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Victor Entrialgo: «Idolatría de la tecnología»

Victor Entrialgo 22 Ene 2026 - 10:34 CET
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El problema de la tecnología es que puede llevarnos a un lugar al que quizás no queramos ir. Ese es y seguirá siendo uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo.

La tecnología es consustancial al hombre porque es su capacidad de homo faber, pero si el poder político está en manos de indocumentados y chapuceros, el riesgo es grande. La primera chapuza es la de quien ansía el poder sin la competencia, sólo con el atrevimiento que le proporcionan sus carencias, donde no hay dotes de organización ni de mando, delegadas en peleles de un amo que sólo posee el instinto de la conspiración para hacerse con el poder y conservarlo.

El tsunami emocional, informativo, político y negocial de la tragedia ferroviaria de Adamuz pone de manifiesto que la alta tecnología no puede estar en manos de cualquiera.

Se han multiplicado los trenes, los viajes, la competencia de empresas,  la incompetencia de cargos, el enchufismo, la corrupción y no proporcionalmente el mantenimiento y las inspecciones, en particular las vibraciones o la fatiga de materiales.

Ya Aristóteles decía que todas las cosas físicas tenían 4 causas: material, formal, final y eficiente. En las tragedias ferroviarias como ésta la material serían el estado de vías y trenes; la formal las redes y conexiones; la final conectar lugares y los viajeros desplazarse; y, la eficiente, parece haber sido, en este caso, las deficiencias en vías y trenes.

Todo ello pese a las denuncias y avisos recibidos sobre vías, vibraciones y oscilaciones, como muchas de nuestras autopistas y carreteras llenas de baches y surcos con un presidente que se empeña en gobernar sin presupuestos y que por razones inconfesables permite que el ministro de transportes sea un individuo que en lugar de atender sus responsabilidades dedica su tiempo a la propaganda y labor incalificable en las redes sociales.

A la espera de las conclusiones apunta a la falta de mantenimiento e inspecciones y un cúmulo de irresponsabilidades e imprevisiones en un sistema plagado de políticos en lugar de técnicos, en el que, tragedia tras tragedia aquí no dimite nadie, lo que conecta el fallo de las tecnologías con la irresponsabilidad política y, particularmente, con los medios y las redes sociales.

En los primeros lo que en Roma ordenaba el edicto del pretor hoy lo hace la televisión. Hoy tiene el poder el que tiene la capacidad de elegir sobre qué, quien o donde se pone el foco. En las redes, los usuarios pueden elegir ahora lo que quieren ver y eso determina lo que se les presenta. Pero la cuestión fundamental es, ¿quien toma las decisiones de la forma en que se les presenta, el marco, que decía Heiddeger? Porque se las presenta como si fuese la realidad, el status quo. Y no lo es.

De lo que nos muestran las redes la causa material sería el hardware junto  a los contenidos que introducimos; la formal, las conexiones, los algoritmos; la final, las causas por las que cada uno de los usuarios se conecta, y esto es importante; y la eficiente, los programadores.

De puro lleno de posibilidades, la técnica es mera forma hueca. Por eso en estos tiempos, los más intensamente técnicos que ha habido en la historia humana son «de los más vacíos», dice Ortega en 1939, que ya advertía que la autonomización de la máquina estaba teniendo como efecto la inversión de los términos de la relación del hombre y la técnica, al estar convirtiendo al ser humano en su instrumento auxiliar. No sólo por la dialéctica naturaleza-tecnología sino por la brecha, que vemos diariamente produce dentro de una misma sociedad, entre generaciones diferentes.

El peligro es pues la idolatría de la tecnología y la creencia en su infalibilidad. De ahí la necesidad de su permanente inspección o mantenimiento. No siempre hace falta más rápido y más lejos sino, sobre todo, más conforme con nuestra naturaleza y nuestro ser y a ello ayudan sobre todo las disciplinas humanísticas, la música, la pintura, la literatura, la cultura.

En los tiempos de la sustitución del hombre por la máquina la necesidad de referir inseparablemente cualquier tecnología a lo humano parece la necesaria reflexión permanente pues, casi un siglo después, sigue siendo el tema de nuestro tiempo.

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