Y así nos encontramos el esperpento de un Partido Popular aislable por un obsceno cordón sanitario y al que se examina día sí y día también sobre su conducta para tolerarlo en el sistema democrático.
Yo me resisto a admitir, rechazo con todas mis fuerzas, que un 40% de la sociedad española (los votantes del PP) sea fascista, prefascista o fascistoide. Como resulta risible la autocomplacencia zapateril de autoafirmarse como la izquierda progresista.
Para buen ejemplo, véase su genuflexa actitud con el poder real, con el poder financiero, al que ni siquiera ha rozado (¿conocen vds. alguna iniciativa que haya puesto coto a los desmanes de la banca en sus privilegios hipotecarios, en su creatividad financiera mediante los seguros sobre los intereses?. Yo tampoco).
Es esa pseudoizquierda mantiene iconos, mitos referenciales a los que acogerse por impresentables y repugnantes que estos sean.
Que Cuba es una férrea dictadura violadora de los derechos humanos, con una población pauperizada y una economía en quiebra por incompetencia y corrupción es una verdad evidente, para la que no hacen falta más allá de 20 minutos en La Habana.
Pues bien, esos viejos fósiles de ideologías periclitadas han rechazado en el Parlamento Europeo el otorgamiento del premio Sárajov al disidente cubano Guillermo Fariñas.
Son los mismos que mantuvieron su comprensión por las dictaduras comunistas del este afirmando unas virtudes sociales que nunca existieron. Los mismos que para sí exigen esos derechos que niegan a otros.
No es un problema de conocimiento, sino de racismo ideológico. Los derechos van por países: lo que exigen como europeos, no se lo merecen los cubanos.
NOTA.- este artículo se publicó originalmente en La Gaceta
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