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El prestigioso analista política cree que lo de ZP es "un vademécum de buenas intenciones"

Carlos Carnicero: «El debate del estado de la Nación es una broma de un presidente empujado por quien le gustaría ser su sucesor»

28 Jun 2011 - 16:34 CET
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Los discursos, las declaraciones y las entrevistas de Zapatero son un vademécum de buenas intenciones, de lugares comunes y de frases hechas que pocas veces encierran una idea que justifique la existencia de un proyecto. Sus «voy a hacer lo mejor para España», «me voy a dejar la piel..», o «empezamos a ver el final de la crisis, aunque todavía no se crea empleo» son sencillamente agotadores.

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El presidente habla de cohesión social cuando las diferencias salariales llevan años disparándose bajo su gobierno. Habla de esfuerzo colectivo cuando jamás ha hecho una recomendación a la banca y a los grandes ejecutivos para que tengan moderación salarial. Habla de esfuerzo colectivo cuando aquí, todo lo que se ha aprobado repercute directamente en los sectores más modestos de la población.

Ha sustituido su tradicional discurso del último año y medio de reformas al añadirle la coletilla de intención socialdemócrata de cohesión social. ¿Cohesión social? Será porque a estas horas anuncia que va a estudiar las situaciones de las personas que son desahuciadas por sus deudas hipotecarias. ¿Cuánto le queda ahora al Gobierno socialista, hasta las próximas elecciones para concretar y poner en marcha ese listado de buenas intenciones? Como mucho, seis meses.

Hay quien ha visto «guiños» a los «indignados» —«El 15-M forma parte de la fisiología de nuestra democracia»–; tal vez sería mejor calificarlo de «muecas».

El vicepresidente Alfredo Pérez Rubalcaba, en una tierna foto de El País, en su edición digital, aplaudía a su ex líder como candidato porque a lo mejor todavía cree que este gobierno acabado puede tener credibilidad cuando dice cosas etéreas que no tienen contenido presupuestario.

Todo está muy bien, hasta la proclamación de nuevos intentos de renovar el Tribunal Constitucional. Todo, hasta que el FMI o la Unión Europea vuelva a ordenar posición de firmes y se le dé otra vuelta de tuerca a la reforma laboral, a la de las pensiones, o a los salarios de los funcionarios.

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