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Parece lógico que mientras ese torrente de palabras huecas y superficiales, nos entra por un oído y nos sale por el otro, sigamos enfrascados en nuestras preocupaciones particulares; esas que a nadie le importan porque tan solo a nosotros nos duelen.
Pero siempre voces; propias o ajenas, pero siempre voces. Y así día tras día, mareados por el incombustible ruido del pensamiento. Y es que la mente es una tertuliana maleducada que no calla ni bajo del agua.
Para poder escuchar a Dios o, si lo prefieren, a nuestro yo interior, es imprescindible desconectar la mente y sus ruidos; es necesario quedarse en blanco.
Pero es difícil quedarse en blanco cuando las preocupaciones acucian o las necesidades fisiológicas no están cubiertas. Es difícil pero no imposible; todo depende del control que tengamos sobre nuestra mente, que es la que al final nos marea con su tiovivo de historias inconexas.
A veces es divertido mandar callar a la mente y ver como ésta, tal vez sorprendida por nuestra osadía, enmudece por unos instantes.
Confieso que cada vez que lo hago y la mente calla, entre ofendida y sorprendida, no puedo evitar esbozar una sonrisa.
Nosotros no somos la mente, sino quien debería de mandar sobre ella.
Tan solo desde el silencio y la paz que da la mente amordazada, somos capaces de conectar con la vieja sabiduría de nuestra alma encarcelada. Pero cuidado, porque en ese momento estaremos abriendo la puerta a nuestros ángeles, pero también a nuestros demonios; esos que dormitan en nuestro lado oscuro.
Mucho cuidado. Antes de atrevernos a desconectar el piloto automático, debemos estar seguros que vamos a saber pilotar el avión.
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