Reproducimos un extracto del libro ‘Chueca no está en Teherán, contra el caballo de Troya del multiculturalismo’ (Editorial Rambla), del que es autor el periodista Enrique de Diego, y que se pone a la venta esta semana:
Un barrio de homosexuales o cuyo paisaje es la homosexualidad manifiesta sólo es posible en una sociedad abierta. Las costumbres noctámbulas de ese ‘colectivo’, al menos en Chueca, parecen provocar molestias entre los heterosexuales jubilados del barrio, pero ése es un conflicto asumible. La posibilidad de que homosexuales e integristas convivan, como pretenden los socialistas y los progres, es totalmente imposible. En la parte final del libro, se reproduce el Hadd de Lavat, el castigo de la sodomía, tal y como se explicita en el Código penal iraní, transferencia directa de la sharía. La sentencia, adelanto, es pena de muerte.
El ejemplo encuentra todo el sentido, puesto que los homosexuales, muy subvencionados, y los islamistas, también favorecidos por el dinero público, constituyen dos grupos mascota de los ungidos socialistas españoles. Mas la posibilidad de convivencia entre ambos no es una utopía, es una supina estupidez. Chuecha y Chuecanistán no pueden coexistir. No hay nada parecido a Chueca en Teherán. Es notorio que el archisubvencionado ‘día del orgullo gay’ nunca podría tener lugar por las calles de Teherán, ni de ninguna otra ciudad musulmana.
La República islámica de Irán ha colgado de una grúa -la brutal forma de ejecución- a 4.000 homosexuales, dato ofrecido por Amnistía Internacional en su página web. Los vecinos homosexuales de Chueca colgarían los viernes de las grúas de Chuecanistán. De hecho, una buena parte de los homosexuales holandeses, como dato más allá de lo anecdótico, han votado a las candidaturas de Wilders; ocurre que, desde los barrios musulmanes, se efectúan auténticas razias hacia los de presencia significativa homosexual. Eso es la realidad del multiculturalismo, como lo son las mujeres a las que no se permite salir de casa en Cunit.
El multiculturalismo siempre ha sido, en la teoría, un imposible metafísico, una completa contradicción en los términos; en la práctica no queda otra que, con urgencia, antes de que los daños del mal sean irreversibles, certificar su fracaso y desmontarlo.
Lo que convierte este desvarío en directo ataque a la civilización y a la misma supervivencia de las gentes, es que, además, es una estafa, porque se obliga a las potenciales víctimas a sufragar el riesgo cierto. Los argumentos para expoliar los fondos de las víctimas futuras no esconden el chantaje del terrorismo y del fanatismo.
Amparo Sánchez Rosell, presidenta del Centro Cultural Islámico de Valencia, solicita que el Estado pague un sueldo a los imames, «como se hace con los párrocos», para evitar que lleguen a esos puestos «iluminados» y el radicalismo campe por sus fueros. Idéntico argumentario utiliza el presidente del Consejo Islámico Valenciano, Imad Al Naddad para quien el que el Estado -los contribuyentes- financie a los imames de las mezquitas en España es la «única forma de cortar las líneas de financiación de países extranjeros» y para que su mensaje «no sea incendiario» por «la influencia de quien lo financia».
La mafia hace chantajes ínfinitamente más sutiles, del tipo de ‘le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar’, pero es delictivo que los haga en público y, por supuesto, no se airean, con tal naturalidad, en los medios de comunicación. La propuesta es que el Estado pague una comisión a cambio de protección ‘religiosa’ o contra incendios, mas, en tiempos de mayor racionalidad, lo que se impone es una investigación sobre las fuentes de financiación exteriores dispuestas a tener a sueldo a los ‘incendiarios’, para cortarlas y exigir explicaciones, así como poner en cuestión la misma legalidad de las mezquitas.
Es inveterada experiencia que el chantajista nunca pone límites a sus exigencias. Los contribuyentes financian con sus impuestos a quienes predican su exterminio. Sólo falta que se cedan terrenos en Chueca para erigir una mezquita. Pronto estarían los homosexuales mirando hacia La Meca. Eso sí sería multicultural.
Multiculturalismo es más difícil de definir de lo que aparenta en principio. Se trataría de la «convivencia de diversas culturas», pero cultura, en el sentido ilustrado, occidental, hace referencia, sobre todo, a la persona y al «conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico», aunque también al «conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social».
Ambas acepciones entrañan cierta contradicción, pues esa idea de la cultura del grupo, si se entiende en sentido unívoco o esencialista, elimina el perfeccionamiento personal y el juicio crítico. Por ello, hemos de calibrar, en primer lugar, si dentro del grupo no se establece como ‘cultura’ la eliminación de la libertad personal y de la diferencia, si una de las notas constitutivas o no es la pluralidad, la diversidad, la individualidad.
Aunque la segunda acepción es más cercana a folclore, en caso de que esa cultura del grupo restringiera los derechos personales estaríamos ante una ‘cultura cerrada’, ante una cárcel para la persona, ante la barbarie y el totalitarismo tribal. Una supuesta cultura que no admite la ‘convivencia’ en su interior se inhabilita para convivir con otras culturas. Establece una ‘identidad’ cerrada o uniforme, una especie de canon, al que todos han de someterse, adecuando a ella su conducta, pero tal identidad resulta imposible de definir y de obtener; implica conceder al grupo o al Estado una fuerte capacidad de coacción para la búsqueda de esa esencia inexistente.
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