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BENAVIDES Y MALOSPELOS EN LAS CORTES

Rubalcaba y Chacón se dejan ver confabulando en el Congreso

¿De qué hablaban al acabar la votación del Proyecto de Ley de Estabilidad Parlamentaria?

José Luis Heras Celemín 14 Abr 2012 - 13:25 CET
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Ya era de noche. Delante de Benavides y Malospelos, los leones de bronce que hacen guardia perenne en la Puerta del Palacio de Las Cortes, los diputados pasaban en grupitos, algunos tristes, otros apesadumbrados y todos cansados repasando la jornada:

La actividad parlamentaria, que se preveía densa, había empezado a las nueve de la mañana con el Orden del Día anunciado. Y se había desarrollado normal hasta que, en un momento dado y ya a media mañana, uno de los oradores faltó a la cita con el atril.

Se trataba de Soraya Rodríguez, la portavoz del grupo socialista. El inconveniente lo había solucionado el Presidente cambiando el turno y dando la palabra al orador siguiente: el portavoz de Compromis.

– Pero si estaba ahí hace un momento. – había murmurado alguien.

Fue la primera advertencia de que la desaparición de una (la portavoz socialista) y la condescendencia del otro (el Presidente del Congreso) podían significar algo. Y es que el asunto no era de orden menor. La ausencia se producía cuando la portavoz debía defender algo tan importante como la Enmienda a la totalidad del «Proyecto de Ley de medidas urgentes para la reforma laboral».

La siguiente se produjo, a las catorce horas y diecisiete minutos, precisamente con la intervención de la portavoz socialista para defender la Enmienda a la totalidad que el Presidente había decidido posponer. Algo en su manera de hacer parecía excepcional. Empezó agradeciendo la condescendencia y siguió afable y leyendo el discurso, pero con el verbo apagado y sin el tono vehemente de otras veces.

Una hora más tarde, a las tres de la tarde y diecisiete minutos, ya pasada la hora de comer y sin un mínimo descanso, el vasco Olabarría, no sin cierta retranca, al tocarle el turno de intervención, hizo una observación sobre la marcha y la organización de los debates, invocando la dificultad que existía para argumentar a aquella hora y aludiendo a algo que parecía extraño:

«Los paradigmas del bienestar de la democracia cristiana». Aunque sin matizarlo, algo había detectado el vasco.

Más tarde, cuando ya había acabado el Orden del Día de la Sesión empezada a las 9 de la mañana, empezó a tratarse el Proyecto de Ley Orgánica de Estabilidad Parlamentaria y Sostenibilidad Financiera. Entonces aparecieron en la Tribuna de Invitados algunos alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Al decir del catedrático, y qué bien lo intuyó: «Esto es un premio para los alumnos. La prórroga de la Sesión parlamentaria les va a permitir asistir hoy a una Sesión de Pleno interesantísima y muy especial»

Y claro que fue especial, con la sordina que da el murmullo y con el amparo que da el movimiento de todos, la actividad de los parlamentarios fue una pura delicia didáctica para los aspirantes a «chicos de la prensa». Ya lo había sido por la mañana, cuando la portavoz socialista, que no acudió al atril, fue auxiliada por el Presidente con un cambio de turno.

Pero en la jornada matutina se intuía, no se veía. Por la tarde lo excepcional se fue haciendo corriente ante todos. Allí los grupitos se formaban y hablaban a la vista de todo el mundo y como si no se tratara de algo importante: Soraya Rodríguez, Pedro Saura y Valeriano Gómez, del PSOE, al lado de la escalera, o paseando y consultando, con los teléfonos en ristre a la espera de instrucciones; Hernando, Montoro y Alonso, del PP, sin el más mínimo recato, ora junto al escaño de Alonso, ora con el ministro y un minuto más tarde bajo la tutela de la cada vez más Vice Santamaría .

Los diálogos y actos fueron excelsas: Un popular andaluz (el ministro Montoro) y una castellana de pro (Soraya Rodríguez) salían en comandita hacia el Salón de los Pasos Perdidos en busca de algo que creían poder encontrar: el pacto.

Algo después intercambios de papeles, recaditos y encomiendas que se garateaban manuscritos, se leían, se consultaban con los Smart Phone de última generación, para llegar a los «por éstas», «palabrita del niño Jesús», «que ni por ésas». Y lo sublime: El amago de estirón de pelos del ministro.

Incluso la Presidencia, que había llevado la sesión sin pausa alguna y no se supo a petición de quien, inyectó una porción de tiempo en forma de «Receso de unos minutos»

En la Tribuna de la Prensa, una mujer y un hombre, los dos únicos espectadores, estaban atentos a los gestos y movimientos de algunos de los actores de abajo: Un dedo hacia arriba del popular Hernando significaba el voto afirmativo del PP, y tres dedos enhiestos el rechazo. Aún era posible esperar el acuerdo.

– Hasta luego.- dijo la mujer, inteligente, diligente y aplicada.

Y se marchó abajo. A ver caras, a escuchar opiniones y, como hormiguita afanosa recolectora de ideas y noticias, a buscar información.

Algo después, empezaron las votaciones de todas las enmiendas, las correctoras de enmiendas e incluso las transaccionales, con siete síes, para que la mayoría absoluta del PP no significara una ofensa. Se aceptaron enmiendas parciales UPN (1), UPyD (2), CIU (2), PSOE (1) y el Dictamen a Comisión con Correcciones Técnicas (1).

Pero en la votación final se comprobó que no hubo acuerdo. Votaron 312 diputados y se obtuvieron 192 síes, 116 nos y 4 Abstenciones.

Los paseos del día sólo habían servido para que los vieran los estidiantes de periodismo y para que se notaran en la Tribuna de la Prensa. Porque el PSOE, el primer partido de la Oposición Parlamentaria, no había prestado su concurso para: «Garantizar la sostenibilidad financiera de todas las Administraciones Públicas, Fortalecer la confianza en la estabilidad de la economía española y Reforzar el Compromiso de España con la Unión Europea en materia de estabilidad presupuestaria», que eran los tres objetivos de la Ley.

Al acabar la votación, el ambiente era raro, como de incomprensión.

¿Quién había estado dando instrucciones y por qué el primer partido de la Oposición se había retraído? ¿Qué es lo que se había estado pactando? ¿Qué motivos habían existido para intentar el pacto y no lograrlo? ¿La opinión socialista era compacta?

En días sucesivos alguien intentará dar explicaciones y alguien también tendrá que justificar comportamientos. Pero esa noche aún se podía hacer algo. Desde la Tribuna de la Prensa, una buena parte de la jornada se había dedicado a oir y a mirar. Ya se había terminado la votación, pero se podía, y se debía, seguir mirando. Entonces aparecieron los teóricos paladines del cotarro socialista, que habían ido a votar pero no habían estado presentes en las conversaciones y transacciones. Y estaban juntos. Se podía bajar abajo, a la caza a descubierto de los protagonistas, como había hecho la hormiguita laboriosa de la prensa. O quedarse al rececho de la noticia.

El pasillo Central de la Primera Planta del que llaman edificio del Palacio del Congreso es largo, está bien iluminado y tiene unas alfombras que amortiguan el ruido de las pisadas. Merecía la pena esperar.

Y aparecieron al rececho. Los dos solos: Él, Alfredo Pérez Rubalcaba, a la derecha, flaco, con los hombros caídos, el traje arrugado y con cara de cansado. Ella, Carme Chacón, a la izquierda, metida en un traje pantalón, con el rímel sin retocar y con un bolso en el hombro. Iban serios, hoscos, cansados y callados. Al cruzarse con el periodista, le hicieron un conato de intento de amago de gesto de saludo. Tan cansados iban. Después siguieron andando hasta el final del pasillo, abrieron una puerta alta y grande, muy alta y muy grande y los dos intentaron entrar dentro. Pero encontraron un problema: cuál de los dos debía entrar primero.

A siete pasos, los dos parecían cansados, insignificantes y pequeños, como empequeñecidos en el quicio del problema, o de la puerta. Y con sombras viejas al fondo: de socialistas vencidos de antaño prestos al arreglo (¿pensarían los dos en los tejemanejes de Almunia?), de viajes y lances varios (hasta reales y cinegéticos), de mandatos, componendas, apaños y obediencias (¿también europeos?).

José Luis Heras Celemín es corresponsal de Periodista Digital en el Congreso.

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