Si puedes permanecer cuando el ruido crece,
ruido, ruido, mucho ruido, demasiado ruido…
y lo digo yo que soy profundamente sordo;
si puedes sostener la mirada cuando todos dudan
y aceptar la duda sin traicionarte;
si sabes esperar sin convertir la espera en rencor,
si no respondes al engaño con engaño
ni al odio con su reflejo más burdo,
si no te proclamas bueno
ni te exhibes sabio
porque sabes —en silencio—
todo lo que aún ignoras,
entonces ya has comenzado.
Porque comenzar no es avanzar deprisa,
sino no desviarse.
Si puedes soñar
sin someterte a tus propios sueños;
pensar
sin hacer del pensamiento una trinchera;
si puedes encontrarte con el triunfo
y con el desastre
y reconocer en ambos
a dos impostores bien disfrazados,
tratándolos con la misma distancia
del que no se confunde
con lo que le sucede,
entonces resistes.
Resistir no es endurecerse.
Es no deformarse.
Si puedes escuchar tu verdad
retorcida por bocas torpes,
convertida en carnaza para necios,
y no gritar;
si puedes ver destruido aquello
en lo que pusiste la vida
y, sin épica ni aplauso,
remangarte
y volver a levantarlo
con herramientas gastadas
y manos cansadas,
entonces existes.
Existir no es imponerse.
Es no borrarse.
Si alguna vez lo apostaste todo
a una sola jugada —
la dignidad, el nombre, la coherencia—
y lo perdiste;
si comenzaste de nuevo
sin hacer inventario del daño,
sin convertir la pérdida en coartada
ni en bandera,
sin pronunciar una sola palabra
para reclamar compasión,
entonces sabes.
Y saber no consiste en acumular certezas,
sino en convivir con los límites.
Y si llega el día
—porque siempre llega—
en que el cuerpo ya no acompaña,
en que el corazón, los nervios, los tendones
declaran su cansancio,
pero algo —solo algo—
permanece en pie,
una voluntad desnuda
que ordena sin alzar la voz:
“resistid”,
entonces permaneces.
A ti, fiel camarada,
que padeces el cerco del olvido,
a ti, expulsado de tu propia casa,
a ti, para quien el mundo hizo criba
y dejó fuera lo mejor,
a ti que caminas cansado
como un verso malogrado,
te hablo sin superioridad
y sin consuelo barato.
Bebamos juntos, si hace falta,
en las mismas heces —inmundicia, degradación, corrupción—.
No para celebrarlas,
sino para no negarlas.
Porque negarse a mirar es el primer modo de borrarse.
Y borrarse es morir.
No te pavonees.
La arrogancia es la máscara de la ignorancia.
Quien grita no sabe.
Quien desprecia no comprende.
Quien se exhibe se protege.
El sabio duda.
El sabio escucha.
El sabio está dispuesto a cambiar
cuando la verdad lo exige.
La soberbia hace ruido.
La inteligencia guarda silencio.
La bondad no presume,
pero ve más lejos
y llega más hondo.
Habla a las masas, si es preciso,
sin perder tu virtud.
Camina junto a reyes, si ocurre,
sin despreciar al hombre común.
No permitas que amigos ni enemigos
te hieran en el fondo,
pero no te cierres:
que todos puedan contar contigo,
aunque ninguno te posea.
Llena cada minuto implacable
con trabajo honesto,
con atención,
con fidelidad a lo que eres
cuando nadie mira.
Y entonces, un día cualquiera —
una mañana sencilla,
con el café humeando—
comprendes algo decisivo:
que los años que dices tener
ya no los tienes.
Se quedaron atrás,
en fotografías amarillentas,
en carcajadas viejas,
en amores que ya no duelen,
en ropa que no te queda
y en sueños que mudaron de forma
sin pedir permiso.
Los verdaderos años son otros:
los que te faltan.
Los que aún no te han visto reír
sin motivo,
los que guardan un abrazo pendiente,
una conversación lenta,
un brindis inesperado
o un silencio que no pesa.
A esta altura, aspiras a una vida tranquila,
sosegada,
a caminar despacio junto a la mujer
a quien le prometiste
que envejeceréis juntos,
compartiendo silencios que no pesan,
y risas que se instalan en el alma
como un hogar seguro.
A esta altura entiendes
que el tiempo ya no se mide
en velas ni en arrugas nuevas,
sino en momentos que merecen quedarse,
en risas que no se explican
y en silencios habitables.
Los años que te faltan
quieres gastarlos despacio,
sin prisa,
con la calma de quien ya no necesita
demostrar nada.
Que el reloj corra.
Que la vida cambie de planes.
Que sorprenda.
Tú ya sabes resistir.
Solo pides una cosa:
que los años que te quedan
sean tuyos,
realmente tuyos,
vividos con el alma abierta,
el corazón en paz
y la certeza serena
de que todo lo que fuiste —
errores y aciertos,
caídas y lealtades—
te trajo hasta aquí.
Levanta los ojos.
El cielo es limpio.
En sus bordes liba
el vino claro de la aurora.
No por soberbia,
sino para orientarte.
Siempre arriba,
para no quedarte en el fango.
Y entonces —sin proclamarlo,
sin ruido,
sin aplausos—
la tierra será tuya,
no como dominio,
sino como lugar habitable.
Y algo más,
calladamente,
como quien no necesita certificarlo:
serás persona
y vivirás tu vida
con calma, compañía y plenitud.
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