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A nivel personal confieso que, en alguna rara ocasión, (rara, rara), he puesto la otra mejilla; supongo que más por respeto al Evangelio, que por vocación de hacerlo; que no tengo ninguna.
Pero la recomendación evangélica de poner la otra mejilla, la entiendo referida a nivel individual, no colectivo.
Porque cuando hablamos de colectivo, ya no solo se trata de nuestras mejillas, sino de las de nuestros padres; de las de nuestros hijos… Y por ahí, no solo no paso, sino que salto y me cebo.
Sin embargo, cuando contemplamos hoy, cómo ha degenerado la Civilización Occidental, esa que se construyó sobre los valores y principios cristianos, vemos como, desde Bruselas, no solo se ha colectivizado lo de poner la otra mejilla, sino también el culo. Los culos de toda la cristiandad, o lo que queda de ella, tras lobomotizarla con el mediático picahielos del wokismo buenista.
Lo más triste, es que somos las víctimas, los que, con nuestros impuestos, pagamos, paguita a paguita, la fiesta de este, vergonzoso y humillante, desvarío, con la tolerancia y beneplácito de quienes, desde sus palacios, viven en otra realidad.
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