El Conde de Romanones fue un político liberal, presidente del Senado y del Congreso de los Diputados, además de ministro durante el reinado de Alfonso XIII. Se llevó una decepción tremenda cuando en su aspiración para ingresar en la Academia no consiguió ningún voto, a lo que la leyenda dice que respondió: ¡vaya tropa! Pero lo importante, para lo que deseo contar, fue su relación con la prensa. Se decía que, cómo era posible que siendo como era…, la prensa siempre estuviese de su lado. La respuesta, venida por las malas lenguas, era que como sabía que los periodistas estaban siempre lampantes, la mayoría no tenía sueldo fijo, decidió pagarles para que escribieran a favor de él. De esta manera, cada vez que hablaba en la Cortes, las críticas que aparecían en los diarios normalmente le eran favorables, incluso si defendía al rey en las Cortes republicanas. También se dice que esto no fue lo peor, pero sí que con su conducta creó escuela y otros decidieron seguir su estela y, de ahí la creación del término “síndrome de Romanones”.
Pues bien, nuestro Presidente, Pedro Sánchez, ha atacado, de nuevo, a varios medios de comunicación, en concreto a Libertad Digital y The Objective, por sacar una noticia relativa a su estado de salud. Le recuerdo al señor Presidente que cuando otros mandatarios han estado enfermos, sus gobiernos han dado las noticias con calma y prudencia, pero sin dejar de informar al pueblo al que representan. Por su cargo y responsabilidades se trata de un asunto público y político. España no tiene por qué ser distinta y menos transparente que otras democracias en esta materia que, aunque sea delicada, no puede mantenerse secreta. Lo que no se debe hacer, ni se desea, es apoyarse en la prensa amarilla que le sobreprotege, al hilo de lo que ya hizo Willian Randolph Hearst, a finales del siglo XIX, con la intención de arengar al pueblo americano en contra de España, con el único objeto de robarnos Cuba a base de mentiras contrastadas. Usted, por desgracia ya tiene un círculo de adoradores en los medios, tales como: Pepa Bueno, Silvia Intxaurrondo, Xavier Fortes, Jesús Cintora, Gonzalo Miró, Eva Santaolla y otros. ¡Que más quiere!, deje que algún medio opine de forma diferente, no sea tan presuntuoso que no todo el mundo le tiene que alabar a todas horas y, no por eso, se les puede llamar pseudo medios, creadores de fango y otras simplezas de esa índole: Ya está bien ¿no le parece?
Si persiste en su empeño, le queda otra solución, de la que puede que me arrepienta si le da el impulso de tomarlo de forma literal. En el año 1931, Don Pedro Muñoz Seca estrena su obra LA OCA (Liga Ácrata de Obreros Cansados y Aburridos), la obra manifestaba una atrevida crítica a la Reforma Agraria que había planteado la República. Esto fue muy peligroso, porque al contrario de las críticas que intelectuales como Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno harían de las barbaridades que empezó a hacer el gobierno republicano desde el primer día de mandato, la obra de Muñoz Seca, por su forma de ser contada, con ese ingenio innato que tenía Don Pedro, la clara mordacidad y la comicidad propia y aumentada del sainete madrileño, hizo que los propios trabajadores y jornaleros la siguieran con profusión, dándose cuenta, de una forma tan irónica, que eso del igualitarismo y el marxismo no eran la solución, idílica y romántica, que se les estaba planteando desde los organismos oficiales. Se dice, que para contrarrestar esto, desde la misma embajada de la URSS en Madrid empezaron a salir billetes para pagar a periodistas que hiciesen críticas amargas contra la obra de Don Pedro. Espero que no coja usted, señor Presidente, este malo, deleznable y antidemocrático hábito, simplemente se lo he expuesto con esta intención.
No se da cuenta, y por desgracia ninguno de sus cientos de asesores tampoco, que la propaganda a favor de un mandatario sólo funciona en un régimen dictatorial sospechoso; en un país democrático, aunque la democracia esté diezmada, el ciudadano sigue teniendo capacidad de crítica y la fuerza para provocar el cambio de gobierno a través de las urnas. Durante el siglo XX hemos vivido situaciones horribles que cercenaron por completo el sistema de libertades individuales y colectivas. La época de Goebbels con su feroz propaganda, previa aniquilación de los medios contrarios al régimen pasó, exactamente igual que la de Münzenberg extendiendo por Europa las maravillas de la Unión Soviética de Stalin. Este último, sí convenció a una serie de intelectuales que ayudaron en la propaganda. Muy famosas fueron las odas de Pablo Neruda al dictador soviético, así como las visitas de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir al dictador, donde éste, sin ningún tipo de escrúpulo, les mostrada granjas-escuela preparadas en sitios aislados, como ejemplo de los que era la placentera y feliz vida colectiva en el comunismo, después de haber aniquilado a la clase media y de haber instaurado la dictadura del proletariado. Había que tener la cara de cartón para luego extender esto por Europa, y para eso estaba el señor Sartre y su célebre pareja.
Me parece señor Presidente que esos tiempos ya pasaron, usted tiene demasiada vinculación con el Grupo de Puebla, esa pesudo internacional comunista del siglo XXI entre los países iberoamericanos, donde a usted le pueden recibir bien, entiendo que para pedirle dinero y poco más, y porque sus soflamas anticapitalistas les harán gracia, pero dese cuenta de cómo están acabando esos países, más de uno convertido en narcoestado.
Además, corre el peligro que corrió Stalin, cuando acogió al conocido escritor de la Guerra de los Mundos, H.G. Wells, para que lo entrevistara. El encuentro tuvo lugar en Moscú en julio de 1934 y se produjo porque el escritor, famoso por sus novelas de crítica social, se creía que iba a hacer una entrevista en la que demostrase que el estalinismo había sido el último avance de la Humanidad hacia la perfección y la igualdad. Al comienzo de la entrevista, el dictador le dice que el mundo se dividía entre ricos y pobres, mientras que en la sociedad comunista primaban los beneficios colectivos frente a los individuales. Wells, sin dudar ni un segundo, le dijo que había una serie de intelectuales dispuestos a hacer el cambio a una sociedad socialista, una clase media, que lo apoyaría, pero que la distinción entre ricos y pobre era una visión un tanto pueril de la sociedad.
Stalin, no creía como alguien había ido a su casa a desacreditarlo de aquella manera e insistió que la sociedad era así, y que dependía de lo que las masas trabajadoras hicieran. Wells se dio cuenta de que le estaba respondiendo con eslóganes manidos, y le dijo que lo tendría que vencer era el uso de la razón, por esto se atrevió a decirle que se creía más de izquierdas que él.
Wells percibió que se acababa de convertir en enemigo de Stalin, pero aun así continuó con su razonamiento diciéndole que sus alegatos sonaban a sociedades muy retrasadas y que las modernas no se podían construir de esa forma. El escritor británico comenzó a rebajar el tono y acabó diciendo a Stalin que ya había visto la cara contenta de sus ciudadanos. Al igual que le pasó a Gorki, a cuyo hijo mató la policía soviética en 1935, decidió callar frente a la comunidad internacional. Gorki ocultó el desarrollo del Gulag (campos de concentración soviéticos), que conocía muy bien, y Wells optó por mantener el engaño, la farsa y la manipulación. La figura de Stalin, en ambos casos, pudo a la de los escritores. Así quedó coartada la libertad de información y de prensa en el régimen estalinista. ¿Usted no es así, verdad señor Sánchez?
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