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La vida está salpicada de pequeños placeres y satisfacciones que cual salsa ayudan a tragar el no siempre apetitoso menú que nos va presentando la vida.
Un menú frente al que tienes dos opciones: te lo tragas, o te lo tragas.
Pero el amar…, el amor, no es una salsa, ni forma parte de la guarnición de la vida. El amor, el amar, es el plato principal.
Sin él, con su ausencia, nos quedaremos con una sensación de vacío; un débil pero pertinaz gemido que ni el tiempo sabrá hacer callar.
El amor, el amar, empequeñece a la vida, y hasta a la propia muerte, cambiando toda nuestra escala de valores.
Así, todo lo que parecía importante, pierde su valor. El amor, el amar, vuelve derrochador al avaro; valiente al cobarde; violento al pacífico; fogoso al manso; generoso al ruin…
Pero el amor, no es amar. Es algo más puro y singular, que, salvo contadas excepciones, se prostituye cuando lo llevamos al mundo real.
El amor…, el amar.
Vivir, morir, y vuelta a empezar.
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