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Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra: «De los trenes, los muertos y la política»

Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra (Enraizados) 20 Ene 2026 - 10:20 CET
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España amaneció con la noticia de un tren de alta velocidad descarrilado en una recta, volcado por un terraplén y con un balance de víctimas que ningún responsable político puede despachar con eufemismos. No fue un accidente inexplicable ni una fatalidad inevitable. Fue el resultado de una cadena de decisiones equivocadas, de advertencias técnicas ignoradas y de una forma de gobernar donde el relato ha sustituido a la gestión.

Cuando un tren se sale de la vía en una recta, el problema no es “raro”. El problema es grave, estructural y evitable. Tiene que ver con el estado de las infraestructuras, con la falta de mantenimiento efectivo y con una administración que ha preferido el titular a la prevención.

Durante meses no se quisieron escuchar los avisos, los maquinistas alertaron del deterioro de la vía. Hubo informes, comunicaciones internas y advertencias claras. Se pidió reducir la velocidad y se pidió intervenir. No se hizo. Ahora se insiste en que la vía estaba “revisada” y “renovada en Mayo de 2025”, pero el informe del Sindicato de Maquinistas, en el mes de Agosto es absolutamente irrefutable. Revisada, sí. Corregida, no. Y esa diferencia, que en un despacho puede parecer menor, en la realidad acaba midiéndose, por desgracia, en víctimas.

El ministro de Transportes, Sr Oscar Puente, compareció para calificar el accidente de “raro”. Lo “raro” y verdaderamente llamativo es que haya tenido más presencia en redes sociales (Twitter/X) que en los informes técnicos de su departamento. Bloquear críticos o descalificar preguntas o crear contenidos ingeniosos para desacreditar a sus contrarios políticos,  no mejora la seguridad ferroviaria ni sustituye a una gestión rigurosa.

Además, la incompetencia no surge de forma aislada. El precedente importa. El anterior ministro de Transportes, D. José Luis Abalos está en la cárcel. La anterior presidenta de ADIF, la Sra Pardo de Vera está imputada por corrupción. Un estrecho colaborador de aquel entorno del Peugeot, el Sr Koldo, fue colocado al frente de RENFE Mercancías y también está en la cárcel. Nombramientos políticos, redes de afinidad y desprecio por la profesionalidad técnica conforman un ecosistema donde el fallo deja de ser una excepción para convertirse en una posibilidad permanente. ¿Qué puede salir mal?

En las primeras horas tras el accidente, la respuesta institucional fue insuficiente, cuando no nula. Como no se les esperaba, quienes actuaron con rapidez fueron los vecinos de Adamuz, que improvisaron auxilio, trasladaron heridos y ofrecieron ayuda sin esperar instrucciones. Habilitando camas, comida, refugio y algunos de ellos llevando en sus vehículos particulares a heridos a los hospitales. Una vez más, la sociedad civil respondió donde el Estado no estuvo a la altura. La frase “Solo el pueblo salva al pueblo” se ha vuelto a hacer realidad, y cuando lo hace es porque quien tenía que tomar los mandos, en una tremenda desgracia para el pueblo, no lo hicieron con la diligencia debida. La solidaridad ciudadana volvió a suplir carencias que no deberían existir en un país con una de las mayores presiones fiscales de Europa.

Si un accidente de estas características se hubiera producido bajo un gobierno distinto, la reacción mediática pagada, bien engrasada y la “política” de izquierdas comunistas, ultraizquierdas, independentistas irredentos, terroristas reciclados y otras faunas similares, habría sido inmediata y severa. Peticiones de dimisión, exigencias de responsabilidades y movilizaciones de “antifas” también muy bien pagados, quemando contenedores y destrozando todo lo que pillasen en su camino, presentándolo como indignación cívica, y gritando a voz en cuello ¡ASESINOS!. Llenarían portadas, “prime time” televisivos y tertulias (también muy bien pagadas y engrasadas). Sin embargo, cuando gobiernan ellos, la vara de medir cambia: se relativiza, se diluye y se desplaza el foco si se tiene la más mínima oportunidad. La culpa será de otros, no suya.

¿Se buscarán culpables como Julio Iglesias, PP, VOX, Ayuso, Franco, Revuelta, la CIA? Pero me temo que podría ser mucho peor.

En este contexto, preocupa el giro del discurso público. En redes y en determinados medios no alineados con el Gobierno circula (en términos presuntivos) la sospecha de que se esté preparando un marco narrativo de “amenaza”, tipo “atentado de falsa bandera”, para desviar responsabilidades y desactivar a la oposición, y si es posible, acusarla de terrorismo e ilegalizarla. Presuntamente, claro. El propio ministro ha deslizado insinuaciones ambiguas, que sus terminales mediáticas parecen recoger con diligencia. ¿Estarán preparando el discurso? ¿Se lanzarán a saco ellos y sus “todólogos” como un solo hombre?

Que me perdone el lector, pero es que esto de las catástrofes ferroviarias, que cambian signos de las votaciones, me suena mucho. A Vd. querido lector, ¿no? Siempre en el terreno de lo presuntivo, faltaría más…

No se trata de afirmar hechos, sino de advertir sobre una deriva peligrosa: la tentación de atribuir cualquier crisis o episodio grave a la “ultraderecha” para justificar medidas excepcionales, incluida la estigmatización o incluso la ilegalización política bajo el rótulo de terrorismo. Convertir la discrepancia en delito y la oposición en enemigo es una pendiente incompatible con una democracia madura, pero no es incompatible con una democracia pocha, y borraría de “un plumazo” a una oposición molesta que podría hacerles pupa.

La actitud del presidente del Gobierno ha sido reveladora: escasa autocrítica y rápida activación de la maquinaria de distracción. En lugar de asumir responsabilidades por no haber actuado cuando había avisos claros, se ensayan culpables alternativos y se alimenta una polarización permanente. Todo sirve para evitar la pregunta esencial: ¿por qué no se actuó a tiempo?

Durante meses se insistió en que España avanzaba “como un cohete”. Pues “el cohete” se ha pegado un talegazo de proporciones bíblicas. Hoy esa metáfora se vuelve incómoda. La red de alta velocidad, considerada durante años una joya de la ingeniería española, queda bajo sospecha internacional. Vendrán auditorías, revisiones, desconfianza de operadores, pérdidas de contratos y un daño reputacional que no se corrige con propaganda.

Este no fue un episodio de mala suerte. Fue una negligencia evitable. Fue desatención técnica. Fue propaganda ocupando el lugar de la gestión. Y mientras no haya dimisiones, explicaciones claras y responsabilidades asumidas, el mensaje que se transmite es peligroso: que en España los errores graves se diluyen y las consecuencias nunca alcanzan a quienes toman las decisiones.

Ya hoy, las compañías aéreas están reforzando sus vuelos entre las diferentes provincias a las que llega la Alta Velocidad española. Mi hija y su familia que tenían un viaje previsto para este jueves han anulado los billetes del tren y se irán seguramente en avión. Y me temo que no van a ser los únicos. Este Gobierno nos llevará a la ruina queramos o no queramos. Ellos ya tienen el riñón bien forrado y lo que les pase a sus administrados les importa (como decía un tío mío) “una higa”.

Mi máximo respeto al pueblo de Adamuz (Córdoba) que se encargaron de ir a proteger a los afectados y les dieron todo lo que tenían. Gloria para Adamuz.

Mi más sentido pésame a todos los fallecidos (39, pero desgraciadamente puede haber más). Consuelo para todos los heridos y para todas las familias de los afectados. Y por mi parte, y la de “Enraizados”, una oración para todos ellos.

Un país serio no bloquea las críticas: las responde. Un país serio no sustituye la gestión por el relato. Y un país serio no convierte la discrepancia política en una amenaza para la libertad. En un país serio, aun antes de conocerse las causas, las dimisiones y las renuncias a sus puestos habrían ya saltado en cascada.

EN ESTE PAÍS, NO.

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