El año 2026 se perfila como el punto de inflexión en el que la política mundial dejó de esconderse detrás de rituales diplomáticos, declaraciones filantrópicas y retóricas de buenismo universal. Donald Trump ha demostrado que una estrategia clara, basada en objetivos definidos y principios de poder, puede doblegar la ilusión de consenso perpetuo que Occidente había convertido en fetiche. Los rivales estratégicos —China, Rusia e Irán— no cambian; lo que cambia son las herramientas, adaptadas al momento y al contexto. Esta flexibilidad calculada, a menudo confundida con improvisación, constituye el núcleo de su método: resultados antes que retórica, presión antes que conciliación, coherencia antes que apariencia.
Trump no actúa por ideología; actúa sobre estructuras de poder, rutas comerciales, recursos estratégicos y bloques rivales. Sus tácticas en Ucrania, Venezuela, Argentina, Israel, Irán y el Ártico evidencian una lógica de control y maximización de influencia, que prioriza el interés sobre la virtud proclamada. Mientras Occidente se paraliza bajo historicismo y polilogismo, confundiéndose en debates interminables, Estados y coaliciones que conservan un fin claro —el telos, entendido como fin propio, intrínseco y constitutivo de la acción política— actúan con decisión, cohesionados y conscientes de las amenazas.
La lección straussiana es contundente: sin telos, sin criterio de verdad y sin bien común, no hay política eficaz, solo simulacro de orden. Occidente ha abandonado la capacidad de juzgar y decidir, y su parálisis moral convive con la guerra permanente, prolongada y deliberadamente inconclusa. Trump ha desnudado esta debilidad histórica, aplicando principios que podrían encontrarse en Maquiavelo —no maquiavélico, sino pragmático y realista— y en Sun Tzu: la mejor victoria es la que se logra sin batalla, y las alianzas duraderas se sostienen sobre interés claro, no sobre discursos virtuosos.
El resultado es un mundo en el que los grandes poderes se ven obligados a dejar de fingir. La política, reducida a técnica administrativa y consenso vacuo, deja paso a decisiones basadas en juicio, fin y supervivencia. En 2026, la acción política vuelve a ser trágica, racional y consciente de su responsabilidad: lo que se decide, se defiende; lo que se omite, se paga con riesgo estratégico. Trump ha forzado al mundo a mirarse a sí mismo sin maquillaje. Y la lección es implacable: gobernar sin fin, sin criterio y sin verdad es la forma más segura de sucumbir en la arena global.
Estrategia con objetivos claros y tácticas flexibles
Desde Groenlandia hasta Venezuela, desde Ucrania hasta Oriente Medio, la política de Trump en 2026 sigue un patrón reconocible: objetivos fijos, métodos adaptativos. No se trata de capricho ni de improvisación; se trata de estrategia. El objetivo siempre es consolidar influencia, proteger intereses estratégicos y neutralizar amenazas. Las herramientas cambian según el escenario, pero la lógica de fondo permanece constante: dominar geopolíticamente, proteger recursos estratégicos, debilitar rivales, y asegurar alianzas funcionales.
En Ucrania, la presión simultánea sobre Rusia y Zelenski busca terminar la guerra no por compasión, sino por cálculo estratégico. En Venezuela, Trump mantiene el control sin desmantelar la estructura, evitando vacíos de poder que beneficien a China, Rusia e Irán. En Argentina, el apoyo financiero y político fue un acto de geopolítica inteligente, no de altruismo. En Israel, la paz se logró desde la fuerza y el reconocimiento pragmático de la potencia regional, no desde la retórica moral vacía. En Irán, la máxima presión económica y diplomática evita la expansión nuclear, forzando decisiones de supervivencia sobre impulsos ideológicos.
En el Ártico, la advertencia sobre Groenlandia no es amenaza, sino ancla de negociación: asegurar rutas comerciales estratégicas y frenar avances de rivales. Cada acción, cada gesto, está calibrado para obtener el máximo resultado sin desgastarse en conflictos inútiles. Trump ejecuta una política de coerción estratégica y acumulativa, un arte que parece caótico solo para quienes no perciben la línea de continuidad.
El telos, la acción política y la supervivencia de los Estados
El telos —el fin propio, intrínseco y constitutivo de la acción política— es el eje de toda decisión estratégica sólida. Sin telos, los Estados se reducen a meros administradores de procesos, incapaces de juzgar o decidir. La guerra se vuelve permanente, la soberanía se diluye en rituales legales, y la planificación técnica reemplaza al juicio moral.
Estados como Israel o líderes como Trump encarnan la vigencia del telos: fin claro, acción decidida, soberanía efectiva. Mientras Occidente debate interminablemente, estas potencias actúan con cohesión y conciencia del conflicto. Strauss advirtió que la renuncia al telos conduce al nihilismo político: una civilización puede existir, pero solo como sombra de sí misma, administrando, planificando y midiendo, pero incapaz de sostener justicia o proteger el orden.
Historicismo y polilogismo: la parálisis de Occidente
El historicismo y el polilogismo han paralizado a Occidente durante décadas. La creencia de que toda idea, valor o norma es relativa al contexto histórico impide emitir juicios sólidos. La política se convierte en mera gestión de narrativas y procedimientos. La verdad se fragmenta, la razón se tribaliza, y la guerra semántica sustituye al debate racional.
Trump obliga a los Estados paralizados por estos corsés ideológicos a confrontar la realidad sin filtros: los intereses estratégicos no esperan consensos universales ni aprobación moral. La efectividad política depende de claridad de fines, cohesión interna y acción deliberada.
Maquiavelo y Sun Tzu: lecciones de poder y guerra
Trump encarna los principios estratégicos de Maquiavelo y Sun Tzu, reinterpretados en clave contemporánea:
- Maquiavelo: No se trata de ser «maquiavélico», sino de actuar según la realidad y los fines del Estado, priorizando supervivencia y estabilidad sobre discursos virtuosos.
- Sun Tzu: La victoria más segura es la que se logra sin batalla; las alianzas duraderas se basan en intereses claros, no en retórica moral.
En cada teatro de operaciones, Trump aplica estos principios: presión calculada, coerción estratégica, negociación desde la fuerza, y comprensión clara del mapa global.
Conclusión: 2026, el año de la desnudez política
El mundo de 2026 no puede seguir fingiendo durante más tiempo La política sin maquillaje, sin autoengaño y sin retórica vacía se ha impuesto como necesidad. Trump ha forzado a las potencias y coaliciones a medir sus decisiones con criterios claros de interés, telos y supervivencia. La guerra prolongada, los conflictos irresolubles y la neutralización de fines han dado paso a decisiones racionales, deliberadas y responsables.
El mensaje straussiano se confirma históricamente: sin fin, sin verdad y sin bien común, la política colapsa. Maquiavelo y Sun Tzu reafirman que la acción estratégica exige juicio y pragmatismo. Trump ha demostrado que la política real no es ritual, sino decisión; no es discurso, sino fin; no es consenso, sino juicio.
2026 marca, así, un cambio irreversible: el mundo ha dejado de fingir, y la política vuelve a ser lo que nunca debió dejar de ser: racional, trágica, deliberada y consciente de sus consecuencias.
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