En la Antigua Roma, Cicerón extendió la idea de que el trabajo era un castigo, refiriéndose al poco valor de los trabajos manuales y en favor de las profesiones intelectuales y liberales. La idea fue evolucionando con los siglos y en España se llegó a hacer la distinción entre labores nobles y labores viles. El punto álgido de la distinción llegó cuando hubo quienes renunciaron al trabajo por considerarlo indigno o deshonroso.
Tuvimos que esperar a la llegada de Carlos III en el siglo XVIII para que la situación cambiase. El rey se vio obligado a tomar medidas, y el 18 de marzo de 1783 decretó la cédula real en la que se declaraba lo siguiente: “que no solo el oficio de curtidor, sino también las demás artes y oficios de herrero, zapatero, carpintero y otros a ese modo, son honestos y honrados; y que el uso de ellos no envilece a la familia, ni a la persona que los ejerce, ni inhabilita para obtener los empleos municipales de la República en que estén avecindados los artesanos o menestrales que los ejerciten; con los demás que se expresa”.
Con esta medida, que tuvo que tomar para superar una crisis económica severa, permitió que los nobles entrasen al mundo laboral a la vez que dio acceso a que otros optasen a la nobleza y a cargos públicos que antes no podían. Es decir, acabó con las desigualdades laborales.
Me da la impresión de que, en la actualidad, la gran mayoría de los que exigen de forma gratuita la distribución de la riqueza mundial, tienen poco amor al trabajo y apego a la empresa, que es una de las cosas que pretendió Carlos III, siendo esto esencial para prosperar y mejorar las condiciones económicas.
Por descontado tenemos que decir que la pobreza en el mundo lleva décadas disminuyendo de forma sostenida y constante. Es una falacia demasiado simple, el decir que la riqueza mundial se encuentra en manos de unos pocos y que por esta causa la pobreza mundial aumenta. La afirmación no se sostiene bajo ningún tipo de argumento coherente. Basta con exponer un dato clarificador: el tramo de personas que tienen de patrimonio entre 100.000 y 1 millón de dólares acumula en torno al 40% de la riqueza global. ¿Esto qué significa? Que cualquier ciudadano que sea propietario de una vivienda y haya amortizado una parte importante de su hipoteca ya se encuentra en este tramo. Este señor no es un gran empresario ni un especulador, simplemente es la clase media de Occidente que es la que acumula gran parte de la riqueza mundial.
Por otra parte, hay que reseñar que de la población mundial, solo el 1,5% supera el millón de dólares. En este tramo se encuentran desde Elon Musk hasta cualquier persona que tenga su casa pagada, haya ahorrado y tenga alguna inversión. Este rango de población concentra el 48 % de la riqueza mundial. Luego la riqueza no está acumulada en manos de unos pocos multimillonarios, sino que se encuentra entre las clases medias-altas del planeta.
Uno de los objetivos de los gobiernos de la izquierda es la intención de igualar las rentas. Si tuviésemos que hacer esto, la mayoría de los españoles tendrían que desprenderse de gran parte de sus propiedades y ahorros. La renta per cápita de nuestro país es el doble de la renta mundial, esto quiere decir que si se hiciese un reparto totalmente equitativo para igualarnos a los países más pobres, cada español tendría que ceder el 60% de sus ingresos a los más necesitados, y esto antes de pagar impuestos.
Además de esto, algunos economistas, “analistas políticos” (que es un término que yo creo que se le suele aplicar al que no sabe de nada, pero opina de todo), folclóricos y demás fauna televisiva que por lo general es poco ávida a buscar trabajos en los que se pudiesen desarrollar gracias a sus conocimientos, se empeñan en querer distribuir la riqueza de fortunas como la de Elon Musk o Amancio Ortega. Les voy a aclarar una cosa con la intención de que se enteren de algo y dejen de hacer el ridículo a diario con su absurda pretensión, aunque el necio rara vez se da cuenta de su necedad. La riqueza de patrimonios como el de los dos personajes aludidos no existe. Repito, no existe, sus patrimonios están valorados en la cartera de acciones que tienen de sus empresas, y estas acciones tienen precisamente este valor porque tanto Elon Musk como Amancio Ortega están presentes en sus compañías. En el caso de que se intentase redistribuir los activos de estas empresas, perderían valor en el acto y nadie se beneficiaría de ello. Si sus dueños desapareciesen la confianza que el mercado tiene en ellos y en sus equipos directivos se desvanecería y el valor de las acciones caería de forma fulminante. Luego la mejor forma de que estos señores generen riqueza, es decir empleos de calidad, es que se les deje en paz y continúen con sus propósitos empresariales.
Hoy por hoy, la única forma de reducir la pobreza, y está demostrado de forma empírica, es integrando a los países más pobres en los circuitos de comercio internacional para que desarrollen sus economías de mercado. Tal y como ha sucedido con países como Bangladesh, Vietnam e India. No me vale la falacia, de nuevo, sobre la explotación laboral en estos países por multinacionales europeas y americanas. Pregunten a sus trabajadores si prefieren sus condiciones de vida actuales o las que tenían antes de que el comercio y la fabricación se instalasen en sus países.
La globalización no es la causante de la pobreza, como suelen alegar los aludidos con antelación. La pobreza la extienden regímenes abyectos, gran parte de ellos neomarxistas como en África, que abusan de forma indiscriminada de su población. El comercio se ha de extender con moral y ética a los países que aún no lo tienen y de esa forma evolucionarán como lo han hecho el resto. Por cierto, la globalización, señores comunistas, la inventó España en el año 1492 con el descubrimiento de América. Desde ese momento se comenzó el tránsito de productos a través del Océano Atlántico hacia Europa y viceversa, y poco después desde el Pacífico (Filipinas) a España. Luego tendríamos que sentirnos orgullosos del término.
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