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Victor Entrialgo: «Los daneses no tienen quien les escriba»

Victor Entrialgo 09 Ene 2026 - 08:28 CET
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Algo huele a podrido en Dinamarca. Y ese olor se acabará extendiendo por toda Europa. El gobierno danés ha decidido eliminar el correo postal. Pero en las cartas, decía Machado, se dice lo que se siente, fuera del mundo donde ni el hombre se oye a sí mismo, ni oye a los otros.

El correo electrónico no es lo mismo. ¿Cómo va a ser lo mismo si es electrónico? La conexión entre el papel y el bolígrafo, entre el corazón y el cerebro a través de la sangre es diferente del frío digital en manos de servidores y algoritmos que no invitan a decir cosas o apelativos cariñosos, ni siquiera el guasap donde los emoticonos rápidos contribuyen a la eliminación de la expresividad, el tono, el contexto y los matices.

Dicen los que saben que escribir a mano activa más el cerebro, mejora la memoria y la comprensión, y desarrolla habilidades motoras, siendo ideal para el aprendizaje profundo y la creatividad, aunque sea más lento. Escribir en ordenador es más rápido, eficiente para producción masiva,  pero más automático y «menos estimulante cognitivamente para la retención», aunque sea clave para la comunicación digital y la velocidad.

Si los daneses hubieran tenido correo ordinario estos días habrían leído a los venezolanos, como a la mujer del coronel de Márquez, que la dignidad no se come. Y al general contestar: No se come, pero alimenta.

Esta gran pérdida para la humanidad de la escritura y las cartas a mano empezó con la digitalización y se llevó por delante el envío de aquellas fotos de papel que con anotaciones en el reverso introducían en los sobres los enamorados después de haber terminado la carta con un tuyo para siempre, te espero en la estación, te quiere tu amorín.

Por eso ahora en la civilización frívola de la inmediatez y el exhibicionismo los amores ni son para siempre, ni esperan en la estación, ni se quiere como antes. Porque en lugar de escribir cartas donde los enamorados escribían lo que sentían y lo guardaban en la intimidad de un sobre cerrado, en las comunicaciones electrónicas se trata de descifrar malentendidos de guasap como si fueran jeroglíficos egipcios o incluso bisontes de Atapuerca.

Por eso el destino les ha castigado ahora a los daneses con las amenazas de Trump sobre Groenlandia. Se comunicarán por email pero no podrán expresar los sentimientos e intimidad con la redacción o la recepción de una carta supuesto, que es ya suponer, que las danesas vinieran haciéndolo, ni expresar al menos la conmoción que les está provocando siquiera la eventualidad de una intervención extranjera, con la misma emoción de antes.

Mientras el mundo se concentra en las noticias de Groenlandia los daneses, que no tienen ahora quien les escriba, caminan como el coronel de Márquez, «como hombres que desandan el camino andado para buscar un objeto abandonado o una moneda perdida».

Los daneses tienen calculado, como el coronel con el gallo, cuantos años puede darles de comer el petróleo, las tierras raras y su situación estratégica para el comercio cuando el hielo se deshaga. Pero ahora se encuentran con este equilibrio que Trump pretende frente a rusos y chinos, hurtándole a Groenlandia sus recursos y a Dinamarca la soberanía, una amenaza que desconocían por no haber recibido una carta emocionada que hubiera removido, si no incendiado, sus congeladas determinaciones.

Si la dignidad no se come, al menos, como decía el coronel, alimenta. Y esas cosas no se dicen en un correo electrónico. Eso sólo se puede expresar bien en una carta escrita a mano. La que el coronel de Márquez no recibió y la que hubiera ayudado a los groenlandeses a manejar su situación. Bien un carta o bien veinte poemas de amor y una canción desesperada.

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