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En Extremadura éramos pocos y parió la abuela: la UEx inventa la censura automática y El Periódico-Extremadura lo celebra como síntoma de progreso

Cuando la Universidad pública de Extremadura presume de haber creado un algoritmo para detectar “odio”, pero lo que realmente perfecciona es un sistema para vigilar, clasificar y sancionar la discrepancia pagada con dinero del contribuyente.

Carolus Aurelius Cálidus Unionis 12 Dic 2025 - 17:52 CET
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La Universidad de Extremadura vuelve a sorprender al mundo con una proeza científica digna de estudio: por fin ha logrado poner la Inteligencia Artificial al servicio de aquello que hoy parece inspirar a una parte sustancial del funcionariado universitario y del periodismo domesticado. No hablamos de investigación sobre despoblación, productividad, innovación industrial, gestión hídrica o energía nuclear, no. El gran salto tecnológico de la región consiste en fabricarse un algoritmo que detecta “discursos de odio”, esa categoría mágica que sirve para convertir casi cualquier frase molesta en delito de opinión.

El Periódico Extremadura, siempre presto a aplaudir todo lo que huela a ingeniería social, narra el hallazgo con entusiasmo de coro juvenil: la expansión de “mensajes ofensivos” es un problema “urgente”, nos dicen. Urgente, sí: no el envejecimiento demográfico que Xavier Barraycoa documenta como suicidio colectivo; no la hemorragia de talento; no la precariedad de las infraestructuras; no la desindustrialización que amenaza la perdurabilidad de la región. Lo urgente es detectar ironías peligrosas en X.

Y para eso llega SHS-ALBETO, un nombre que suena a androide de serie B pero que, según la UEx, constituye la cúspide del procesamiento del lenguaje en español. Es un modelo basado en BERT, mejorado, ligero, veloz y, según ellos, especialmente dotado para distinguir “odio”, “sarcasmo”, “ironía” o “ambigüedad”. Asombroso: la universidad extremeña ha decidido entrenar máquinas en aquello que la política contemporánea quiere extirpar del espacio público. Porque todos sabemos que lo más peligroso de un ciudadano no es su violencia real, sino su ironía mal colocada.

Es difícil leer la nota sin advertir el subtexto político: bajo la apariencia de sofisticación técnica, la universidad pública crea herramientas que las plataformas podrán usar para vigilar más estrechamente al usuario en español, ese territorio siempre problemático donde la discrepancia política abunda. Y el periódico lo celebra, como si la censura automatizada fuera un logro democrático.

La noticia se recrea en tecnicismos: que si “auto-atención”, que si “aprendizaje profundo”, que si una puntuación F1 de 0,78. Qué maravilla. Lo importante, claro, es que cuanto mayor sea la precisión del algoritmo, menor será el margen del ciudadano para escapar al santo oficio digital. Una mordaza matemáticamente optimizada es, al fin y al cabo, una mordaza más eficaz.

El equipo reconoce haber entrenado el modelo con HatEval, un corpus de tuits clasificados según contengan discurso de odio contra “mujeres e inmigrantes”. Es decir, un dataset que ya viene predigerido ideológicamente, como casi todo lo que sale del activismo académico anglosajón. Es tranquilizador comprobar que los mismos que deciden lo que es odio también preparan el material para entrenar a la máquina que determinará qué podemos decir. Cero conflicto de interés.

El colmo, claro está, es que todo este prodigio tecnológico se financia con dinero público. Es decir: los contribuyentes extremeños pagan para que la universidad que ellos sostienen genere herramientas que podrán usarse para vigilar lo que ellos mismos escriben. Una inversión con retorno garantizado: menos libertad, más control y mayor capacidad sancionadora para las plataformas y, llegado el caso, para el Estado. La cuadratura del círculo.

La nota concluye asegurando que el sistema podrá “reforzar la moderación automatizada” en redes sociales. Traducido al idioma del ciudadano: permitirá censurar más rápido, más barato y con menos responsabilidad humana. No hará falta un censor dedicado; bastará con un modelo entrenado, un servidor y un departamento universitario satisfecho con su contribución al orden moral del momento.

Extremadura merece otra cosa. La Universidad de Extremadura, también. El periodismo regional, ni digamos. Pero ahí seguimos: mientras la región pierde población, industria y horizonte, la innovación institucional se limita a construir panópticos. Y celebrarlo en portada. Porque, al parecer, el progreso consiste en enseñar a las máquinas a escandalizarse. Y, de paso, a mantener al ciudadano domesticado.

En Extremadura éramos pocos, sí. Y parió la abuela digital.

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