La obra de Francisco de Vitoria, jurista y teólogo del siglo XVI, demuestra hoy una vigencia extraordinaria para analizar conflictos internacionales, la defensa de los pueblos frente a la tiranía y el uso legítimo de la fuerza. Sus reflexiones sobre tiranicidio, guerra justa y legítima defensa ofrecen un marco conceptual que permite comprender la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la detención del dictador Nicolás Maduro.
Para Vitoria, un gobernante que somete a su pueblo a la opresión, la violencia sistemática y la injusticia masiva pierde toda autoridad legítima. La tiranía extrema convierte al Estado en enemigo del bien común y en amenaza directa contra la vida, la libertad y la integridad de sus ciudadanos. Desde este punto de vista, la acción directa de terceros contra un tirano, incluso sin mandato internacional formal, puede ser moral y jurídicamente justificada, siempre que se respete el principio de proporcionalidad y se busque la restauración del orden y de la justicia.
La tiranía de Nicolás Maduro: un caso paradigmático
Venezuela bajo Maduro se ha transformado en un Estado despótico y criminal. La corrupción generalizada, la persecución política sistemática, el control de las instituciones, el narcoterrorismo y la destrucción económica y social son hechos documentados ampliamente por organizaciones internacionales, medios independientes y análisis técnicos. La acción del régimen no solo oprime a sus propios ciudadanos, sino que amenaza la estabilidad regional y constituye un riesgo concreto para la seguridad de otros pueblos.
En estas condiciones, la doctrina de legítima defensa de Vitoria adquiere plena vigencia. Un Estado o actor externo puede legítimamente intervenir cuando la tiranía extrema representa un peligro real, masivo e inminente, y cuando los métodos internos de corrección han sido sistemáticamente neutralizados por la represión, el colapso institucional o la complicidad interna.
La guerra justa y la defensa preventiva
Vitoria distingue entre la guerra defensiva y la ofensiva, pero reconoce la posibilidad de acción preventiva si se demuestra que la tiranía constituye un peligro cierto y continuado. La defensa no se limita a esperar pasivamente a que la opresión alcance un grado irreversible; al contrario, la intervención preventiva se justifica cuando la inacción equivaldría a un consentimiento moral ante el mal.
En este marco, la actuación de Donald Trump contra Maduro puede entenderse como legítima defensa preventiva: no se trata de una agresión arbitraria, sino de neutralizar un régimen que ha convertido a Venezuela en un centro de narcoterrorismo, represión y corrupción masiva, y que amenaza la paz y la seguridad de sus propios ciudadanos y de la región.
La legítima defensa frente a la tiranía
La doctrina de legítima defensa, combinada con el análisis de tiranicidio, plantea criterios claros:
- Existencia de un daño grave y continuo: Maduro somete a su pueblo a hambre, persecución política y represión sistemática.
- Ineficacia de los mecanismos internos: la justicia, la oposición y las instituciones están neutralizadas o cooptadas.
- Necesidad de acción proporcional: la intervención debe apuntar a desmantelar la estructura tiránica, no a la destrucción indiscriminada.
- Orientación al bien común: la acción busca restablecer derechos fundamentales, libertad y seguridad para los ciudadanos oprimidos.
Bajo estos criterios, la intervención externa dirigida a detener a Maduro no solo es jurídicamente defendible, sino moralmente imperativa.
Conclusión
Francisco de Vitoria permanece plenamente vigente. Su reflexión sobre tiranicidio, guerra justa y legítima defensa proporciona un marco sólido para justificar acciones contra regímenes opresivos que han destruido el orden institucional y los derechos fundamentales. La intervención de Estados Unidos frente a Nicolás Maduro es, en este sentido, un ejemplo contemporáneo de cómo la teoría clásica del derecho y la moral pueden orientar decisiones políticas y estratégicas.
No se trata de cuestionar la soberanía de un Estado en abstracto, sino de reconocer que la tiranía extrema rompe los lazos de legitimidad y coloca a quienes la ejercen fuera del derecho moral y político. Defender a los pueblos oprimidos no es opcional: es un deber de justicia, de razón y de prudencia, como ya enseñó Vitoria hace más de cinco siglos.
Más en Columnistas
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home