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Federico Sánchez: «El misterioso origen de la Orden del Temple: San Bernardo de Claraval»

Federico Sánchez Arias 16 Ene 2026 - 18:40 CET
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La Sábana Santa es un misterio, a la vez que un libro abierto en el que los forenses han encontrado las lesiones causadas por la flagelación y la crucifixión

Regreso al mundo de los templarios, con aire de fiesta

«Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.” “Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!… A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año…»     Jacques de Molay al ser condenado.

Para la mayoría de historiadores ortodoxos, la Orden del Temple nace de la mano de un caballero de la Champaña, Hugo de Payns (aprox.1070 a 1136), quien tras la Primera Cruzada y al sentirse herido en su alma cristiana por el trato que los sarracenos daban a los cristianos peregrinos al Santo Sepulcro en particular y a Tierra Santa en general, decide crear un pequeño ejército compuesto de nueve caballeros (a los que habría que añadir sus sirvientes, escuderos, sargentos y hombres de armas, detalle que, habitualmente, se omite) para realizar una labor de protección. De esta forma se presenta el grupo de nueve (quedémonos con el número, especialmente mágico-cabalístico) ante el rey de Jerusalén, Balduino II, corriendo el año de 1118, ofreciéndose para proteger a los peregrinos. Para ello, el monarca del recientemente creado reino cristiano les regala (les cobija en el principal asentamiento real) lo que se conocía como las caballerizas de Salomón, en la parte más “importante” histórica y religiosamente del antiguo Templo de Herodes el Grande (o de Salomón)

Lo cierto es que los historiadores, ni siquiera los que se consideran templarios, ofrecen dato alguno a este respecto. Si se sabe, porque es la idea e hipótesis general, que, durante ese largo período de tiempo, los nueve caballeros se dedicaron a ser arqueólogos, excavando las entrañas del que fuera principal templo de los judíos. ¿Qué buscaban? Lo ignoramos. Parece ser que algo encontraron, algo muy importante, poderoso, tenebroso, que haría palidecer a la cristiandad: Papas, clérigos, obispos y nobles… y que les abriría las puertas de un estado de gracia desconocido hasta ese momento, convirtiéndose en la Orden de caballería y Orden monástica más poderosa, influyente y, sobre todo rica de la cristiandad. Y posiblemente de toda la historia de la cristiandad.

En la tesis que presento entra otro personaje de importancia vital, tanto para la Orden como para la cristiandad, Bernardo de Claraval (Fontaninen 1090–Claraval 21 de agosto de 1153) un auténtico genio, erudito, hombre piadoso y humilde, asesor de papas y obispos; sobre todo, un soñador que, propiciaría la posibilidad de una nueva sociedad Una sociedad cristiana ecuménica, abierta a todos y en los que la caridad sería el motor y el conocimiento compartido el combustible.

Bernardo de la Fontaine, más conocido como Bernardo de Claraval (nombre de la abadía creada para él) y para todos san Bernardo, es el personaje clave de esta intriga; no el único, pero si pudiera ser el más fundamental e importante.

Lo cierto es que Bernardo de Claraval tenía grandes sueños y, sobre todo, una especial clarividencia, con la que pretendería cambiar su sociedad que, desde luego, no le gustaba. Recordemos que eran tiempos de gran agitación y enormes desigualdades, donde pocos poseían el total control sobre la vida y hacienda de la inmensa mayoría de las personas.

Comenzó por cambiar su propia Orden monástica; ingreso en el Cister y, poco a poco, fue transformando su ideario a lo que él comprendía debía ser una verdadera naturaleza evangélica. La biografía oficial del santo nos refiere que entró en el Cister con humildad, buscando un nuevo sendero de espiritualidad huyendo de cualquier signo de riqueza, abundancia o poder terrenal.

Era consciente que tenía que beber de las fuentes de la sabiduría espiritual de las cuales surgió su propia Iglesia: el judaísmo; porque muchos olvidan que el propio Jesús y sus primeros apóstoles (los doce y María Magdalena) eran judíos, no cristianos, y los primeros escritos y tradiciones se encontraban inmersas en una mezcla entre el océano judío y el océano griego/romano. Por ello preparó una campaña de investigación arqueológica, histórica y literaria en Tierra Santa y en otros lugares de donde poder conocer las místicas más importantes de su momento: la judía, la islámica, la cristiana, y la druídica.

Para cambiar la Sociedad necesitaba no sólo una filosofía, sino una fuerza física capaz de imponerse a un sistema feudal que oprimía esclavizaba y era absolutamente injusto y antievangélico, tanto en cuanto a los nobles y reyes como a los propios abades, obispos y papas; y en el caso de la jerarquía eclesial con mucha más razón y vergüenza, porque ellos eran los pastores de una Iglesia que cada día estaba más alejada de las personas, del evangelio y del propio Jesús.

Hay que dejar constancia que, para algunos eruditos del temple, la trama del misterio templario comenzó en el Templo de Salomón a consecuencia de lo que hallaron en sus cuevas y pasadizos secretos. Pero esto es irreal e ilógico, porque los nueve caballeros comandados por Hugo de Payns llegaron a Jerusalén, se entrevistaron con el rey Balduino II, le pidieron establecerse en un lugar concreto (las caballerizas de Salomón) y todo con un motivo, una misión que traían como legajo en sus alforjas desde la Champaña. Por lo tanto, tenían claro lo que buscar, iban aleccionados e instruidos en lo que podrían hallar. ¿Quién les encomendó la misión? Un interrogante lleno de enigmas.

En efecto, los caballeros que después se les llamaría templarios, recorren las cortes, abadías, castillos y palacios europeos recibiendo dádivas en gran cantidad y, además, recibiendo en su seno a otros caballeros que, de pronto, abandonaban todo su boato y vida lujosa para dedicarse a otra vida de monje-guerrero, humilde y renunciando a sus posesiones, familias…

Una historia fascinante donde la leyenda se mezcla con el mito y la historia. Un tiempo que nos sumerge en la magia de una realidad que supera parámetros conocidos. La leyenda sigue su curso…

Señalo la idea de que Bernardo, alejado del resto de la cristiandad, se atrevió a dotar a la feminidad de un estatus que no disponía en su tiempo Es probable que nuestro protagonista intuyera que la espiritualidad no podía manifestarse sólo desde lo masculino (desde lo patriarcal); cuestión que había sucedido en la cristiandad desde que Pablo de Tarso impuso su teología paulina, dejando de lado a otras formas de espiritualidad de los primeros cristianos, incluyendo a los propios apóstoles (él no lo fue, no conoció a Jesús, y se le conoce como el Apóstol porque él mismo se auto tituló así) manteniendo la idea de una deidad exclusivamente masculina, apartando a la mujer (a la que consideraba un ser inferior) dejándola en un segundo plano. Pasaron muchos años en revindicar la figura de las dos mujeres más importantes para el Maestro de Galilea, su madre, Miriam, considerada Theotokos, madre de Dios, y María Magdalena, su discípulo más amado, Apostola apostolorum.

Bernardo creía que lo femenino debía ponerse en el mismo nivel que lo masculino; por ello escribió tratados sobre la Virgen María, sobre el Cantar de los Cantares donde se habla de la Novia, y del Amor puro.  La Orden del Temple heredó estas ideas, ya que fue la gran defensora del culto mariano y del culto de san Juan; aunque algunos piensan que se trataba de Juan el Bautista, también podía ser de Juan el evangelista, el autor del evangelio más gnóstico y femenino de los cuatro oficiales o canónicos.

La figura de Bernanrdo de Clavaral como eje esencial que da forma a la Orden de los Caballeros del Temple debe ser tenida en consideración.

«Que la tierra se vaya haciendo camino ante tus pasos, que el viento sople siempre a tus espaldas, que el sol brille cálido sobre tu cara, que la lluvia caiga suavemente sobre tus campos y, hasta tanto volvamos a encontrarnos, que Dios te guarde en la palma de sus manos»     Despedida entre templarios.

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