Siempre nos quedará Adolfo, aquel chico de Cebreros que se tiró en marcha de una España al pairo, que deshojaba la crucial margarita de su historia y todavía corría el peligro de dejarse arrastrar por la inercia del Movimiento Nacional. Nos quedará la imagen de aquel modesto Seat 127, ¿recuerdas?, como paradigma del primer coche oficial que trasladaba a un Presidente de Gobierno español hacia el paraíso perdido de la libertad.
Siempre nos quedará Suárez, aunque le joda al franquismo genético transexual, a la izquierda jurásica y obsoleta que se sometió a sucesivas operaciones de cambio de sexo ideológico, a la ilustración enquistada en la macedonia de partidos políticos, a los banqueros del Régimen, de cualquier régimen, por los siglos de las siglas o a la Corona que le dio el beso de Judas y lo vendió por treinta años de buen rollito Juancarlista.
Repones una y otra vez la historia, como reponen una y otra vez Casablanca, y al final se te escapa un susurro nostálgico que podría denunciar por plagio el fantasma de celuloide de Humphrey Bogart: ¡siempre nos quedará Adolfo Suárez!
¡VÁYASE SEÑOR RAJOY!
Escribo estas líneas, director, mientras me repongo del susto que nos dio ayer, 22 de mayo de 2013, José María Aznar intercalando versos de Jorge Manrique, «cualquier tiempo pasado fue mejor», con amenazas caducadas al puro estilo del general Mc Arthur: «¡volveré!»
Las escribo con la impresión de haber asistido desde el salón de mi casa a una adaptación libre de El Gran dictador en un plató de Antena 3. ¡Muy bueno lo suyo, Gloria Lomana! ¡Cómo se parecía el actor protagonista a Charles Chaplin, qué novedoso sacarle a escena sin bigote y qué sutil la parodia de jugar con una parte del mundo llamada España a todo color, como el Charlot original jugó una vez con el globo terráqueo en blanco y negro!
Ya sé, ya sé que me he levantado con resaca televisiva. Me está bien empleado, oye, por haberme olvidado de que los medios de comunicación españoles, con honrosas excepciones, suelen darte productos escritos, radiofónicos o televisados de ‘garrafón’. Esta mañana me confunde, como al tal Dinio solía confundirle la noche, y ya no sé si ayer volví a ver en la tres Entrevista con el vampiro o una versión de la Biblia en la que Abraham Aznar acuchillaba con saña a su ‘amado’ hijo Isaac Rajoy, por su conciencia, por su partido, por España, naturalmente, ignorando aquella voz del más allá que salía por la boca de Paco Marhuenda: «¡detén tu mano, José María!»
LA TRAICIÓN A LA CLASE MEDIA: DE AQUELLOS POLVOS, ESTOS LODOS
Lo único que sé es que me siento el último mohicano, entre muchos silenciosos y anónimos últimos mohicanos, de una honrada e ilusionada clase media arrasada por el holocausto político, económico, social, autonómico, soberanista, financiero, mediático de las últimas tres décadas de España. Es imposible analizar estos lodos que anegan este país sin hacer una revisión histórica de los polvos en su origen.
Aquel socialismo que se puso el frac y probó el caviar. Aquel Isidoro que flipó con Sarasola, Boyer, Solana, Pacoordoñez, Mariano Rubio y demás especies del discreto encanto de la burguesía, y acabó en los brazos de Luís García Cereceda. Aquel Guerra que descubrió que la política también era de pana, resistente y duradera como su paradigmática chaqueta de guerra. Aquellos líderes sindicales que han ido demostrando con nóminas, coches oficiales y sangrantes capítulos de dolce vita, la veracidad de la teoría de la evolución de las especies.
Aquel Aznar de clase media que renegó de su origen en la boda de su hija en El Escorial, entre obscenos sobresueldos, vergonzosas sobreactuaciones en Camp David y vergonzantes fotos de las Azores. Ese Zapatero que se dejó deslumbrar por el papelón de pijo-progre, jugando a Robin Hood con el dinero y el futuro de los españoles. O, bueno, este Rajoy convertido en estadista advenedizo, que ha dejado de ser plebeyo y se levanta todas las mañanas convencido de que once millones de españoles no le han votado para ser un simple Presidente de Gobierno, sino para erigirse en un «rey sol» en pleno siglo XXI, mientras Moragas le susurra al oído: «el estado eres tú».
Y todo ello, aderezado durante tres décadas con ministros, consejeros periféricos, barones autonómicos, Bonos, Cospedales, Sorayas, Rubalcabas, Valencianos, Montoros, Guindos, de toda época, de toda condición, de todas las siglas, convertidos en nuevos aristócratas de sucesivas cortes podridas por la corrupción, la avaricia, la prepotencia, la impunidad y un pueblo resignado a aceptar partitocracia absolutista como animal de compañía democrática.
Este es el panorama de España. Antes y después de la ilustrativa entrevista de Aznar que ha vuelto a helarnos el corazón. Treinta años de historia que los historiadores describirán como la alta traición más grande jamás contada a la clase media española en peligro irreversible de extinción. Políticos y dirigentes procedentes de la clase media, con distintas y distantes zanahorias ideológicas, que han practicado el salvaje canibalismo sociológico con millones de individuos de su especie. Elegidos, en las urnas y a dedo, que han practicado la escalada económica y social sobre millones de cadáveres de incautos electores.
SIEMPRE NOS QUEDARÁ SUÁREZ
Me quedo con Adolfo, el expresidente que no renegó de su origen y sacó billete de ida y vuelta a la clase media. El que no se doblegó ante la Corona. El que rozó el desahucio entre operación y operación de la madre de sus hijos. Aquel al que algunos amigos tuvieron que rellenarle de vez en cuando la cartera. Al que el incombustible e hipócrita Alfonso guerra califico de «tahúr del Mississipi», ¡que huevos tienes, Alfonso! El que volvió a casa ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar, y para no mirar hacia atrás con amargura y hacia adelante con tristeza, decidió apagar la luz de su cabeza.
Así deberían desvanecerse en la historia los viejos guerreros de la democracia. Y no como Felipe, en plan Pepito Grillo ocurrente caminando sobre las aguas turbulentas, o como Aznar, repitiendo su mantra de antaño «¡váyase, señor González!», con un simple y ramplón cambio de apellido: ¡váyase señor Rajoy! A este señor lo único que le ha interesado siempre es que, alguien, de otro partido o del suyo propio, le dejen el trono vacío para poder sentar su culo.
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