La legitimidad que podría obtener EE.UU al detener a quien considera un líder del narcotráfico no podría cuestionarse si se aplicara el principio de persecución universal del delito, España renunció a aplicar ante la imposibilidad de encausar a líderes poderosos Deponer a un jefe de Estado carente de legitimidad —que solo se deriva de un voto democrático en una sociedad libre— es una cuestión distinta. En la causa penal contra Maduro, se observa que los cargos son falsos: no se le acusa de liderar organizaciones criminales del narcotráfico, a pesar de las afirmaciones iniciales. Barry Pollack, su abogado, representa una amenaza para la justicia estadounidense al basar EEUU el encausamiento del dictador en cargos ficticios. El caso evoca fraudes históricos como el hundimiento del acorazado Maine (1898), que precipitó la pérdida de Cuba, o las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein (2003). No importa que Maduro sea un dictador comunista criminal o un payaso ridículo, dispuesto al asesinato para retener un poder ilegítimo.
Es absurdo creer que encausar a Maduro detendrá el tráfico de estupefacientes mejor que si se detuviera a otros actores, como Gustavo Petro o Claudia Sheinbaum, sin contar la habilidad del toxicómano para servirse de drogas sintéticas. Una política paternalista contra la drogadicción no protege al ciudadano del consumo de drogas sintéticas, mientras el estadounidense común viva en la miseria, incluso, con múltiples empleos, dependiendo de la caridad. En EE.UU la libertad se defiende abandonando a cada uno a su suerte. Apresar a Maduro por criminal, es encomiable; apelar a una ficción, una estafa.
Venezuela es una nación secuestrada por una mafia comunista, tanto para quienes no pueden emigrar como a los exiliados (el 25% de la población original ha desertado), que pierden familia, pensiones y propiedades. La tortura y la desaparición forzosa es el instrumento para someter a sus ciudadanos e imponer una dictadura comunista. EE.UU ganaría credibilidad al oponerse a un poder ilegítimo basado en el uso de la fuerza y las amenazas, pero la pierde al dar continuidad a un régimen que se mantiene a través del crimen, en contra de los intereses del pueblo venezolano. Entretanto EEUU quiere aprovecharse de la confiscación y expropiación de los bienes de Venezuela, el régimen chavista sigue persiguiendo a sus nacionales, depurando a «traidores» y purgando a cualquiera que no sea un correlegionario. EEUU prolonga la agonía criminal de un país.
Nadie aceptaría que la policía expulsara a un ocupa de una vivienda para reinstalarlo en lugar de su propietario legítimo. Este dilema sume en la perplejidad a la opinión pública. EE.UU. podría legitimar la detención de Maduro de consuno reconociendo a Edmundo González y María Corina Machado como herederos de la democracia violada, liberando presos políticos, eliminando persecuciones y depuraciones. Delcy Rodríguez, cómplice de la corrupción socialista de Sánchez y Zapatero, representa lo mismo. Una comunista que se sirve de una aparente pleitesía para asegurarse su beneficio. EE.UU es culpable por omisión y complicidad. Trump actúa con la misma impudicia que Putin cuando vulnera la democracia ucraniana. Se entiende mal que Trump decida el futuro de Venezuela sin respetar la constitución venezolana, si se trataba de imponer orden y asegurar lealtad a futuro. Podría además tener que arrepentirse al ofrecer legitimidad colateral a China cuando someta a Taiwán, habitada por la misma etnia que la China continental.
El pasado no cambia; la formación de EE.UU se basa en el mismo tipo de racismo que vió alumbrar el Estado, ignorando, reprimiendo y marginando indígenas, sometiendo a la esclavitud a inmensos grupos humanos, mientras España en Hispanoamérica integró a pueblos diversos. Thomas Jefferson, el gran constitucionalista, tuvo 600 esclavos a su servicio. El racismo apenas superado en EE.UU, bajo el supuesto de ser una cultura superior, se impone con la fuerza. EEUU la dirige un empresario indigno con una ambición ilimitada. Contra ese modelo que practicó España cuando rescató a indígenas de la prehistoria, cuando apostó por su integración y enseñó a leer y escribir en sus lenguas. Los indígenas sobrevivientes en EE.UU viven en áreas de dominio español, como muestra que una buena parte adoptaran nombres españoles, como Gerónimo. El «destino manifiesto» en el dólar refleja esa credulidad deísta de ser la nación elegida por Dios, privilegiada. Los pueblos Cherokee, Navajo y Apache escribieron su historia gracias al imperio español, mientras EE.UU optaba por su exterminio si no por su marginación. Desde el punto de vista del desarrollo humano, una cultura científica superior progresa más sin integración plena de cuantos habitan una nación. Es el tipo de darwinismo social que legitima el mantenimiento de una cultura perversa. La cultura estadounidense es una ensalada de pueblos separados, opuesta a la promoción de la fusión que practicó España eliminando el esclavismo en Luisiana o en Florida, donde el capitán de color Menéndez defendió su libertad y la cultura de España, o en los territorios de la Nueva España.
La única razón para postergar la entrega a un poder democrático electo en Venezuela es controlar el ejército. Pero esta razón decae ante la evidencia: el ejército de Maduro no impidió su detención y se puso de lado, o incluso colaboró con la Fuerza Delta. EE.UU consiente que herederos criminales de Maduro repitan fechorías, y cometan crímenes contra su pueblo. Usa la fuerza para apropiarse de todo, arriesgando la sublevación, en vez de acuerdos cooperativos, del mismo modo en que amenaza a Panamá o Groenlandia, haciendo peligrar la paz mundial y el mantenimiento de la OTAN que ha asegurado la paz en Europa.
Desde 1945, las intervenciones estadounidenses se caracterizan por métodos ilegales, operaciones de la CIA –golpes de Estado, financiación de opositores, sabotajes económicos, invasiones directas, apoyo de agentes comprados, sanciones y guerras cruentas y no cruentas. En la Guerra Fría, el pretexto era el anticomunismo; desde 1991, el antiterrorismo, el narcotráfico y la supuesta promoción de la democracia. Sus resultados están a la vista: los éxitos tácticos iniciales ceden el paso a fracasos estratégicos, la inestabilidad, las guerras civiles, los extremismos y las críticas por violar la soberanía (p. ej., CIJ en Nicaragua vs. EE.UU., 1986). Se revela como una cultura hipócrita, el apoyo a dictadores «amigos» como Batista/Trujillo, la explotación económica neocolonial, –petróleo, frutas, minerales– con graves consecuencias humanitarias, muertes, y éxodos. El Congressional Research Service y la universidad de Tufts estiman en 393 intervenciones desde 1776, aumentando desde 1991.
EE.UU. no ha ganado ninguna guerra desde la II Guerra Mundial, por ignorar los efectos perversos de su intervención: Vietnam (1955-1975): 58.000 muertos estadounidenses, resuelto con la victoria norvietnamita; Afganistán (2001-2021): una retirada caótica, la aparición de la barbarie talibán, y la muerte de Ahmad Shah Masud; Irak (2003-2011) sin armas de destrucción masiva, con el auge del ISIS y su extensión planetaria, y el atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. EEUU siempre ha armado a sus enemigos: Noriega, Bin Laden, Hussein, Batista, Trujillo, Castro. Hoy Delcy Rodriguez. Sus iniciales éxitos tácticos son fracasos estratégicos. En Venezuela, se incrementan los riesgos: la división del ejército, la expansión criminal, la guerra civil, o la emergencia de un autócrata peor —en ningún caso, beneficiosos para la estabilidad regional y los intereses estadounidenses. EE.UU se organiza como un negocio por y para élites, no emerge de la voluntad popular. Si Japón (1945) y Corea del Sur (1950-1953) fueron éxitos fue por renunciar a imposiciones culturales ajenas, facilitando su desarrollo.
La arquitectura de EEUU se obtuvo comprando territorios (Luisiana en 1803, de Francia, Florida en 1819 de España, Alaska em 1867 de Rusia); imponiendo la guerra (México 1848: Tratado Guadalupe-Hidalgo, cediendo California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas, Oklahoma); o sublevaciones como Texas (1836), que se separó de México apelando al supuesto despotismo de Santa Anna, una anexión ilegal. Esta «pax americana» pacta con criminales en su propio beneficio, aparentando una actuación ética. Por no recordar casos ignominiosos como con la fundación en 1924 de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) se aseguró EEUU que quedara sujeta a un monopolio despiadado. La compañía Standard Eléctrica S.A. (SESA) filial de International Telephone and Telegraph (ITT), fue fundada en 1926, para vender a Telefónica cualquiera fuera lo que necesitaba a precios exorbitantes. La historia se repite: EE.UU busca control, no la democracia. Este aventurerismo ignora la efímera naturaleza humana, arriesga la guerra, la desolación y la muerte dando cuerpo a aquellos que amenazan sus intereses.
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