Puede que sean días para leer El País, un país con comillas, de papel periódico, que en pleno ocaso de su imperio multimedia está dispuesto a instalar el caos en el país sin comillas, de carne y hueso, utilizando a 47 millones de españoles de escudos humanos. Puede que sean días para ponerse El Mundo de Pedrojota por montera y saltar a la plaza de la historia a hacer lo que lleva haciendo este pueblo durante siglos: no dejar otra vez, siempre, piedra sobre piedra.
Cebrián y Pedro Jota, sólo son las puntas de un iceberg mediático que se deshiela irremisiblemente por el cambio climático económico. Han descubierto la línea editorial e informativa como arma de destrucción masiva y le han mostrado al resto de sus colegas de prensa, radio y televisión el camino a seguir para alargar la agonía de los medios de incomunicación social «made in Spain»: en aguas revueltas ganancia de pescadores.
Puede que sean días para reírnos con los inteligentes chascarrillos del Gran Wyoming, ese doctor en risoterapia televisiva que lleva un horror intentando inscribir en una losa la versión cómica del trágico epitafio de Larra: «aquí yace media España, murió de la risa de la otra media».
Puede que sean días de adhesiones inquebrantables en páginas de opinión, de vigías de occidente avisando de confabulaciones judeo-masónicas desde lo más alto de sus columnas, de inventores de eutanasia democrática, de tomas de la Bastilla por control remoto on line, de «elefantes blancos» esperando a la luna de Valenciano un arrebato de otro tonto útil, de Milanes del Bosh, sin graduación, sin uniforme, que ya no declaran estados de sitio acojonando al personal con carros de combate, sino «estados de opinión» a través del escalofriante tam tam de los tambores de guerra en la jungla inescrutable de Twitter.
Puede que sean días de unos intentando poner palos en las ruedas de la democracia española y otros intentando ponerle el cascabel al gato que está triste y azul en la calle Génova.
El déficit mediático
No nos llegaba con el dichoso déficit de las cuentas públicas, del empleo, de nuestra democracia, de la casta política, de la honradez nacional, de la confianza en el exterior y en el interior, y nos encontramos ante este déficit mediático, esta guerra civil por la audiencia, esos debates amañados a gusto de los respectivos colores con los que los lectores, los oyentes y los televidentes contemplan la vida.
No nos llegaba con la pérdida lenta y segura de derechos adquiridos, y hemos entrado en barrena en el derecho a la información veraz y contrastada de los ciudadanos. Es un sarcasmo que los mensajeros que tienen que difundir las malas nuevas de la financiación del Estado, de la Banca, de los Sindicatos, de las Patronales y de los partidos políticos, a través de inescrutables y sospechosos caminos, resulta que al final forman parte del problema.
Éramos pocos, olía poco este país a cloaca, y ha parido la España mediática. Ya tenemos en lista de espera un nuevo y feo asunto que lleva años oliendo a podrido: la financiación de los medios de comunicación privados (con afán de lucro, naturalmente) con fondos públicos. Es, opaca, partidista y reincidente.
Probablemente incurre en prevaricación, roza el cohecho, se doblega al chantaje y consagra un modelo nauseabundo de utilización indebida del botín fiscal que los gobernantes usurpan a los gobernados. En los grupos mediáticos de presión vuelan los mismos «pájaros» que en las instituciones financieras, en los gobiernos, en los partidos políticos o en los clúster sindicales y patronales. Cuándo, cómo, quién se atreverá a ponerle el cascabel a ese gato, ¿eh?
Lejos de mi la funesta manía de matar al mensajero. Pero tampoco es cuestión de aceptar los mensajes adulterados, los silencios que cotizan en bolsa, las medias verdades y las medias mentiras que siempre dejan a los españoles entre Pinto y Valdemoro.
Dejadme la esperanza de la Justicia. Esa vieja dama con los ojos vendados que, por lo menos de palabra, exige la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, que lo he visto yo en las pelis de abogados «made in USA» El problema no son los mensajeros, ¡angelitos míos!, sino el «mensaje», la línea editorial e informativa de una España mediática en quiebra técnica, miradla, sometida a la ley de la oferta y la demanda, vendida al mejor postor en cash publicitario institucional, en subvenciones en A o en B o en especies: esa chistera de la que salen adjudicaciones digitales, concursos a medida, informaciones en exclusiva, prorrogas fiscales y todo tipo de conejos de la suerte.
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