Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Carmelo Álavarez Fernández de Gamarra: «Cocer o no cocer la gamba: ¡Esa es la cuestión!»

Carmelo Álavarez Fernández de Gamarra (Enraizados) 26 Ene 2026 - 12:40 CET
Archivado en:

Vivimos tiempos extraordinarios. Nunca la humanidad había tenido tantos recursos técnicos, científicos y legales para proteger la vida humana y, paradójicamente, nunca había mostrado tanta dificultad para decidir cuál merece realmente ser protegida. La carta al Director, que encontré en un diario hispanoamericano, me conmocionó. “No cuezas a la gamba: sufre mucho” No es una anécdota gastronómica ni una excentricidad animalista: es el síntoma visible de una patología moral occidental.

Mientras se debate con gravedad si una gamba siente dolor al ser introducida en agua hirviendo, millones de seres humanos son eliminados, descartados o abandonados por razones económicas, sanitarias o de mera conveniencia social. Y lo más inquietante: esta contradicción ya no provoca escándalo, sino aplauso. (¿Conocerán este asunto los Sindicatos de Clase?).

¿Quiénes promueven esta sensibilidad selectiva? No estamos hablando de cuatro excéntricos ni de cuatro “mataos”. Detrás de la “defensa del crustáceo” hay un entramado reconocible: movimientos animalistas ideologizados, ecologismo radical urbano, partidos políticos de izquierda posthumanista, fundaciones bien financiadas y organismos internacionales que han asumido un nuevo lenguaje moral.

En el Reino Unido, el gobierno reconoció oficialmente a los crustáceos como “seres sintientes”, abriendo la puerta a regulaciones específicas sobre cómo deben ser cocinados. En Suiza, se prohíbe hervir langostas vivas sin previo aturdimiento. En Alemania y Países Bajos, el debate sobre el “bienestar emocional” animal se ha incorporado a programas educativos.

Todo ello convive, sin rubor, con legislaciones permisivas sobre aborto, eutanasia y descarte de vidas humanas consideradas “no viables” o “no dignas”. La Eugenesia se desnuda en público sin rubor alguno y sin sentir ya ninguna vergüenza. 

Hay ya, muchos ejemplos internacionales de este striptease Eugenésico apoyado en los animalitos. Por ejemplo:

No se trata de proteger animales. Se trata de a quién se protege primero.

El animal se convierte en una coartada moral. La defensa animal se ha convertido en una coartada perfecta: permite exhibir virtud pública sin asumir el coste ético de defender al ser humano. Proteger animales no exige cuestionar el modelo económico, ni la cultura del descarte, ni la responsabilidad individual. Defender personas sí. Cuesta más trabajo, más coraje, más dinero y más amor, y de todo esto, no hay prácticamente nada. Y nuestro trabajo y nuestro dinero preferimos gastarlo en Gambas.

Por eso resulta tan atractiva esta causa: es emocional, mediática y políticamente rentable. Y por eso se exagera hasta el absurdo, mientras se silencia el drama humano.

Hemos llegado a una situación grotesca: una langosta merece una muerte “digna”, un toro merece protección jurídica, un cerdo merece una oración… pero un niño no nacido, un enfermo crónico o un anciano dependiente deben justificar su derecho a existir, y si no lo justifican la sociedad tiene perfecto derecho a desecharlos. La Eugenesia dice lo mismo que aquella famosa película de terror, cuando el niño que veía la televisión, solo la pantalla sin imagen alguna, sin embargo, oía nítidamente aquello de “¡Ya estamos aquiii… ¡”

Esta no es una civilización compasiva. Es una civilización que ha desplazado la compasión hacia donde no incomoda. Es una ¿civilización? Muy cobarde…

No, el problema no es la gamba. El problema es el espejo que nos devuelve.

Cuando una sociedad discute el sufrimiento de un crustáceo mientras legaliza la eliminación de personas vulnerables, no estamos ante un avance moral, sino ante una regresión maquillada de sensibilidad. No son “progresistas”, son “regresistas”. Estaría muy honrado y feliz si se me atribuyese esta denominación. “Regresista”.

El día que una gamba importe más que un ser humano, no habremos progresado: habremos abdicado de nuestra humanidad.

Y cuando eso ocurre, ya no estamos defendiendo la vida. Estamos huyendo de ella.

LAS GAMBAS, LAS LANGOSTAS y LOS “REGRESISTAS”, OCUPARÁN NUESTRO LUGAR EN LA HUMANIDAD, perdón, EN LA CRUSTACEIDAD.

Más en Columnistas

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

CONTRIBUYE

Mobile Version Powered by