cuidadosamente diseñados para polarizar y bloquear la deliberación.

La incapacidad de discernir entre palabra y concepto, de distinguir entre mérito y privilegio identitario, de mantener claridad semántica frente a la ambigüedad calculada, genera un terreno donde los populistas prosperan y los discursos racionales son constantemente desarmados. La democracia, en este contexto, favorece a quienes manipulan el lenguaje y la opinión pública, reforzando la falacia ad hominem, la estigmatización moral y la construcción de enemigos imaginarios o exagerados. La crítica racional queda relegada al margen, y el debate público se transforma en un espectáculo donde la percepción pesa más que la verdad.

Honestidad lingüística, cooperación y debate social

La honestidad lingüística afecta directamente a las señas de identidad de una comunidad, a la cooperación social y a la capacidad de llegar a acuerdos. La ambigüedad calculada, las falacias lógicas, las palabras talismán, la vaguedad normativa y la apelación emocional forman un ecosistema retórico diseñado para dominar y bloquear la deliberación racional. Comunicar con decencia significa respetar al interlocutor y la memoria colectiva, desde la RAE hasta María Moliner. Defender la claridad semántica es un acto ético y político, una resistencia frente a la manipulación, la polarización y la oclocracia. Solo así se puede aspirar a un debate libre, que permita llegar a acuerdos, complementarnos y cooperar en beneficio colectivo, defendiendo la humanidad del lenguaje y la posibilidad de un orden político estable, razonable y justo.
Hacia una asignatura de “Educación para la decencia”

La solución no puede limitarse a la denuncia del lenguaje manipulado y de la oclocracia. Es necesario formar ciudadanos capaces de razonar, cooperar y comunicar con honestidad. Por ello, urge la creación de una asignatura “Educación para la decencia”, que reconcilie ética y política, enseñe a reconocer falacias, manipulación lingüística y ambigüedad calculada, y fomente la cultura de la cooperación, el acuerdo y el respeto a la verdad. Solo desde esta educación integral se puede aspirar a reconstruir la conversación pública, proteger la memoria colectiva y limitar el ascenso de populistas y demagogos que prosperan en la confusión y la confrontación.

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