Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

La soledad del corredor de fondo

Insolventes mentales

El subproducto cultural de la socialdemocracia

Pedro Gallego 15 Dic 2025 - 05:58 CET
Archivado en:

Más información

El triángulo de Correos, Sepi y Ferraz: así operaba el ‘grupo Hirurok’ con edificios históricos y dinero público

En la sociedad actual, de manera inédita en la historia, los mores maiorum han perdido cualquier tipo de legitimidad, y la traditio, es decir, su entrega a las nuevas generaciones, ha sido preterida y denostada hasta quedar totalmente difuminada. Era tradición maldecir los apetitos, gustos y voluntades de las nuevas generaciones, pues, por lo general, las sociedades siempre han mirado con recelo y desconfianza las actitudes y pretensiones de quienes nos suceden. Desde Grecia hasta hoy, todo ello tiene —o tenía— su origen en la percepción de una pérdida de valores morales, es decir, en el modo de comportarse de nuestros descendientes.

Esta percepción es antiquísima: aparece ya en el siglo VII a. C. en la celebérrima queja contra los jóvenes de los Trabajos y días de Hesíodo, así como, por ejemplo, tres siglos más tarde en el pasaje Libro VIII de La República de Platón, en el que Sócrates, en diálogo con Adimanto, se pronuncia sobre los efectos de la democracia degenerada como consecuencia de un exceso de libertad:

«¿No penetrará en el interior de las familias, y al fin, el espíritu de independencia y anarquía no se comunicará hasta los animales?

—¿Qué quieres decir?

—Que los padres se acostumbran a tratar a sus hijos como a sus iguales y si cabe a temerles; éstos a igualarse con sus padres, a no tenerles ni temor ni respeto, porque en otro caso padecería su libertad; y que los ciudadanos y los simples habitantes y hasta los extranjeros aspiran a los mismos derechos.

—Así sucede.

—Y si bajamos más la mano, encontraremos que los maestros, en semejante Estado, temen y contemplan a sus discípulos; éstos se burlan de sus maestros y de sus ayos.

En general los jóvenes quieren igualarse con los viejos, y pelearse con ellos ya de palabras ya de hecho. Los viejos a su vez quieren remedar a los jóvenes, y hacen estudio en imitar sus maneras, temiendo pasar por personas de carácter altanero y despótico».

Todo lo anterior cobra hoy un sentido que sobrepasa la sempiterna queja entre las generaciones que se apagan y las que aparecen. Los disvalores de la socialdemocracia lo han anegado todo, infiltrándose desde la escuela hasta la universidad, financiados e inoculados por el Estado. El ecologismo, el feminismo, el pacifismo, la lucha contra el cambio climático, el bienestar y la integración de los ´migrantes´, el fomento de la diversidad y la inclusión, la identidad de género, el wokismo, las reivindicaciones LGTBIQ+ y la lucha contra la denominada extrema derecha, han desplazado y sustituido los valores de la cultura cristiana, configurando una nueva religión estatal.

Toda esta miscelánea tiene su germen en la socialdemocracia financiada y promovida por EE. UU. después de la Segunda Guerra Mundial como coartada cultural para combatir y neutralizar el comunismo en la Guerra Fría. Con el tiempo, aquello ha degenerado en una zarzuela de ideologías que le ha servido para disimular dos cosas y sustituir una: que, en lo económico y en lo vital, la socialdemocracia es tan capitalista y tan amiga del lujo y del vivir bien como la derecha conservadora; para vestir de virtud su pulsión recaudatoria, un afán leonino por cobrar impuestos y financiar su propio ecosistema ideológico, cuyo objetivo real no es otro que permanecer sine die en el poder; y, repetimos de nuevo, para reemplazar los valores de la cultura cristiana.

Tal como advierte Gustavo Bueno, la Cultura como sucedáneo laico de la Gracia, ha sustituido al Reino de la Gracia del antiguo mundo cristiano, por el Reino de la Cultura. Esta sustitución la denomina «teología vergonzante» porque, según el filósofo riojano, la Cultura moderna ocupa el lugar de la antigua Gracia cristiana, pero que disfrazada de un laicismo aparentemente neutral, le otorga al Estado la capacidad de prometer una especie de salvación laica: ser «mejor persona», «más libre», «más plena», «más solidaria» gracias a la Cultura, la cultura de la socialdemocracia, claro. Y todo ello, evidentemente, sin renunciar al control espiritual y legal de las conciencias.

Esta religión, que promete una arcadia feliz y solidaria, ha producido sociedad de arrogantes e insolventes mentales, sin una sola certeza, pero con multitud de pretensiones imprudentes. Los más jóvenes son, en realidad, los grandes estafados, a quienes han convencido de que forman la generación más preparada y solidaria que ha existido (gracias a la basura ideológica que les ha triturado el cerebro) por el mero hecho de acumular títulos universitarios que no valen nada.

Durante el último curso del grado en Derecho en una Universidad española, al tratar el derecho de sucesiones, el profesor puso como ejemplo el caso de la impugnación de la herencia de Camilo José Cela por su hijo. En una clase de más de sesenta alumnos, ni uno solo supo identificar al personaje. No se trata de que no hubieran leído La familia de Pascual Duarte o de que no supieran qué es el tremendismo; es que no tenían ni idea de quién fue el último español galardonado con el Nobel de Literatura, que, por otra parte, era una figura extremadamente mediática.

En octavo de la antigua EGB, en el examen de Lengua y Literatura, a quien suscribe este artículo le preguntaron sobre la vida y la obra del citado autor y del Arcipreste de Hita. La enorme cantidad de fallos y errores, así como la desaparición de las barreras y filtros que antes existían para evitar la atrocidad antes descrita, resultan inconmensurables y tienen como consecuencia precisamente lo que acabamos de señalar: la producción de analfabetos provistos de título universitario. Siempre ha habido analfabetos, pero nunca en la historia habían sido producidos en la universidad.

Y si a esos analfabetos se les inocula, encima, una buena dosis de ideología, que les hace creerse mucho mejores que los demás y que las generaciones precedentes, el resultado no puede ser otro que un insolvente mental. Rafael Sánchez Ferlosio, publicó en 1984 en El País, su genial artículo «La cultura, ese invento del Gobierno» donde decía esto:

«El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de «Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola», los socialistas actúan como si dijeran: «En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador». Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor. Aún agrava las cosas el hecho de que tales criterios se los imiten todos: la oposición, los Gobiernos autonómicos, las cajas de ahorro, los organismos paraestatales, etcétera».

Al desembarcar en el poder a comienzos de los años ochenta, los socialistas comprendieron pronto que capitalizar la Movida como escaparate cultural les resultaba extremadamente útil. A la socialdemocracia española siempre le han venido bien estos perfiles: servían para proyectar una imagen de “homologación europea”, como si con ello nos desprendiéramos, por fin, del “pelo de la dehesa” del régimen franquista. Víctor Lenore lo describe muy bien en Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80: esa constelación de mediocres útiles, mimados por el poder cultural del momento, con mucha transgresión estética y muy poca (o ninguna) transgresión política.

En este contexto de artistas gubernamentales y de cultura estatal, es impagable la anécdota del cantautor Luis Pastor que recoge Lenore en su libro: cuando se niega a firmar una cláusula de exclusividad para actuar solo en actos vinculados al PSOE, lo laminan, cancelándole ipso facto los conciertos ya pactados. Y tan revelador como eso es comprobar cómo lo dejaron solo todos sus compañeros de profesión: esos “tan de izquierdas” y “tan solidarios” que solo se movilizan cuando toca hacer campaña, atenazados por el pánico a perder las subvenciones.

Hace unos días, en la gala de la 40.ª edición del Premio BMW de Pintura, en el Teatro Real, Alaska dedicó a doña Sofía las siguientes palabras: «Su compromiso con la cultura, con el arte, con el desarrollo del talento y con los más desfavorecidos es extraordinario. Cuando un país cuida sus artes, está cuidando su alma». También dijo: «La adoramos».  Alaska encarna, en estado puro, el oportunismo y la ambición del otrora intelectual orgánico, una niña bien que ha explotado durante décadas su imagen de “chica moderna” cuando, en el fondo, es pretendidamente lo contrario: una señora conservadora. Ha cubierto todo el espectro para construir ese personaje: desde la famosa escena de la “lluvia dorada” en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, hasta el salto a la respetabilidad institucional, dedicándole elogios a la reina y sumándose al relato complaciente de la Transición.

En la extraordinaria película argentina El ciudadano ilustre (2016), Óscar Martínez interpreta magistralmente a Daniel Mantovani, un escritor argentino galardonado con el Premio Nobel de Literatura que regresa por primera vez al pueblo que abandonó décadas atrás para recibir un homenaje. Allí comprueba que las miserias y pequeñas corrupciones de esa comunidad —acaso una muestra del conjunto— siguen intactas. En ella realiza el siguiente discurso memorable, que viene al pelo para contestar a un personaje tan pelota y amigo del sistema como Alaska:

«La mejor política cultural es no tener ninguna. Defender a nuestra cultura. Siempre se considera a la cultura como algo débil, como algo frágil, como algo raquítico, que necesita ser custodiado, protegido, promovido y subvencionado. La cultura es indestructible, es capaz de sobrevivir a las peores hecatombes. Hubo una tribu salvaje en África en cuyo lenguaje no existía la palabra libertad. ¿Saben por qué? Porque eran libres. Creo que la palabra cultura sale siempre de la boca de la gente más ignorante, más estúpida y peligrosa. Yo personalmente no la uso nunca».

PEDRO GALLEGO

Más en Columnistas

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

CONTRIBUYE

Mobile Version Powered by