En ocasiones conviene recordar un poco de la historia pasada para comprendernos. Le pese a quien le pese, y aunque intentan ocultárselo a las nuevas generaciones, la civilización occidental, nuestra historia, está fundada sobre las civilizaciones griegas, romanas y el cristianismo (en concreto, el catolicismo).
En España, sin ir más lejos, multitud de huellas palpables tenemos de ésto. Ya en los primeros siglos de la era cristiana, hay indicios del cristianismo, traído por el Apóstol Santiago el Mayor. Muchos mártires derramaron su sangre por esta península que, enriquecida por multitud de culturas que iban pasando por sus tierras, iba arraigando una espiritualidad difícil de arrancar.
Actualmente, es una sociedad no solo atea, sino que reniega de ese Dios que era el centro en la vida social y personal de los españoles, el desmoronamiento moral es más que evidente, arrastrando a aquellos que, sin referentes, caen en un nihilismo profundo que va vaciando la vida de sentido. Los jóvenes son las primeras víctimas, y a ellos, principalmente, van dirigidas estas palabras.
Tras la rendición de Granada por parte de los musulmanes en 1492, con los Reyes Católicos se vivió un impulso reformador sin precedentes, en los que se pasó de la Edad Media a la Modernidad. Ello supuso, no sólo la reforma política en una Hispania fragmentada y dolorida tras los muchos siglos de guerras buscando reconquistar las tierras arrebatadas por los musulmanes, no solo se unificó el imperio español. Los monarcas Isabel y Fernando llevaron a cabo una impresionante labor de reforma religiosa. Si bien convivieron durante un tiempo juntas las tres grandes religiones monoteístas: el islam, el judaísmo y el cristianismo, demostró ser un fracaso, y por ello, fue una necesidad urgente preservar España de nuevas invasiones y herejías.
El clero, que había caído en una honda decadencia moral que, hoy en día nos puede avergonzar e incluso escandalizar, fue resurgiendo para, poco a poco, volver a su dignidad original propia de su vocación al servicio de Dios y del pueblo. Surgieron nuevas órdenes impulsadas por verdaderos santos que recorrieron los caminos inhóspitos de una nación que comenzaba a renacer de las cenizas. Santa Teresa de Jesús, San Juán de Dios, San Ignacio de Loyola o los Jesuitas, son algunos de tantos que se fueron sucediendo con el transcurrir del tiempo.
La cohesión doctrinal era fundamental en una época donde la religión no solo era devoción personal, sino identidad de las personas que conformaban las naciones, era garantía de estabilidad social, política y moral. En prácticamente todos los reinos cristianos de occidente, la inquisición era una realidad, pues cualquier desviación de la ortodoxia se consideraba una amenaza. Sorprendente hoy en día, pero quizás, cabe recordar, que la historia pasada no debemos pensarla con los ojos de nuestro siglo, si no más bien, haciendo un ejercicio de empatía, se podría decir, poniéndonos en la piel de esa cultura siglos atrás.
Sin entrar en que en España la inquisición fue la menos agresiva y el último país en institucionalizarla, podemos dar un salto de varios siglos para comparar.
Hoy, no son ahorcados o quemados en las plazas públicas los herejes o desviados de la fe católica al grito furioso de un pueblo espectador sediento de venganza, no, eso es del pasado. Hoy en día los que son ahorcados y quemados en las RRSS, los medios de comunicación o sus entornos laborales o familiares, son los que intentan, de manera ortodoxa, ser coherentes con su fe y su actuar. Y los que aullan pidiendo que les corten la cabeza, son, no solo los que odian a Cristo, si no incluso aquellos que, diciéndose ser cristianos, se han abrazado al relativismo, volviendo a la tolerancia medieval.
Los Reyes Católicos lo tenían claro, sin una uniformidad religiosa, el reino se debilitaría. Y fue bajo este estandarte, como fueron extendiendo esta fe católica más allá de las fronteras de océanos y mares.
España está sembrada de proezas donde la mano divina ha estado presente, desde la Batalla de Covadonga en el s. VIII o la célebre Batalla de las Navas de Tolosa en defensa de la cristiandad donde la infantería española hizo alarde de su magnitud. Los enemigos de “el Imperio donde no se ponía el sol”, siempre al acecho, motivados por recelos y envidias, han acosado durante siglos esta nación. Al ver tan sublime imperio forjado bajo la Cruz, han tratado de romperla desde sus cimientos, no solo a base de mentiras y leyendas negras, si no a base de crueles enfrentamientos. La historia. escrita sobre sangre, da fe de ello.
Pero España, supo mantenerse en pie persiguiendo ese florecimiento tan ansiado. Durante el s. XIII comenzaron a resurgir las primeras universidades con los nuevos ideales cristianos como base. Las creaciones culturales se regían alrededor de la doctrina católica, lo propio en aquella sociedad creyente. Comenzó a surgir toda una colosal imaginería que aún hoy en muchos templos se conservan y que, desde entonces, podemos apreciar en tantas y tantas procesiones de Semana Santa, una expresión cultural de la que se quieren deshacer los amantes del multiculturalismo.
En el Nuevo Mundo España desplegó todo su empeño por hacer de esas tierras cuna de conocimiento, cultura y progreso. Universidades, catedrales, instituciones educativas y hospitales, fueron ocupando los terrenos conquistados. Misioneros llevaron allí el catolicismo dando su vida en martirio en su defensa.
Grandes genios fueron resurgiendo mostrando al mundo la grandeza de lo que es ser español: Cervantes, Calderón de la Barca o Azorín. El Greco, Velázquez, Murillo o Zurbarán. El ritmo de los días estaba marcado por el latido espiritual y cultural que daba sentido a esos españoles que se levantaban una y otra vez con esperanza y valentía.
Con el paso de los siglos, con la sucesión de monarcas y dirigentes políticos, España pasó de ser el corazón fuerte de occidente, un imperio glorioso lleno de héroes, pionera de los Derechos Humanos, modelo de un pueblo fiel y creyente y ejemplo de soberanía y rectitud, a una nación que se desquebrajaba y se hundía.
Hoy, en el s. XXI, en una España colonizada por multitud de ideologías, lejana a esa fe practicante que la caracterizó durante siglos, corrompida por la avaricia política y la degradación moral, con una decadente base cultural, siguen apareciendo españoles que, deseos de renacer, gritan en búsqueda de esa unidad y heroicidad que nos caracterizó, en búsqueda de la verdad y el sentido.
Hoy, en una España que abre las puertas y se arrodilla ante los que antaño nos pisotearon y humillaron, que se deja llevar por burbujas progresistas materialistas y hedonistas, debemos repensarnos para sacar de nuestro interior, ese orgullo que esta nación española, a tantos héroes debe su sangre derramada por defenderla y amarla.
Es momento de sacar pecho y demostrar que, en España, hay todo un ejército de jóvenes dispuestos a emprender la batalla por la reconquista de esta nación que nos pretenden arrebatar.
Espero y deseo que tú, joven, seas parte de ellos.
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