Estamos asistiendo al empeño de retrasar la decadencia de Occidente por parte del único líder que las circunstancias han creado para intentarlo, Donald Trump.
Un lider cuya personalidad extravagante no resiste un análisis con los cánones de la normalidad porque no son normales las circunstancias que han propiciado precisamente su aparición y puesto de relieve la ineficacia y parálisis del wokismo, animalismo, feminismo, podemismo y demás patologías sociales insustanciales y cuentos chinos inventados por la izquierda tras la caída del muro de Berlín, para que sus dirigentes acaben ansiando los mismos lujos que la propiedad que se han empeñado en destruir.
Los mismos que invocan ahora el derecho internacional ante la “extracción” de Maduro, están pidiendo que Ucrania firme ya el tratado de paz con Rusia y entregue, junto a la Crimea anexionada en 2014, el Donestk, Lugansk, Jersón, Zaporiya, y todos los territorios ocupados.
Cierto que la coincidencia en las crisis de Venezuela, Irán y Groenlandia y un vistazo a la historia del siglo XX nos da la pista de que el asunto es fundamentalmente energético y de comercio internacional, pero con independencia de las formas propias de un país reciente, eso, por sí sólo, no deslegitima la intervención americana.
La política internacional es aún más compleja que las otras y Donald Trump, cuya personalidad y modos darían para un tratado es, quizás por eso mismo, el único capaz de intentar, unas veces con actuaciones y determinaciones y otras con aranceles u órdagos de tratante, paliar al menos el declive del imperio americano. ¿Qué hicieron en este sentido por cierto Biden y Obama? Poco o nada.
Quienes critican las amenazas de Trump a Irán y la intervención «quirúrgica» en Venezuela que ha traído una esperanza a nueve millones de venezolanos repartidos por el mundo después de 40 años de progresiva, -nada progresista,- ruina económica como la cubana y una de las diásporas mayores después de la de los judíos, omiten curiosamente las «actuaciones» de toda índole que llevaron a cabo Chávez, Maduro y los ayatolahs para acabar vistiendo con ropones ideológicos, militares o religiosos lo que no era más que apropiación de recursos económicos para perpetuar su poder en su propio beneficio. Lo mismo, dicho sea de paso que, sin petróleo, está haciendo en nuestro país Pedro Sanchez sirviéndose del separatismo, la confiscación fiscal, el feminismo, los réditos del terrorismo, la regresión vestida de progresismo y el cuento del lobo de la ultraderecha.
Pero la política nacional y más aún la internacional, nos lleva en muchos casos a la necesidad de la elección del mal menor, y no está en sus cabales quien niegue que la Revolución americana, la declaración de Philadelphia, “la democracia en América” de Toqueville y la enseñanza de Madison: «la clave de la democracia está en los controles y limitaciones del poder», ofrece comparación alguna con una “narcodictadura”, “un marxismo chandalista” e impostado con un títere al frente, o una teocracia atrincherada y amenazante, donde se suprimen las libertades y los hombres y mujeres son asesinados, obligados a huir, exiliarse, esconderse, bajar la voz en público o a desconfiar de todo con la excusa ideológica o religiosa de sus dirigentes para mantenerse en el poder y enriquecerse con el gas o el petróleo.
Cualquiera que vea la represión del régimen instaurado en 1979 por la revolución islámica encabezada por Jomeini, hacia las manifestaciones que duran ya 16 días causando miles de muertos o vea simplemente imágenes del «Irán moderno de ayer», ¡de hace 40 años! y ve la alegría de las mujeres persas que estudiaban, se arreglaban, iban a la moda, jugaban al futbol, desarrollaban su carrera profesional o se divertían en las discotecas, no precisa saber nada más.
Todo el asunto comienza en Irán con la concesión de explotación petrolífera en 1901 a un pionero anglo-australiano William Knox D’Arcy enriquecido con minas de oro en Australia que, de vuelta en Londres, emprendió la búsqueda de petróleo en Irán, a través luego de la concesión a la Anglo-Persian oil company en 1933 por parte de la monarquía del Sha Reza Pavhlevi prolongada por sesenta años contados a partir de esa fecha. Irán era entonces el mayor productor de Oriente Medio y la refinería de Abadán, la más grande del mundo.
Tras la segunda guerra mundial la expansión iraní del Sha con sus infraestructuras y enorme desarrollo precisaban seguir contando con los ingresos del petróleo y su primer ministro, el general Ali Razmara presentó informes contrarios a su nacionalización fundados en la inexistencia de técnicos cualificados, pero fue asesinado.
Pero en 1951, pese a las resistencias del Sha, accede al poder durante dos años tumultuosos el presidente de la comisión del petróleo el doctor Mussadaq, un rico y extravagante aristócrata que exigió la salida del Sha, aprobó el decreto de nacionalización y exigió su reconocimiento como requisito para el reconocimiento de compensaciones a los ingleses para los que la nacionalización era ilegal e inoperante, demandando daños y perjuicios.
En las negociaciones con Musaddaq intervino ya el presidente de EEUU Truman pese a cierta vacilación inicia porque junto al tema petrolífero pesaba la importancia de atraer a Irán hacia el campo de Occidente, -asunto de gran trascendencia que hoy sigue estando presente-. Pero el extravagante histrionismo de Musaddaq se granjeó la antipatía de los estadounidenses hasta su destitución y la vuelta al poder del Sha.
Así pues Irán, como Venezuela, son una muestra del proceso histórico: primero se solicita la entrada de las potencias, sus medios y sus técnicos para la extracción del petróleo a cambio de un canon para la obtención de recursos económicos esenciales para un país. Y más tarde se pide la nacionalización de esos recursos a través de un golpe de Estado por parte de “autoridades ilegítimas” como Chavez o Maduro, o el fundamentalismo islámico de Jomeini, conduciendo entonces a la eliminación de la democracia que, a pesar de todos los abusos representaba el sha de Persia cuyo hijo aparece ahora apoyado de nuevo por los americanos.
Sustituído pues el poder inglés del siglo XX y la compañía anglo-persian hasta su nacionalización por los iraníes tras la segunda guerra mundial, por el americano apoyado en el Sha y cortado por la revolución islámica de los clérigos y grupos heterogéneos que lideró Jomeini, con episodios como el rescate de rehenes americanos que costó la presidencia a Carter, asistimos en este momento al actual intento americano de Trump de resistir el avance chino y en menor medida ruso en el control del comercio mundial y por tanto geopolítico.
Todo ello dentro de ésta restauración de imperios y zonas de influencia consecuencia del vacío de poder que ha dejado el mundo sin orden del multilateralismo, el wokismo y todos los ismos con las que la izquierda ha tratado de cubrir la caída del muro de Berlín en lo que llevamos de siglo, causa última de todas las disputas presentes.
Venezuela, Irán, Groenlandia. Sí, el comercio, el petróleo y el imperio, sí, es cierto, pero hay que elegir. Ante el intento de Trump, con actos o con órdagos, de detener o retrasar la decadencia del Occidente cuyos valores compartimos y estando en juego todo el comercio del mundo, no se puede permanecer de perfil, como tampoco en nuestro país, si no se quiere ser cómplice, ante un cambio en la financiación autonómica a través de la cual Sanchez, como los venezolanos o los iraníes a los rusos, sigue comprándole el poder a los ayatollahs de aquí. Y luego hablan de soberanía los que la venden en España, Venezuela o Irán. No se puede estar de perfil todo el tiempo. Con los imperios hay que coexistir pero hay que elegir desde el cual se quiere vivir.
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