Oír
es que algo suene.
Un golpe de aire,
una vibración,
un ruido que atraviesa el cuerpo
sin pedir permiso.
Oír sucede
aunque no queramos.
Ocurre
como la lluvia sobre el tejado.
Escuchar, no.
Escuchar exige
detenerse.
Cerrar la boca.
Abrir algo más que los oídos.
Porque escuchar
no es captar palabras,
sino intenciones.
No es registrar ideas,
sino emociones.
No es seguir la lógica de un argumento,
sino entrever el mundo
desde los ojos del otro.
Para escuchar
hay que usar los oídos,
sí,
pero también la mirada
y el corazón.
Escuchar implica aceptar
que el otro cree tener razón.
Que su mundo —aunque no sea el mío—
es coherente desde dentro.
Que no todo cabe
en silogismos ni esquemas.
Prejuzgar
es cerrar la puerta antes de oír el golpe.
Es protegerse del riesgo
de cambiar de idea.
Escuchar, en cambio,
es exponerse.
Es permitir que algo del otro
nos descoloque.
Por eso escuchar
da miedo.
Escuchar supone callarse.
No solo no hablar,
sino estar.
Estar entero.
Atento.
Disponible.
Es recibir
lo que se dice
y lo que no se dice.
Las palabras
y sus sombras.
El discurso
y la herida que lo sostiene.
Cuando alguien es escuchado de verdad,
habla más.
Más hondo.
Con más matices.
Con más verdad.
Es el regalo
que concedemos
a quien nos presta
atención sincera.
Por eso se puede
oír sin escuchar
y escuchar sin oír.
Oír es involuntario.
Escuchar es una decisión.
Yo puedo oírte
y no entender nada.
Y puedo no oírte
y comprenderte entero.
Así que no,
no confundas las cosas.
No es cuestión
de entendederas.
Ni de inteligencia.
Ni de capacidad mental.
Es cuestión
de sonidos
o de atención.
De orejas
o de voluntad.
Y ahí,
muchas veces,
el sordo
escucha mejor
que quien presume
de oírlo todo.
La confusión entre oír y escuchar no es una mera imprecisión del lenguaje cotidiano. Es una confusión antropológica profunda, con consecuencias prácticas, sociales y morales. De ella nacen prejuicios persistentes, diagnósticos erróneos y una comprensión empobrecida de lo que significa conocer, entender y relacionarse con los demás, especialmente cuando se proyecta sobre las personas sordas.
Desde Aristóteles sabemos que el conocimiento humano comienza por los sentidos. Vista, oído, tacto, olfato y gusto son las vías por las que la realidad se nos hace presente. El entendimiento no trabaja en el vacío: elabora, ordena e interpreta materiales previamente recibidos por la sensibilidad. Nada hay en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos.
Ahora bien, percibir no es comprender. Recibir estímulos no equivale a captar sentido. Entre la sensación y el conocimiento interviene un elemento decisivo: la atención. Y la atención no es fisiología, sino voluntad.
Oír es un hecho fisiológico. El oído capta sonidos, voces, palabras, ruidos. Puede hacerlo incluso contra nuestra voluntad. Se oye sin entender, se oye sin pensar, se oye sin atender. Por eso el lenguaje común acierta cuando afirma que alguien “oye como quien oye llover”: el sonido está ahí, pero no hay comprensión. El problema no reside en el órgano, sino en la actitud.
Escuchar, en cambio, es un acto complejo y exigente. Implica dirigir la atención, concentrarse, interpretar, relacionar, razonar. Escuchar no se reduce al oído: requiere la vista para leer gestos y miradas; requiere el tacto simbólico del trato humano para calibrar silencios, distancias y matices; exige incluso una forma de buen gusto, en sentido clásico, para discernir lo relevante de lo accesorio. Escuchar es captar no solo lo que se dice, sino la intención, la emoción y el estado de ánimo de quien habla.
Aquí resulta especialmente iluminadora la reflexión de Tomás de Aquino sobre el gusto. En latín, sapere significa a la vez saber y tener sabor. Conocer no es únicamente acumular información: es degustar la realidad, saborearla intelectualmente. El sabio es quien ha formado su paladar para distinguir lo verdadero de lo falso, lo profundo de lo superficial, lo valioso de lo banal.
Y como ocurre con el gusto físico, también el gusto intelectual y moral se educa. Nadie nace con un paladar refinado. Se adquiere mediante el ejercicio, la repetición y la experiencia. Lo mismo sucede con la escucha, con la mirada y también con la lectura.
El gusto por la lectura —como el gusto por la música o por las bellas artes— no surge de manera espontánea. Aunque la lectura esté potencialmente al alcance de todos, difícilmente se disfruta de ella si no se cultiva. Para leer de verdad hay que aprender lectura comprensiva. Porque uno puede leer sin leer: leer de corrido, de manera mecánica, robótica, deletreando palabras sin pensar, sin razonar, sin detenerse en el sentido. Ese “leer” automático no produce comprensión, del mismo modo que oír no produce escucha.
La analogía es exacta. Así como se puede oír sin escuchar, se puede leer sin entender. En ambos casos falta lo mismo: atención. Falta la decisión consciente de entrar en el texto o en el discurso del otro, de suspender el ruido interior, de pensar lo que se recibe. Sin ese ejercicio, ni la lectura ni la escucha producen conocimiento; solo generan acumulación de estímulos.
Esta distinción es clave para comprender uno de los grandes errores sociales en torno a la sordera. Durante décadas, muchos niños sordos no fueron diagnosticados de manera temprana. El retraso en reconocer la sordera llevaba a conclusiones erróneas: el niño no hablaba, no se socializaba, no respondía como se esperaba, y el entorno atribuía el problema a una supuesta carencia intelectual. El error no era cognitivo, sino sensorial y comunicativo. Pero la confusión entre oír y entender producía el estigma.
A ello se suma el uso persistente del término “sordomudo”, profundamente incorrecto. Salvo casos excepcionalísimos, la mudez no acompaña a la sordera. El habla depende del aparato fonador y del aprendizaje, no del oído. Quien emplea esa etiqueta confunde percepción, lenguaje e inteligencia.
El fondo del problema es siempre el mismo: creer que la comprensión depende del órgano sensorial, cuando en realidad depende de la atención y del entendimiento. Por eso muchas personas sordas desarrollan, paradójicamente, una capacidad de escucha más fina que la de numerosos normoyentes: observan mejor, interpretan mejor, detectan con mayor precisión las incoherencias entre palabras, gestos y emociones. Escuchan con todo el cuerpo y con toda la inteligencia.
Ahora bien, conviene añadir un último matiz esencial, que los estoicos formularon con claridad: no toda atención debe concederse indiscriminadamente. Escuchar es una virtud, pero también exige prudencia. Arrojar perlas a los cerdos no es una expresión de desprecio, sino una advertencia contra el desperdicio de lo valioso. Las perlas son el tiempo, la sabiduría, el consejo, la atención, la paz. No todos tienen disposición para apreciarlas.
Séneca lo expresó con precisión: no es que tengamos poco tiempo, es que desperdiciamos mucho. La sabiduría no consiste en convencer a todos, sino en elegir con cuidado a quién se le entrega la atención. Escuchar bien implica también saber cuándo no escuchar.
Vivimos en un mundo dominado por el ruido. Ruido acústico, informativo, emocional y mental. Mucho ruido. Demasiado ruido. Se oye más que nunca, se lee más que nunca, y sin embargo se comprende menos que nunca. Falta atención. Falta ejercicio. Falta gusto educado.
Por todo ello, convendría empezar por algo elemental: dejar de confundir oír con escuchar, leer con entender, sonido con sentido. Y, sobre todo, dejar de formular preguntas mal planteadas.
Así que, por favor, dejemos ya de preguntar:
«¿Pero, tú escuchas, no?»
Escuchar no es oír.
Como leer no es pasar los ojos por las palabras.
Y comprender, como saborear, exige atención, hábito y virtud.
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