El asalto a la embajada británica en Teherán ha mostrado laverdadera naturaleza cínico-liberticida del régimen de Ahmadineyad. La reacción desde el número 10 de Downing Street, expulsando al cuerpo diplomático iraní acreditado en Londres, es una señal de que Reino Unido no opta por la táctica del apaciguamiento.
OPORTUNISMO IRANÍ
1979 se repitió la semana pasada en Teherán. Esta vez no ha sido Estados Unidos la víctima de la irracionalidad iraní sino que le ha tocado el turno al principal aliado de la Casa Blanca en lo que a cuestiones de seguridad se refiere. Considerar esta agresión como un hecho aislado nos condenaría a repetir errores recientes.
En primer lugar, porque ha estado marcada por el oportunismo ya que a nivel de política doméstica, el gobierno de David Cameron atraviesa un momento complicado consecuencia de la crisis económica, lo que le ha obligado a adoptar una serie de medidas impopulares (básicamente, destinadas a contener el gasto público) que han desatado oleadas de protestas.
A comienzos de los años 80, Margaret Thatcher vivió un fenómeno similar frente a los mineros del que salió victoriosa, esencialmente porque llevó a cabo una política basada en principios, no en conceptos tan biensonantes como vacuos.
En segundo lugar, porque desde la concepción iraní, el hecho de que el gobierno de Reino Unido haya optado por dotar de un enfoque pragmático a las relaciones internacionales, acentuando el componente comercial de éstas, Teherán lo interpretó como un desapego hacia las cuestiones de seguridad por parte de Cameron, esto es, como un síntoma de debilidad. Nada más lejos de la realidad.
En tercer lugar, porque en lo que a política exterior se refiere, la reaparición del núcleo duro euroescéptico dentro del partido y las críticas vertidas hacia los posibles desarrollos de la UE trazados por el binomio Ángela Merkel-Nicolás Sarkozy, vienen monopolizando las energías del Primer Ministro en los últimos tiempos.
La suma de estos tres factores hace que la elección de Reino Unido no sea un hecho casual. Además, debemos sumar un cuarto factor que avala nuestra tesis: el Partido Conservador fue tan contundente hacia Irán mientras estuvo en la oposición como lo está siendo desde que accedió al gobierno en mayo de 2010.
Al respecto, en el manifiesto electoral titulado Invitation to join the government of Britain, dentro de las amenazas a la seguridad se citaba, ocupando un lugar preferente, Irán. Más en concreto, se hablaba de apoyar los esfuerzos internacionales destinados a evitar que consiguiera la bomba atómica.
En sentido, lo expresado por William Hague (Ministro de Exteriores británico) una vez fue asaltada la embajada ilustra de igual manera el proceder de su gobierno y de su partido en los meses y años previos. Con sus propias palabras:
las relaciones entre Irán y Reino Unido son difíciles. Nosotros públicamente hemos diferido del programa nuclear iraní y sobre cómo gestiona el tema de los derechos humanos, no hemos mantenido en secreto nuestros puntos de vista. Nosotros hemos estado entre los más destacados países que apuestan por ejercer una pacífica y legitima presión internacional sobre Irán en función de las disposiciones establecidas por la OIEA.
En efecto, aunque escenarios como Irak o Afganistán han ocupado la mayor parte de las disertaciones de David Cameron, William Hague o Liam Fox (titular de Defensa hasta el pasado mes de octubre), esto no significó que Irán quedara obligatoriamente en un segundo plano.
DAVID CAMERON RECHAZA LA TESIS DE LA ESPONTANEIDAD
El asalto de «ultraje» por David Cameron, acusando directamente a las autoridades gubernamentales iraníes de haberlo permitido. Éstas, por su parte, en una actitud cínica e hipócrita, han tratado en todo momento de desvincularse de los acontecimientos, queriendo dar la sensación de que se trató de un movimiento espontáneo.
En íntima relación con esta idea, nos encontramos con la segunda parte de la respuesta tory. Ésta tiene que ver con el terreno de los hechos prácticos ya que defendió el aumento de las sanciones por parte de la UE al gobierno iraní, no como reacción a un hecho puntual (la invasión de la embajada) sino a otro de carácter más amplio: el peligro que supone para la seguridad regional (y global) el país asiático.
Consecuentemente, el gobierno británico podía haber optado por una respuesta fácil, buenista, diplomática y políticamente correcta centrada en agradecer los esfuerzos de los cuerpos policiales iraníes a la hora de restablecer el orden en el edificio consular. Acertadamente no obró así, siendo William Hague muy realista en sus apreciaciones:
la mayoría de los manifestantes eran estudiantes procedentes de una organización miliciana controlada por el régimen iraní.
EN CONCLUSIÓN
El Partido Conservador siempre ha prestado atención a lo que ocurría en Irán desde un doble plano: por un lado, la persecución a la oposición política en el interior del país y por otro, el desarrollo de un programa nuclear con el que amenazar a la región, especialmente a Israel.
El apoyo a las nuevas sanciones económicas el pasado 21 de noviembre sirvió de «excusa» para que estudiantes iraníes tomaran la embajada británica en Teherán con la total aquiescencia y permisividad del gobierno de Ahmadineyad.
Alfredo Crespo Alcázar es autor de ‘Cameron: tras la senda de Churchill y Thatcher’ (Editorial Siníndice)
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