Ha muerto José Luis Gutiérrez. Como modesto homenaje a su memoria, este 22 de mayo de 2012 querría escribir un texto sin eufemismos, de los que él apreciaba en su ya rara vocación de mantener la independencia y explicar con sinceridad lo que pasa.
Dos muestras aparentemente diferentes coinciden en el mismo tiempo político y nos transmiten la misma lamentable sensación de prepotencia, falta de sinceridad, estulticia o problemas cognitivos, sino de complacencia con el lado oscuro de la Fuerza por parte de las instituciones de la Monarquía o de sus ocupantes.
Por un lado, el fiscal encargado de investigar la posibilidad de un supuesto delito de apropiación indebida de caudales públicos por parte del presidente del CGPJ, sostiene que el susodicho acusado colega está limpio de polvo y paja ya que en las cantidades supuestamente desviadas para financiar asuntos privados o personales en excursiones de fin de semanal a Marbella no cabría observar una intención de lucrarse o aprovecharse en su beneficio.
Y que además ya el propio sistema desde 1996 se encargaba de facilitar la ocultación o impunidad de los posibles abusos cuando autorizaba los desplazamientos sin tener que explicar sus motivos. Pero algunos de los compañeros del CGPJ consideran que aunque no hubiere delito punible, sí abuso de poder. De modo que ya veremos qué pasa en un país en el que no dimite nadie.
Por otro, el ministro de Hacienda después de amenazar con el látigo de la austeridad a los colegas y compañeros autonómicos va y dice ahora con todo su gracejo andaluz que el sistema autonómico español es un peculiar logro nuestro, una conquista del Régimen, que lo que pasa es que en el extranjero nos tienen envidia por nuestras conquistas sociales y no un sistema caro, ineficiente, liberticida y corrupto en sus propios términos cuya principal misión demostrada es facilitar el despilfarro en las cuentas públicas y la colocación al completo de una abundante y nociva casta parasitaria.
Y todo ello en medio del bien ganado ridículo internacional del fantástico reino de España, un reino de las Mil y Una Noches o de los mil y un pufos, que es incapaz de presentar unas cuentas públicas coherentes y veraces. Cuestión en la que el segundo presunto susodicho prócer es corresponsable.
De modo que sendos carpetazos desde el Poder y el respetable público pagano que se disuelva, se calle, deje de rezongar y no fastidie a los próceres. Tales aparentes insultos a la inteligencia del saqueado ciudadano pueden comprenderse por la sensación de insultante impunidad que tiene el Poder de sí mismo, por muy indigente moral o incompetente que se demuestre, así como por el conformismo lanar de los administrados que tragan con todo. Y hasta ahora no aciertan a defenderse. Mal se queja quien se deja.
El sistema político económico financiero español gira y gira en su prepotencia como caballo de Atila arrollando y devastando lo que estorba su paso, pero la Historia de España nos indica que sus beneficiarios quizás harían mejor en no fiarse de su aparente impunidad ni menos hacer ostentación de ella. Con o sin nuevos peajes, arrieritos somos.
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