Últimamente se habla mucho sobre la cuestión de alcanzar una muerte digna, de morir con dignidad. La muerte biológica es la consecución final de una vida desarrollada de una forma eficiente, positiva, asumida y vivenciada desde unos valores éticos de responsabilidad, consciencia con nuestro compromiso de crecimiento personal, ejercida en los límites de una libertad que implica respeto y reconociendo propio y del resto de la humanidad. La muerte biológica debe ser asumida como una realidad incuestionable.
Vivir con dignidad es sinónimo de respeto a la identidad personal que somos, a nuestros semejantes, a los demás seres sintientes, al entorno próximo y lejano, al planeta. La vida es muy hermosa, un regalo de la Divinidad que merece ser vivida con honradez y plenitud, desde el equilibrio interior, transmitiendo todos aquellos valores universales que, desde siempre, han sido depositados para el crecimiento y desarrollo de nuestra especie.
La vida humana es valiosa en si misma; aún más: debe ser valorada, respetada y protegida con firmeza. Nuestra propia vida no es algo superfluo, fruto del azar. Es un don extraordinario poder aprehender y comprender los misterios de la vida, del mundo y del universo…desde nuestra mente finita. El ser humano es una realidad maravillosa en constante transformación, a la búsqueda del sentido último de su existencia.
Nuestra especie tiene necesidades; necesidades que deben ser cubiertas día a día: alimentarse, vestirse, tener un techo… necesidades biológicas, relacionadas con la supervivencia, que son esenciales. Además, existen otras realidades que poseen similar importancia a las anteriores y que, generalmente, solemos prestarles menor importancia: el bienestar emocional (pensamientos, sentimientos, emociones…) que es sinónimo de salud integral. Todo lo anterior, sumado, equivaldría a disfrutar de una calidad de vida correcta, adecuada y equilibrada. ¿Sería suficiente sólo lo anterior?
Tenemos la enorme fortuna de poder acceder a una realidad de naturaleza superior, a un ámbito de manifestación existencial que implica un salto cualitativo respecto al mundo exclusivamente materialista, lo que permite interrogarnos por el propio sentido de la vida, de “mi vida”. Desde el respeto a planteamientos de carácter científico-tecnológico (útiles en el día a día, aunque en constante cambio y mutabilidad) está el sentido mucho más profundo, estable y certero que expresa el sentimiento vivencial de la espiritualidad, de una espiritualidad sin dogmas innecesarios.
Espiritualidad implica comprensión, búsqueda de las claves esenciales de manifestación de nuestro ser. El ser humano no es sólo una compleja maquinaria sofisticada que puede ser reparada permanentemente, cambiando las piezas gastadas por otras nuevas; si todo fuera tan sencillo, no tendríamos la maravillosa capacidad para seguir formulando las eternas preguntas que, desde nuestros ancestros, siguen golpeando nuestra conciencia: ¿Quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿a dónde dirijo mis pasos?…..Desde unos límites temporales (nacer, crecer, brillar y apagarnos) hasta planos elevados del infinito, podemos crecer en consciencia y esencia, contribuyendo a crear una realidad gratificante.
Somos un ser complejo, en permanente estado de movimiento y cambio. La realidad racional no es tan simple como aparentemente se presenta. Sentir y experimentar es una constante a nuestra especie. En nuestra era actual, tecnológica y sometida a una aceleración extremadamente dinámica, los avances de las ciencias parecen querer eclipsar el sentido de visión humanista de nuestra especie. Por el contrario, podemos comprobar, fácilmente, todo lo contrario, a lo aparente…sobre todo en tiempos de crisis. Aún en una situación de crisis material y de valores como la presente, es tiempo para la esperanza.
La ignorancia no es otra cosa que falta de conocimiento; cuando tenemos auténtico conocimiento poseemos las llaves de la liberación del miedo, ofuscación, dolor y sufrimiento que nos perturban e impiden desarrollarnos, apresándonos con las gruesas cadenas de lo perecedero, temporal y finito que nos atan a una vida llena de absurdos prejuicios y banalidades.
Desde planteamientos de una elevada consciencia y desarrollo espiritual, podemos romper esas cadenas de lo cotidiano y existencial, de lo efímero y minúsculo que nos separa de la realidad plena de nuestro ser. Nuestra consciencia es una herramienta maravillosa que nos permite crecer, ampliando y expandiendo los límites espacio temporal, para conectar con la esencia que llevamos en lo más profundo de nuestro interior.
Tenemos que recordar que la prosperidad no es ausencia de bienes materiales o espirituales. La prosperidad está presente de manera continua en nuestra vida, aunque queramos ignorarla. La prosperidad va a la raíz de nuestra realidad. Recordando las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset: “Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”
Concluiré esta reflexión con unas palabras de Jesús de Nazaret, El Cristo:
“Reconoce lo que tienes ante tu vista y se te manifestará lo que te está oculto, pues nada hay escondido que no llegue a ser descubierto”
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